Pablo Remón firma con El entusiasmo una obra inteligente y profundamente reconocible. No es un ejercicio de vanguardia ni un guiño complaciente hacia el espectador leído, sino un texto que se asienta en lo real y se atreve a pensarlo. Su mayor acierto está en darle un armazón filosófico al sentimiento común, sin solemnidad ni distancia. Lo cotidiano se vuelve materia de reflexión, y el público, al reconocerse, siente que su propia vida adquiere densidad.
La función arranca con un prólogo brillante: Raúl Prieto y Marina Salas interpretan a una pareja que se conoce en un pueblo de veraneo. Ella, una chica del lugar, cae rendida de amor y lo describe con una avalancha de palabras; él, veraneante distante, juega al frontón con una expresividad corporal controlada, encantado de haberse conocido. El contraste entre el desbordamiento verbal de ella y la aparente espontaneidad física de él abre el tono de toda la obra: pensamiento y deseo; palabra y cuerpo; lo que se dice y lo que se calla.
Después, la historia se centra en otra pareja: Francesco Carril, como el escritor bloqueado, y Natalia Hernández, periodista de El País, que intenta sostener su vida familiar sin perder el sentido ni el idioma común con el mundo. Ambos actúan con una sensibilidad exacta. En los monólogos de ella aparece una de las ideas más bellas y desoladoras de la obra: tras la maternidad —a la que llama su “abducción”— siente que habla otro idioma, que se ha vuelto ajena en su trabajo, en su casa y hasta en sus pensamientos. Esa extrañeza cotidiana es quizá la forma más precisa del desencanto..
En sus diálogos, Remón despliega un juego filosófico transparente: los personajes argumentan y clasifican sus emociones -el entusiasmo, la frustración, la herencia familiar- con una claridad que invita a la empatía. El espectador comprende y siente a la vez; recibe pensamiento, pero desde la emoción. El texto asume que su público puede seguirlo, y lo hace partícipe sin subrayar.
El dispositivo metateatral -no siempre sabemos si el escritor que habla es personaje o autor -añade una textura poética sin romper la continuidad emocional. Prieto y Salas, como intérpretes comodín, encarnan a los otros, a los hijos, a la amante, al hermano, a los fantasmas y a los ancestros que discuten a través de los protagonistas, con una fluidez escénica admirable.
Hay escenas de un poder simbólico sencillo y eficaz: el recuerdo del padre que cantaba una jota en un crucero, motivo de vergüenza entonces y de ternura ahora; o el momento en que la periodista reconoce que su idioma ya no es el de los demás. En ambos casos, la emoción se vuelve pensamiento y el pensamiento, emoción.
El entusiasmo no pretende descubrir nada nuevo, pero logra algo poco común: que el espectador salga del teatro con la sensación de entenderse mejor. Su filosofía es cercana y su emoción, sincera. Remón convierte la experiencia corriente en pensamiento vivo, y el resultado es un espectáculo honesto, lúcido y profundamente humano.
El entusiasmo, está programada del 7 de noviembre al 28 de diciembre de 2024 en el Teatro María Guerrero Sala Grandedel Centro dramático Nacional mas información AQUI
Texto y dirección Pablo Remón
Reparto: Francesco Carril, Natalia Hernández, Raúl Prieto y Marina Salas
Escenografía Monica Boromello Iluminación David Picazo Vestuario Ana López Cobos Sonido Sandra Vicente
Ayudante de dirección Juan Ollero Ayudante de escenografía: María Abad Ayudante de iluminación: Daniel Aranda Ayudante de vestuario: Sara Sánchez de la Morena Ayudante de sonido Pablo de la Huerga
Diseño de cartel: Emilio Lorente Tráiler: Macarena Díaz Fotografía Geraldine Leloutre Equipo
Kamikaze: Dirección de producción Jordi Buxó y Aitor Tejada Dirección técnica: Está por ver Producción ejecutiva: Pablo Ramos Ayudante de producción: Anastasia Shchelkanova Distribución: Caterina Muñoz Luceño Producción Centro Dramático Nacional y Teatro Kamikaze
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
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