El mundo y la compasión

El mundo y la compasión

Razonar puede ser una forma de conmiseración hacia el mundo, también del mismo modo una forma de auto-conmiseración. Veamos.

En tanto estamos incardinados en el mundo solemos ver aquello que ya previamente hemos visto con un leve decalaje, en todo caso. Y casi siempre, si razonamos, como no podemos ir más que del mundo al mundo, nos fijamos en el reborde, en ese leve decalaje.

La compasión bien que sentimiento humano no suele ser muy del uso de los filósofos, aparentemente. Pero si filosofar es una forma de amaestrar las ideas, habremos de tratarlas con algún cuidado. Si no compadeciéndolas al menos acariciándolas levemente.

¿Qué hace el filósofo y el ser humano en general cuando razona? Advierte la diferencia, en primer lugar y luego la semejanza hasta lograr una síntesis que mueve ligeramente al mundo. Lo mueve con un breve temblor, y en ese lapso de decalaje entre lo visto y lo percibido se sitúa el razonamiento.

Las personas que razonan, bien que sea de cuando en cuando, tienen ese poder de mover al mundo, y en tanto forman parte de éste, tienen el poder de con-mover. El razonamiento entonces siempre implica al razonador, se mueve junto con éste. Y asume, psicológicamente hablando, la función de perfilar las aristas de la mente pensante.

Para poder engranar mejor en la percepción del propio mundo, o bien por el contrario para impedir cada vez más ese buen acoplamiento. Razonar es una forma de movimiento en cualquier caso. El movimiento no se puede demostrar, se muestra en todo caso (andando, por ejemplo).

Y mover, moverse en el mundo siempre nos transporta de un punto a otro punto aunque estén muy próximos esos puntos. Si nos movemos dejamos huella, que en el caso del razonar es memoria, hablada o escrita.

Conmoción, nos movemos junto con el mundo al razonar, ¿de dónde, pues, la conmoción? Del sentimiento que siempre es una mixtura entre la memoria, que puede serlo de anteriores razonamientos, y el ir viendo pasar la vida que nos va deteniendo, mientras que la memoria nos empuja. Para zafarse de ese ir y venir contradictorio surge, en algunas personas, el razonar.

Breve temblor, había dicho. Tal es el lugar del razonamiento. Y compadecerse del mundo es la forma de abarcar al mundo con mayor latitud mediante el sentimiento, hacerlo nuestro y hacernos nosotros suyo, simultáneamente. ¿No sería ésta la vía natural de acceso del razonar, corolario del sentimiento, al mundo?

Sería la forma del razonar que va de suyo, fluyendo por y desde el sentimiento. Si esto fuera así, apunto que sería propia de los filósofos y las épocas en que no nos contradecimos a nosotros mismos, épocas clásicas dicho de otra forma. Las épocas barrocas y románticas optarían por la ruptura y la auto-escisión.

Si no nos deshacemos al razonar podremos seguir viviendo, un poco más, en el mundo que nos es propio, lo cual, no es ni bueno ni malo, pero sí podría ser deseable. Y desear nos hace humanos, vuelta a empezar…

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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