“El dios”, de Óscar González Castán

“El dios”, de Óscar González Castán

Óscar González-Castán, El diosEdiciones Atlantis, 2012.

Por Nuria Sánchez Madrid.

Difícilmente puede un profesor en filosofía ocultar la peculiaridad de su modo de abrirse al mundo cuando publica una novela, un género literario que siempre me ha complacido considerar como aquello que queda cuando se le quita a la vida lo que le sobra, en palabras de inspiración galdosiana del escritor leonés, Andrés Trapiello.

El profesor titular de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, Óscar González-Castán, no oculta en modo alguno su manera de habérselas con la realidad y las paradojas de ésta, con las contradicciones de la condición humana, en su primera y prometedora aproximación al quehacer literario, que confiemos tenga continuidad, dado el estimulante resultado de este primer ejercicio. Con frecuencia, la formación filosófica del autor, en la que destaca un profundo conocimiento de la escuela fenomenológica husserliana y sus continuadores, deja traslucir su presencia en la escritura, marcando un decidido predominio del corpúsculo sobre la onda, de la estampa de la psique humana sobre el argumento, retomando la clásica oposición acuñada por la acerada crítica literaria de Juan Benet (1). Pero la principal fuente literaria, que conscientemente o no, atraviesa las páginas de esta ágil pieza novelística es —o así me lo parece— la novela existencial, en la que Luis Martín-Santos conserva un insuperable magisterio en la literatura en lengua castellana (2). En efecto, la novela reivindica en más de una ocasión que el ser humano es y se hace por medio de sus acciones, sin que ningún poso espiritual pueda suministrar otras fuentes del yo.

Dentro de las coordenadas de este marco existencial, Óscar González-Castán ofrece una descripción tan sumamente afilada como natural de una personalidad desequilibrada, de la experiencia de aquello en que se convierte la vida sin experimentar cabalmente la presencia de los propios límites, sin mantener comunicación con otro más que consigo mismo. M.B.A., el acrónimo que designa al protagonista de la trama, se muestra incapaz de compartir con otros sus creencias y propósitos. La espiral de la delincuencia en que va sumergiéndose abre paso a una serie de ensayos que exhiben una relación patológica con el mundo circundante y, especialmente, con los otros, mera piezas para MBA de un tablero de ajedrez.

El lector asiste a la «lucha titánica entre la pureza de sus propósitos y la realidad» (p. 22), siempre enemiga. A su displicencia ante el hecho de que «la absurda estructura causal del mundo» (p. 32) se interponga entre sus acciones y quienes le rodean. Es el mundo y las circunstancias el presunto culpable de que el protagonista deba ejercer violencia sobre sus semejantes. El autor dibuja con admirable soltura el fuero interno de alguien que sólo entiende el mundo como sucesión de hegemonías, alguien obsesionado por reducir al otro a la posición de un mero peón. «MBA había decidido salirse con la suya, costara lo que costase y cayera quien cayese, incluido él mismo», leemos en la p. 31, otra sentencia que perfila la inercia veleidosa de deseos que no se contrastan con la realidad. El atracador evidencia una absoluta concentración en el propósito que ha adoptado firmemente, pero éste podría ser cualquiera, sin que importe su pertenencia al pasado ni al futuro, ni su relación con lo circundante: no hay revisión de las propias decisiones. Quien decide es dios, se comporta como un dios que recrea el mundo que le place a cada instante. Y, silenciosa pero persistentemente, como un bajo continuo, avanza la secreta voluntad de hacer por hacer algo, como el protagonista de El indiferente de Gide. «Todo lo hacía por hacer algo, porque no iba a estar todo el santo día parado y mirando a las musarañas con los brazos cruzados» (p. 27). Asaltar a dos ancianas no es incompatible para él con la cortesía en el trato. El contacto directo con los demás siempre se encuentra desplazado, pues se interpone constantemente la cosificación. Como un trasunto vulgar y macarra de Antoine Roquentin, MBA no supera nunca el fenómeno de la raíz del castaño. La náusea se apodera de todo, pero sin traer consigo la apertura de la libertad, el único peso cuya sensación vuelve paradójicamente soportable la densidad gris de la indolencia mundanal.

Es manifiesto que lo que MBA pretendía hacer con sus secuestrados iba más allá de lo que cualquier hombre podría realizar, más allá de lo humano (p. 272). Pero todo dios necesita encontrar su peculiar epifanía. Y MBA se sirve de los secuestrados y de la policía para escenificarla y jugar así a ser el centro del universo, haciendo y deshaciendo las cosas humanas, siendo la medida del exceso y del defecto, de la virtud y del vicio. «Iba a ser el dios» (p. 42). Y los dioses dominan mediante el poder de la ambivalencia, el rostro jánico, la actitud imprevisible, que obliga al oponente a no bajar nunca la guardia. Pero toda liturgia precisa de un oráculo y un intérprete que comunique al dios con el exterior. Ése será J.A. Martos, jefe de las Brigadas Especiales de Seguridad Ciudadana y experto negociador con delincuentes y criminales, que advierte que MBA se conduce como el Dios de Abraham, “tenía una actitud tan imprevisible y violenta como benévola y condescendiente” (p. 79), muestra en definitiva una ambigüedad sin fin, que mantiene a todos en ascuas. El jefe policial pretende reconstruir racionalmente la personalidad del secuestrador sirviéndose de explicaciones basadas en traumas infantiles, como ilustran sus conversaciones con Pedro Villafranca, comisario provincial. Pero el pasado, como gustaba recordar a J.-P. Sartre traiciona toda previsión cuando nos enfrentamos al campo de las decisiones humanas. La salida del primer rehén concede a MBA la oportunidad de sentirse complacido con la propia imagen, con la imagen que los secuestrados le devuelven de sí mismo. Con el tiempo, éstos le devuelven una semblanza más complaciente de sí mismo, la de un «rey absoluto ilustrado: todo para el pueblo, pero sin el pueblo» (pp. 86-87). Pero a ese acontecimiento no se sigue una secuencia práctica coherente o esperable. La atomización impera en el modo de ser en el mundo de MBA.

El ejercicio de cualquier poder, sea cual sea su forma y proceder, tiene como una de sus consecuencias más directas un involuntario conocimiento de sí, de las decisiones, siempre imprevisibles, del ser humano, imposibles de captar por medio del análisis físico o matemático. J.A. Martos siente una curiosidad elocuente por escuchar la voz del secuestrador, toda vez que, en una de las frecuentes observaciones de calado fenomenológico del narrador ausente de la novela: «En el sonido, el alma se hace signo de sí misma» (p. 58). Sin embargo, el yo más recóndito no se esconde en un presunto espíritu, sino que se manifiesta en nuestras acciones, en su profundidad y en su banalidad. Y el secuestro no escapa a esta ley. L. Martín-Santos recoge esta impotencia magníficamente en sus Apólogos:

Aunque supusiéramos cumplido el sueño de la ciencia natural: esto es, que se conociera en un instante dado la posición espacial y energética de todas y cada una de las partículas constituyentes del cerebro humano, no se habría llevado a cabo aquella incorporación. La expresión matemática de este conocimiento físico seguiría siendo incongruente con la vivencia correlativa (3).

El espectáculo del daño y del mal que MBA siembra con su conducta genera a su paso la molestia que «nos produce la conciencia adormecida de nuestra extremada vulnerabilidad y dependencia» (pp. 33-34). La conciencia se resiste a sabernos constituidos por puras contingencias y quien domina provisionalmente una escena humana tampoco escapa a esa evidencia.

La inmanencia sin fisura de la trama expone con una implacable lucidez la ley existencialista, según la cual el conocimiento de uno mismo requiere ineluctablemente del contraste con los demás. El conocimiento de nosotros mismos parte de afirmaciones aparentemente sólidas, en las que el sujeto siempre presume de un «Yo le diría, yo le haría» (p. 123), pero a la hora de la verdad nadie dice ni hace nada. La vida, contada así, aparece ante uno mismo como la representación de una farsa autocomplaciente. Los recelos mutuos entre los secuestrados —los celos de Gabriel García Gómez ante el ascenso de M.ª del Carmen Fernández como factor humano dominante en la negociación interna de los rehenes con MBA—, crecientes a medida que se va dilatando el encierro, confirman que ninguno de ellos tiene garantizado su lugar y que el infierno son los otros. La sucursal bancaria asaltada compone sin duda alguna una suerte de huis clos. El encierro forzado acaba por arrancar una verdad incómoda para los secuestrados:

Lo que más odiaban del secuestrador no era el secuestro, sino lo que cada uno iba descubriendo de sí mismo y de los demás. Lo que más odiaban era la parte de sufrimiento que habían experimentado y ellos habían producido en los otros (p. 206).

La falta de dominio y de cálculo, la infancia adulta, a destiempo, de MBA, finalmente capturado en las redes de lo que cree ser su objeto prioritario de deseo —una Yamaha R6—, conmociona la vida de quienes le rodean, que se vuelven conscientes del carácter dogmático de muchas de sus convicciones y creencias, a las que son incapaces de sostener en la acción.

Finalmente, el orden se recompone. El delincuente se encierra en la celda que la sociedad quiere para él. Todo parece volver a su ser, sin que ese supuesto retorno —así percibido porque así es relatado— traslade tranquilidad al lector. Muy al contrario, se alza la convicción de la fragilidad interna y de la contingencia radical de la existencia humana. La recuperación del orden ¿se produce en virtud de una firme «tradición llamada ser humano» (p. 236)? No está tan claro. Esa tradición que ha hecho posible el conjunto de las instituciones y tejido civil, la policía, los hospitales, los psicólogos, los bancos, la luz eléctrica —enumera el omnisciente narrador—, ante la que MBA tiene la insignificancia de una mosca, parece tan sometida al albur de las circunstancias y acciones humanas, a la capacidad de construcción constante de la condición humana, como las vidas de los personajes en busca de seguridades inexistentes que define la novela. ¿Qué devuelve al orden tras el exceso y la locura transitorios vividos en el interior de una sucursal bancaria? ¿Qué es lo que verdaderamente introduce armonía y justicia en este mundo? ¿Hay margen en él para lo que se encuentra más allá de lo humano? El siguiente párrafo dibuja un enigmático cierre, en el que por primera se suprime el control que el narrador mantiene durante el conjunto de la novela:

Pero realizar esto no era humano. Estaba más allá de lo humano. Pero, afortunadamente, al final de todos los cambios, dislocaciones y remiendos solo quedó lo que siempre hubo: un cielo azul, el universo todo, la tierra quieta y ese pequeño hueco que dejó el dios existente para que el gusano se convirtiera de nuevo en hombre y habitara la cárcel (pp. 272-273).

El deseo de J.A. Martos de dar testimonio acerca del modo en que un detrito social había logrado apoderarse de los destinos de ocho personas, a la manera de un dios urbano y secularizado, encuentra su pendant en un dios inexistente, que abre un hueco por el que el gusano recupera su vulgaridad y encuentra en la prisión su lugar natural. Pero, una vez más, ¿hay espacio aquí para una fuerza trascendente, siquiera la justicia, que se responsabilice de lo que está torcido en el mundo? Temo que el cielo azul, el universo todo, la tierra quieta y el pequeño hueco resultan las piezas de un mundo inmune a la teleología y sus relatos, en el que la contingencia a la que pertenece el juego de la propia vida es la única ley. Los relatos vuelven soportable la vida. Y un hecho real, de esos cuya repetición insensibiliza a la opinión pública y destina a la bolsa de la llamada delincuencia común, está a la base, por indicación del propio autor, de la novela que reseñamos. Sobre el hecho se compone la trama, pero la trama reconoce con perspicacia sus límites y retorna finalmente a la vida, a la que devuelve sus derechos, esto es, la capacidad de asombrar y descabalar inescrutablemente todas las previsiones de la mente humana.

1 «Onda y corpúsculo en El Quijote», en La novela de Eurípides y otros ensayos, Madrid, Taurus, 1981, pp. 77-114.

2 El lector encontrará lúcidas observaciones sobre los propósitos de esta modalidad novelística en L. Martín-Santos, Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial. Para una fenomenología de la cura psicoanalítica, prólogo de C. Castilla del Pino, Barcelona, Seix Barral, 1975.

3 Apólogos y otras prosas inéditas, ed. y prólogo de S. Clotas, Barcelona, Seix Barral, 1970, pp. 108-109.

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