Dos madres perfectas, de Anne Fontaine

Dos madres perfectas, de Anne Fontaine

Las pasiones de la madurez tienen algo de desquiciado, el ajuste no es perfecto, el quicio no acaba de encajar. Los que saben de ésto, dicen que el amor de madurez es agridulce como una fruta de agrio. Dos madres perfectas conforta y engaña a la vez porque nos quiere embarcar en una pasión de madurez pasada por la postadolescencia, con lo que de hervor pasional puede abarcar en una dulce melaza, al menos por la parte más joven de la historia.

Ian, Xavier Samuel, ama a Roz, Robin Wright, madre de Tom, James Frecheville, que hace el amor a Lil, Naomi Watts, madre del primero. Este bucle, con algo de doble hélice de ADN, ácido desoxiribonucleico, se elonga y alarga con suavidad y apariencia de perfección durante un tiempo indefinido, que por definición, es el del vigor de los cuerpos.

Vigor de los jóvenes amantes y de sus madres, maduras pero inmaculadamente bellas. Como sólo la madurez puede ser que nos haga bellos y completos, en estos tiempos de alargamiento de la vida y de la juventud, siempre ansiadamente eterna.

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James Frecheville en “Dos madres perfectas” de Anne Fontaine

Esta es una diferencia esencial con el relato de Doris Lessing en que se basa el guión de la película, de la directora, Anne Fontaine, y de Chistopher Hampton. Doris Lessing acentúa mucho más la diferencia de edad, físicamente percibida. Aquí, en la película, se trata de dioses jóvenes, los muchachos y de las vestales, de virgo recosido, claro está, adoratrices.

Es una calumnia hablar de historia de amor, con el consiguiente estupro o incesto por persona, hijo, interpuesto y consiguiente carambola de relación lésbica indirecta entre las madres. Porque lo que se nos muestra es un fresco de juventudes, aunque sean juventudes pasados los 40. ¿Y no ha sido siempre la juventud la edad de la inocencia? Todos son inocentes, hablo del cuarteto protagonista, mientras no se demuestre lo contrario.

Empeñado en ello, en demostrar lo contrario, estaría Harold, Ben Mendelsohn, el marido de Roz, y casi lo consigue, introduciendo diestramente a una joven en la vida de Tom, su hijo, pero su plan no debería alcanzar el objetivo esperado. Como podría alcanzarlo si la juventud no conoce el tiempo. Y el tiempo, precisamente es lo que quisiera introducir subrepticiamente Harold, la madurez y sus planteamientos.

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Xavier Samuel y Robin Wright en “Dos madres perfectas” de Anne Fontaine

La religión pagana del amor en medio de un postcristianismo todavía incipiente. Da estos resultados…La belleza juega y gana, el tiempo, encarnado a nivel humano en los hijos, pierde. De modo que la historia no desprende morbo alguno, pues Tom e Ian no son los hijos de Lil y Roz, sino dioses encarnados como hemos dicho y Lil y Roz, con algo más de experiencia a sus espaldas, adoradoras de aquellos.

Todo muy contenido, muy clásico y prístino. Sin deformidades barrocas (cristianas) ni por supuesto infierno alguno. La expresión de los sentimientos está muy medida, casi hasta cierto hastío visual. Y la historia, de tan lógica pierde en humanidad y calidez. Todo según medida, toma y daca y vuelta a empezar.

He dicho que no hay asomo de infierno por esta historia, cabría decir que el infierno respira por todas las costuras del paraíso, fotográfico y mental de Dos madres perfectas. Pues expulsar al tiempo de nuestras vidas es condenarlo a aparecer de sopetón, a la vuelta de la esquina, o de un puñadito más de años, aunque de momento no asome la patita…

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James Frecheville en “Dos madres perfectas” de Anne Fontaine

O eso, o el congelador de los sentimientos que también es otra posibilidad de ver estas cosas. El querer, seguramente, ya no es lo que era. Película posmoderna en este sentido, inmersa plenamente en la cultura de masas, semi-cultas o cultas. Porque esa es otra, la masa ya no es lo que era, tampoco.

La película, pues, se deja ver con cierto agrado durante todo su recorrido, bastante previsible en general y que llega a sus últimas consecuencias sin parar mientes en el escalafón de los sentimientos, esto es, en un auténtico retrato de la pasión en edad madura. ¿O sí? ¿Estaremos ya en ello?

Dos madres perfectas (Two mothers) (2013) de Anne Fontaine, se estrenó en España el 30 de mayo de 2014.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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