En un paso está contenido todo el saber humano y toda la Naturaleza está en él destilada. Es la más pequeña medida del caminar humano, de la senda que recorremos en nuestros días en este mundo.
¡Pero qué resultado divino constituye! El cuerpo humano tiene que manifestar sus potencialidades para que ese paso pueda ser dado. Y el cuerpo humano, que contiene al cerebro, es la expresión más elevada de la Naturaleza y de la ciencia.
En efecto, la Naturaleza en su máxima expresión más la razón, el inconsciente, las emociones, los sentimientos, las cogniciones, percepciones…a cada instante, todo el conjunto…da un paso.
De este modo, por decirlo de alguna manera, la unidad de medida del Universo es un modesto paso de cualquier ser humano. Del proceso que culmina en ese paso se puede extraer toda la ingente sabiduría que nos constituye, conocida y desconocida.
Debemos ocultar que caminamos, que sentimos, que pensamos, que, a veces, amamos. A cualquier extraño que pueda circular por ahí, buscando placeres salvajes, destripando la muñeca, por ejemplo.
A Dios mismo, sin ir más lejos, o más cerca. No debería saber nada de estos secretos pasos nuestros, del caminar que emprendemos cada día, a cada instante.
Pero esto no deja de ser una contradicción en los términos, pues Dios, si lo hubiere, estaría incluido en ese modesto paso.
No hemos dejado nada de lado, de costado. Todo ha sido aspirado por ese artefacto universal que es el paso, el pasito. Pero tenemos una salida. Atribuirle a la razón el proceso cognitivo que nos ha llevado a semejante punto del razonamiento.
Y pues la razón es otro elemento de esa síntesis corporal y cerebral, nos hemos resguardado escondiendo la cabeza bajo el ala, por así decir.
Y llegados a este punto, la medida universal de todo nos advierte, paso a paso, que nada sabemos, que de nada conocemos y que sólo somos polvo en el Universo.
Del todo a la nada y de la nada al todo, ese es el recorrido circular en que nos hemos empeñado al emprender este camino, este caminar.
A esa rueda nos incorporamos, nos montamos en ella como funambulistas del gran circo de nuestras vidas y paseamos tranquilamente, ascendiendo y descendiendo por los pasajes del conocimiento y de lo desconocido.
Pero volvamos al modesto paso que hemos dado ya o que quizá todavía esté por cumplirse. Nuestra historia se encuentra impresa en la huella que deja nuestro pie al hollar el suelo, arenoso pongamos por caso.
Y si recogiésemos ese polvillo, esa arena que hemos desplazado de su anterior puesto tendríamos el mejor contenido para la elaboración de un reloj de arena que marcase las horas de nuestro nacimiento a nuestra muerte. Encapsulando así nuestra vida.



