Dios ha muerto! Viva…()!

Dios ha muerto! Viva…()!

 

El lapso que media entre la plena vigencia de dos religiones es el de la agonía y muerte del dios o dioses. Un nuevo dios casi nunca alcanza su cénit derrotando a los antiguos ídolos sino ocupando un lugar que ya han dejado vacío.

Formalmente puede que todavía no, pero en el corazón de los antiguos fieles ya no viven ni moran. La modernidad dice: “Dios ha muerto”. Es un intento de asesinato, de deicidio, y no se vislumbra otra religión que despunte.

La modernidad se caracteriza por la formalización y objetivación de todas las cosas y relaciones del mundo que la precedía. Es una manera de tomar distancias, de alejar el foco para vivir mejor…supuestamente.

Así, el poder (político) se radiografía y quedan prístinamente al aire todas sus vergüenzas y colgajos. No hace falta mucho para derribar a una monarquía absoluta una vez se la ha despojado de sus oriflamas.

Es la época del inicio del pleno desarrollo de las ciencias, formalización de lo formal, formalización al cuadrado. Ya no se manipulan directamente los objetos y entidades sino a través de un elaborado sistema de pesos y contrapesos lógico-matemáticos.

Y en cuanto a la religión, se ataca directamente a la cabeza. Pim pam pum de la divinidad. Pero, amigo, aquí las condiciones de posibilidad son otras que con los entes sometidos al tiempo. Aquí estamos tratando con entes supuestamente inscritos en la eternidad.

Y en la eternidad todos los gatos son pardos. Vale tanto decir “Dios vivo” que “Dios muerto”, a los efectos de una legitimación que sólo puede darse en una traducción a lo temporal, puesto que en el tiempo y no en la eternidad habitamos los humanos.

Y a efectos humanos tanto da “Dios vivo” que “Dios muerto”, puesto que todos sus poderes emanan de otra esfera de posibilidades cual es la eternidad inalcanzable para nosotros.

Con la salvedad de que en una tradición judeocristiana, como la nuestra, proclamar “Dios ha muerto” equivale a gritar a los cuatro vientos “El hombre ha muerto”.

Pues no olvidemos que para el cristianismo el Dios-hombre es la clave de bóveda de su sistema. En Jesucristo nos redimimos todos, pero si Dios cae, arrastra a los hombres en su caída.

La rumiación de estas consecuencias, como si de una larga pesadilla se tratase, tardó cerca de un siglo para que se manifestasen sus contradicciones internas y acabó por eclosionar el huevo de la serpiente en forma de los totalitarismos del siglo XX.

Que se caracterizan por dar contenido al concepto de hombre-masa ya despojado de sus rasgos de individualidad que lo hacían partícipe de su antigua comunión divina. Ahora ya sólo hay jerarquía sin corazón ni alma.

Afortunadamente, se solapaba a este devenir histórico el de la división del lóbulo occidental de la civilización europea, encarnado en Norteamérica, y de la asincronía de estos dos procesos surgió la debacle de los totalitarismos.

Hoy en día el hombre-masa ha adoptado la forma del hombre digital, cuya mayor caracterización la obtiene del uso y abuso de las redes virtuales. Un sueño reemplazaba a otro sueño.

Y ahora en la era de Internet, sabemos que estamos soñando.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

2 comments

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    con la religión hemos topado, a ver:

    tal vez la única manera de poder dialogar al respecto, pase por en nuestros días, necesariamente, distinguir la moral de la ética, es decir, lo privado de lo público…

    por ello y, desde Baudelaire y también desde Wittgenstein, por un lado, hay Modernidad y modernidades como hay Episteme y epistemes o Tiempo y tiempos; es decir, los primeros términos son categóricos mientras que los segundos son sólo culturales…

    desde este enfoque, no hay confusión posible, en cuanto a que nuestra propia modernidad está en pañales, pues la figura de “Hombre” como objeto y sujeto de conocimiento fue uno de nuestros mayores errores, de ahí todos los “finales” a los que asistimos desde mediados del siglo pasado hasta nuestros días, y lo que parece que colean…

    dioses (titánicos y/u olímpicos) griegos, finiquitados junto a su sociedad en Hegel, a la infancia de nuestra cultura, Dios cristiano impuesto y sucedáneo de aquellos, más todos los -ismos de turno; en conjunto, el devenir no pudo ser más adverso para el género humano, mediante una cultura occidental cuya libertad se asienta sobre la desigualdad, mediante su práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro/Otredad, y así nos va, no??? el Arte es el mejor testigo de todo esto y su cansancio, juntos a las diferentes aporías (destaca la del cacareado progreso), así lo pone claramente de manifiesto, no???

    Roranna Tepuy 090516

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      Muchas gracias por tu interesante comentario, Ana María. Tal parece como si quisieras salvar a la religión. Yo no tengo ese problema, ni es una cuestión que me plantee. Es más me parece un debate absurdo y hasta saugrenu, como se podría decir en francés. Un fuerte abrazo.

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