Elogio de la Folía

Elogio de la Folía

No sabemos qué música escuchaba Erasmo de Rotterdam allá por la primera década del siglo XVI, qué canciones le habrían “acompañado” (ahora se dice así, la música va con uno como antes iba el valet o la cocinera) mientras viajaba de país en país (algún viaje fue más o menos forzoso, pero eso los estudiantes becados del Viejo Continente para qué iban a saberlo), qué canción se le vino a la cabeza cuando escuchó o leyó que su amigo Moro había perdido la suya, ni podemos imaginar qué melodía canturreaba (que canturreaba era seguro, lo sabe quien lea su prosa) cuando redactaba, unos años antes, en recuerdo de su amigo, Enchomion moriae seu laus stultitiae, o sea, el Elogio de la locura, cuyo título latino juega con el apellido de Moro (a quien seguramente le gustaba menos cantar -había sido cartujo, y decidió no confesar su culpa ante Enrique VIII) y la palabra “locura”, “folía”.

Durante el siglo XVII, una danza de autoría anónima, como todo lo popular, pasó a llamarse “folía de España”, y parece que efectivamente provenía del ámbito ibérico, aunque desde luego los españoles (mesetarios, y por cierto, lectores ávidos de los libros de Erasmo) nunca la reclamaron como suya: algunos dicen que era danza de pastores, puede que leoneses, portugueses, o valencianos. Son conocidas las folías que compusieron Gaspar Sanz, intramuros de la “patria-mía-si-un-tiempo-fuerte…”, y Corelli, Scarlatti y Händel fuera. Pero quizá fueron Jean Baptiste Lully y Marin Marais, maestro y discípulo, músicos de la corte del Rey Sol, quienes les dieron el apelativo de “españolas” a estas particulares “locuras” (bien podrían haberle puesto los franceses, siglos después, el nombre Folies Françaises al “Folies Bergère”, pero uno nunca ve la paja -no digamos la viga- en ojo propio).

Tan confuso, en fin, es su origen, como confusos eran los ritmos de la danza (¿lentos o rápidos?) o los intérpretes (¿son muchos, con gran jaleo, o uno solo con castañuelas?), pero lo cierto es que no se puede pedir ningún orden a la fertilidad y la vida, siempre efervescente y algo alocada, y es que ese ruido y jaleo tiene en las danzas de celebración de la fertilidad su origen antropológico, según indican los estudios. De ahí que el nombre apuntara a al desorden y la sinrazón; como Erasmo, inspirado por su hermano en las letras (antes del Elogio, habían traducido juntos los textos de Luciano de Samóstata) apuntó al desorden y la sinrazón del vulgo y las élites, seguidores todos de la Pereza y el Amor Propio antes que de la Razón.

La folía, como Erasmo supo analizar, es, en realidad, bastante simple: una melodía con variaciones, con una estructura armónica inestable. Es decir, la repetición de algo inestable, algo que incluso puede decir uno solo, muchas veces, aunque lo varíe, y que acaba produciendo armonía.

La fórmula es la misma que la de los discursos que tratan de asaltar los castillos de nuestras soledades de estos días, que, según el vecindario parecerán con suerte más el castillo de Montaigne que el de Silling, y es que esta locura (así llamaban también en un remoto pueblo de Málaga mis ancestros a la Guerra Civil) consiste en que nuestra inestabilidad, a base de mantenerla, se debe convertir en nuestra firmeza; que, a base de generar ruido, produzcamos de nuevo vida y belleza. Debe ser por una especie de colapso -habrá que preguntar a los todólogos de nuestro tiempo, que, leídos o no, aparecen en sus teletextos- como todo esto cristaliza y se serena.

En los círculos del infierno erasmiano aparecían gramáticos, poetas, jurisconsultos, filósofos, religiosos y obispos (el cristianismo es especialmente afín a la locura), reyes y nobles. Aquí y ahora, se me ocurre, habría que incluir a estudiantes, disculpados de exámenes y acoso durante unas semanas, funcionarios (incluyendo a los heroicos profesores, algunos de los cuales están descubriendo lo que es trabajar en un aula -virtual o no, qué bonita es siempre la primera vez), periodistas, profesiones liberales y comerciantes en general, empresarios (donantes o no, allegados son iguales), representantes de sindicatos, partidos políticos, la Casa Real y la Conferencia Episcopal (ya sabemos que la verdadera autoridad eclesiástica de España precisamente desde tiempos de Erasmo, si no desde antes, está en Castilla, no en la Citivas Vaticana). Se interrumpe aquí la lista por limitación del espacio. No sabemos qué variación de la folía nos ofrecerá la respuesta, no sabemos en qué momento cesará “la curva”, si en un fortissimo o en un piano, si nos pillará en plena crisis de ansiedad o ya de vuelta en la barra del bar, pero será necesario empezar la encuesta de todología aplicada y virología autoinmune por alguno de estos oscuros personajes, amén de tronistas de nuestros juegos de tronos, príncipes de nuestras galletas y princesas “del pueblo”.

Aunque a veces la solución es más fácil: la misma melodía, si se ejecuta en Versalles, suena mejor para el rey de Francia que si se la escucha en una dehesa.

Autor

Federico Ocaña
He publicado Desprendimientos (Amargord, 2011). Mis poemas han aparecido en La sombra del membrillo, Cuadernos del matemático, Heterogénea, Sol negro, etc. y en Ochenta & 3 (antología en prensa, coord. Hipólito García “Bolo”). He ofrecido recitales en Expoesía de Soria, La Noche en Blanco, universidades, bibliotecas y centros culturales y colaborado como músico con Mª del Mar Ocaña en Almendra (Amargord, 2010), de Luis Luna y Lourdes de Abajo -ilustraciones de Juan Carlos Mestre y pórtico de Antonio Gamoneda, y como artista visual en “Equivocación” (2012) con Irene Tourné. Con Arantxa Romero, Pablo Álvarez e Irene Tourné he fundado el grupo Fractal. Soy Licenciado en Filosofía, Máster en Pensamiento español e iberoamericano (UCM) y ultimo el Grado de Lenguas modernas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *