El juez (The judge), de David Dobkin

El juez (The judge), de David Dobkin

Sabedores de casos legales y paralegales tratados en el cine americano de los últimos setenta u ochenta años, podríamos intentar deconstruir El juez y, como con un cuadro de Picasso, tal como alude el protagonista, Robert Downey Jr., Hank Palmer, empezar a tirar de un trazo y quedarnos con las manos embadurnadas de colores y, sin cuadro.

No obraremos con impertinencia y afán de no dejar títere sin cabeza, cosa por lo demás muy loable en muchos momentos y aspectos de la vida, sino que nos ceñiremos a la historia que se nos cuenta y a cómo se nos cuenta para, entre otras cosas, entendernos a nosotros mismos como espectadores y no como fantoches.

El juez es una sólida película sobre la vida y la obra del ser humano en general y particularmente del juez Palmer, Robert Duvall, el cual en sus últimos días tiene que ver cómo se arremolinan en torno suyo hechos, acontecimientos y personajes del pasado, imbricados en una trama del presente.

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Robert Downey Jr., Hank Palmer.

Dramáticamente armonizados con buen tino y sólida dirección de David Dobkin, coagulan en un caso por asesinato que dará pie a la trama central de la obra, una película judicial. Pero a su alrededor se suceden otras tramas de ámbito más íntimo, familiar o conyugal que acrecen la corriente principal sin llegar a desbordarse en ningún momento.

Asistiremos al auge y caída de la casa Palmer, que acabará por hundirse en un lago. Y veremos el recorrido de los personajes en pos de un destino inseguro y por lo demás próximo y humano.

Creo que podría desconcertar, siquiera fuera mínimamente, el hecho de que la trama judicial, bien que aparentemente columna vertebral del film, no sea en realidad sino un acólito del drama familiar que engulle y devora a los Palmer.

Una familia que en tradición hispánica quizá habría dado lugar a un esperpento en torno de una familia algo buñuelesca, por utilizar un epíteto que nos resulte próximo. Pero en la Norteamérica en que se inscribe el tema vuela, nos sobrevuela en una forma que, pensando fríamente, podría resultarnos un tanto ajena.

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Robert Downey Jr. y Robert Duvall, protagonistas del film.

No lo es, no nos es ajena puesto que estamos bien adiestrados por muchos años y muchas películas procedentes del mismo origen. Si hay algo definitivamente extraño es el gusto por descarnar la pieza y que el regusto resulte sinceramente épico. Entiéndase bien, lo épico de lo íntimo, lo familiar, bien valga la paradoja, pero que nos resulta tan extraño como ver ondear la bandera sin asomo de oficialidad.

Y la bandera, la patria desprovista de la ortopedia del Estado es un signo que bien considerado puede hacernos pensar en la ley, como expresión de lo general, de lo que hace iguales a los individuos en forma real y no algo impostada como ocurre, creo yo, entre nosotros.

El juez cuenta con un elenco de actores francamente notable entre los que se encuentran, al margen de los ya citados, Billy Bob Thornton, Vincent d´Onofrio o Leighton Meester.

Tiempos duros, que marcan las pasiones rotulando su perfil pero sin poder ya a estas alturas, lancearlas y lidiar de otra forma con ellas que no sea con sesgo y en escorzo. Decir sin decir, que no decir para no decir.

El juez (The judge) (2014), de David Dobkin, se estrenó en España el 24 de octubre de 2014.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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