El patrón, de Goffredo Parise

El patrón, de Goffredo Parise

El patrónUn chico de provincias encuentra trabajo en la gran ciudad. Y se flipa mucho. También es responsable y no se quiere gastar en bares y meretrices las cincuenta mil liras que le dan papá y mamá. Hay esa nostalgia de ver a los padres provincianos desde la capital, muy de los sesenta entre Barcelona y Barbate. Precisamente cuando las putas y los bares eran de aquí.

Lo sé, vosotros me amáis mucho más de lo que yo pudiera amaros pero no es culpa mía, sino de las leyes que así lo quieren para que la vida continúe. Sin embargo, durante este primer día, he pensado mucho en vosotros, en nuestra ciudad, en los abuelos, en las tías, en todas las personas queridas con las que he vivido hasta hoy, y me he conmovido hasta las lágrimas.

Si Goffredo Parise fuera Dickens, ahora empezaría a putearlo a lo bestia, es decir, le dejaría en pelotas y lo pondría en las garras de una mafia rumana de indigentes con barba y sin piños. Llevaría un gorrito de lana y un vaso de plástico. Y le jodería mucho la vida durante unas 350 páginas. Pero no es el caso.

Claro, el tema es que le van viendo como el paletín. Y he ahí el caso. Fácil de explotar. Toda una declaración de intenciones del terrateniente saca-sangre.

Finalmente, tú vienes de la provincia, estás lleno de curiosidad ante los descubrimientos del mundo moderno, justo esa curiosidad que en mí se está apagando; posees la humildad y el agradecimiento propios de las poblaciones rurales aisladas, y, sobre todo, eres joven, jovencísimo, casi un muchacho.

Si fuera Malasaña, en dos meses y medio sería hypster mainstream del copón, pero tampoco es el caso. Está empezando la instrumentación de la explotación del hombre.

Y sigue la morriña. Morriña lírica de nota, diría yo. Al chaval le encanta ponerse estupendo. Un poco Gatsby cuando empezaba a estar hasta los cojones de los ricos y se cansaba de las chorradas de Daisy. De repente se hace poeta.

Me parece ver mi ciudad y a mis padres, las plaza oscurecida por un repentino vuelo de palomas, el río lento y fangoso, en otro tiempo navegable y ahora reducido a riachuelo grisáceo sobre el que flotan las verdosas barbas de lores, decanos, notables, abuelos, bisabuelos…

Hasta la fecha, pocos viajes ; era otra época, sin internet y sin last minute. Se acuerda tanto porque alucina en colores, es la experiencia de su vida. Que sí, que sí:

Aquí me tenéis en mi nuevo despacho, feliz y trabajando como una pequeña parte del todo productivo que es la empresa. El doctor Max ha dicho que me quería cerca y ha mantenido su palabra.

Pero todavía hay más:

¡Si usted mismo lo ha dicho, doctor Max! Tengo claro que el dueño es usted, y no me hago ilusiones de propiedad. Yo, en primer lugar, considero que soy, precisamente porque usted me ha admitido…

El patrón es una novela de la felicidad precaria, curiosamente un bienestar incierto que se va consolidando como si no hubiera retorno, de la sumisión, de una servidumbre que se llama trabajo y  lidia cabizbaja con el déspota, que por esas injusticias manifiestas de la vida tiene derecho a serlo porque es el puto amo.

Duermo porque estoy cansado, como porque tengo hambre, tomo el trolebús porque es preciso llegar puntualmente a la empresa… El cine ya no me gusta, la televisión tampoco… no leo libros ni periódicos, en resumen, no hago absolutamente nada que sea ajeno a la empresa y al doctor Max. 

Pero incluso es una novela de frágil felicidad para el doctor Max, que no sabe muy bien a qué atenerse entre las influencias de papá y mamá, un tal Bombolo que viene a ser un irónico maligno y que le hace dudar de su voluntad de poder y su novia Minnie que viene a ser una especie de vis cómica de Paris Hilton de la novela, incluido lenguaje de dibujos animados y tono quejica, y a veces pone inyecciones de vitaminas y tiene el desenfado usual de la mujer del puto amo.

Obviamente, esas dudas morales que regalan los charlatanes segregan infelicidad. Posiblemente es el dilema acerca de si un patrón puede ser un hombre con sentimientos o de igual manera si un terrateniente tiene conciencia propia o está más bifurcada que una carretera comarcal. Y en consecuencia, el sufrimiento de los recursos humanos. Esta novela es cercana, está ahí, a la vuelta de la esquina , es la sociedad de la empresa, en mayor medida familiar, cuando no existen los conceptos de la normalización, ni el I+D, ni la vanguardia. Pues eso, ahí al lado. Ya veces solo queda el regreso como última escapatoria. O no, pero para ello tendrían que leer la novela y comprobar la repercusión de Zilitia. Y las consiguientes secuelas.

Bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los Gobiernos para adormecer a sus gobernados, gracias Napoleón.

Pues extrapolemos a la empresa.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Desarrolla su cáustica y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula. Ejerce como articulista y cronista en CTXT y compagina la literatura con el business de la moda. Ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Su tercera novela se llama Magdalena.

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