El consumo

El consumo

 

La belleza puede trascender (también transigir) y, cuando enseña de este modo, también refulge. Amanece sobre la ciudad y los colores del nuevo día enaltecen la vida que continúa. Este es el buen ejemplo que nos transporta.

La fruición del amante sobre el amante no esquiva la vida sino que la protege. Emblema del amor es la potencia de la succión del miembro. Esta es la premisa suficiente para decir que la verdad no nos hará libres, sino consecuentes, esto es, ungidos a la necesidad.

La verdad del miembro no es sino el alzado, medido en certeros grados de círculo, del mismo sobre el pubis. Y esta consecuencia llega en medio de grandes alharacas al centro del ser del amante, del amado, que se vuelve necesario.

El Bosco, tan bien representado en España, provee de mayor sentido a lo que antecede. Su pintura devuelve al material humano al crisol que todo lo mezcla y reinventa. De ahí a que la mejor representación artística de una alucinación psicotrópica sea un interior de pintura flamenca, va un paso.

Y si damos ese paso, necesario por ende, nos transformamos en libélulas o bien en mariposas monarca que emprenden una larga travesía antes de arribar a sus lugares de desove. Desovar y reemprender la marcha es la marca de la migración.

¿Quién se la negaría a un amante? En la Antigüedad su querencia migratoria de cuerpo en cuerpo sería considerada propia de varones y ensalzada en consecuencia. Hoy no la tratamos peor pero sí está menos adornada públicamente. Pero púbicamente es un ardor que no cesa.

Recurramos al amante de nuevo. Recorrer el arco que va de los pezones, a dos vertientes, a su bajo vientre transporta directamente a los tesoros bien guardados en el perineo, lo que no será óbice para dejar de gustar con la lengua tan dulces manjares.

Abramos bien los ojos y guardemos un punto extasiados el fulgor de las piernas recias y al tiempo placenteramente suaves que enmarcan el miembro esplendoroso. Llegados a este punto es obvio el proceder.

Y sin mayor trascendencia le decimos al Dios o semi-dios: “¿Jugar a ser Dios te convierte en niño?”. El negará con la cabeza pero afirmará con un movimiento peneano ascendente. ¿A quién de los dos creer? En este preciso instante, está bastante claro.

¿Perderé en todos los juegos?”, vuelvo a preguntar. Y aquí siempre sale a relucir el juego de las casualidades que llevan a la florida testuz. “No hay casualidades”, dice el semi-dios sin trazas de adormecimiento.

¿Sabremos volver a ganar? Esto se preguntó el amante ungiendo al amante con néctares de la vida. La vida era sencilla, ¿para qué preguntar?

Y finalmente el concierto, preferentemente barroco, a todo volumen, subía por las fachadas e iba penetrando en todas las ventanas semi-abiertas, semi-cerradas, pero siempre sonoras y traslúcidas.

Hasta aquí mi informe de consumo de psicotrópicos.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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