El canon (amoroso) occidental

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El amor juega a la inmortalidad. Esto es, los amantes juegan a que su amor será eterno. Como todo jugador, es perdedor. ¿Sabrán los amantes alguna vez si son buenos o malos perdedores?

Empecemos por el principio, por las mujeres. Ellas siguen buscando al príncipe azul, ya modernizado con toques de glamour viajero o literario, o sensible o emocionalmente inteligente.

Los hombres heterosexuales suelen hacer el papel de tontos útiles que se dejan llevar por el impulso de las mujeres, a pesar de que crean que ellas deliran, pero se guardan mucho de expresarlo.

En compensación, los hombres suelen ser monógamos sucesivos más veloces que sus parejas femeninas, generando en ellas los consabidos celos por sus miradas o escapadas en dirección a otras féminas.

Finalmente nadie recibe lo que creía merecer en un principio. Ni la mujer un príncipe azul, ni que sea temporalmente, ni el hombre el sexo y el servicio doméstico por el que pagó el pequeño precio de volverse un animal doméstico (un tiempo).

¡Ah, me olvidaba! El amor incondicional dura lo que dura ese minuto inicial de delirio compartido. (Ya sabéis, esa historia de príncipes que no ranas).

A esta sencilla historia se reduce el amor normal en parejas heterosexuales occidentales de hoy en día. Las coletillas vienen en forma de progenie lo que, en los países desarrollados, comporta un reflejo de responsabilidad en pos de su crianza.

Hay excepciones, me diréis. Sin duda, pero suelen acabar en la cuneta de la homosexualidad, a marchas forzadas.

La mujer y el hombre heterosexuales de hogaño se encuentran en un difícil periodo de transición hacia otras latitudes, mediante otros derroteros, pero no hay situaciones ideales.

Para las mujeres, los hombres constituyen el objeto de una rara proyección de tipo freudiano y para los hombres, las mujeres constituyen simple y llanamente un misterio que ya consideran insoluble.

El egoísmo europeo, por no mentar otros continentes, se manifiesta fatalmente en los procesos de separación y divorcio, que alcanzan, puntualmente, a la mayor parte de las parejas. No me extenderé en las sevicias mutuas que se propinan ambos cónyuges durante el proceso.

Traigo a colación aquí, por último, los beneficios de la convivencia prolongada, que se da, como digo, cada vez en menos parejas, y que extiende un manto de mutuo egoísmo protector sobre ambos contendientes.

Al finalizar el recorrido vital, estas parejas longevas permiten atisbar, desde su atalaya, los devastados paisajes de la guerra de sexos, imperante un poco por doquier.

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José Zurriaga

Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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