En la imagen los actores Cristina Charro y Federico Aguado, que se hacen cargo de los papeles de Sandra y Luis, en “Días de vino y rosas” de J.P. Miller, con dramaturgia de Jose Luis Sáiz y Marcial Álvarez, dirigida por el primero Fotos de Elena y Encarna Martínez.
Días de vino y rosas, tiene como origen un texto escrito para un espacio dramático de televisivo emitido en 1958, pero el éxito del la obra de J.P. Miller, se debe a su adaptación al cine, protagonizada por Jack Lemmon y Jack Remick, que interpretaban la tormentosa historia de amor de Luis, un ejecutivo de éxito y alcohólico, que se enamora de Sandra, una secretaria que por amor comienza a beber, hasta quedar enganchada como el exitoso ejecutivo.
El alcohol es una droga dura, que crea unas relaciones personales de dependencia al filo de la cordura, en la que se establecen códigos dónde cabe la provocación, el juego, las caricias y los golpes, porque una de las necesidades de quien bebe, es no hacerlo solo.
La adaptación teatral es de Owen Mc Cafferty, y la traducción al castellano de David Serrano, y ahora se representa con una dramaturgia que firman Jose Luis Sáiz yMarcial Álvarez.
Una dramaturgia que centra la historia únicamente en la relación de Sandra y Luis, a los que interpretan la actriz Cristina Charro y el actorFederico Aguado que tienen la oportunidad de demostrar todo su talento sobre el escenario. La dramaturgia está firmada por el director del montaje Jose Luis Sáiz y por Marcial Álvarez que, se ha hecho cago con gran éxito del papel de Luis hasta ahora-
En la imagen los actores Federico Aguado y Cristina Charro, Luis y Sandra en sus “días de rosas” en “Días de vino y rosas” de J.P. Miller, con dramaturgia de José Luis Sáiz y Marcial Álvarez, dirigida por el primero Fotos de Elena y Encarna Martínez.
La puesta en escena es un trabajo de alto riesgo para los actores, porque la responsabilidad cae totalmente sobre ellos. Trama y texto son la evolución existencial de Luis y Sandra, sin trampa ni cartón, ni conejo en la chistera, y la realizan en un espacio escénico que cuenta con una barra al fondo, dos sillas de plástico rojo transparentes, y las botellas.
Luis y Sandra por medio de Cristina Charro y Federico Aguado, no cuentan con la ayuda de los personajes secundarios que les acompañaban en la obra original, para establecer los tempos, restar hierro y ofrecer información, y centrar el momento que atraviesa el ejecutivo y su mujer.
Únicamente conoceremos a Sandra y a Luis sin ser pareja, en una breve escena con la que da inicio la función, situada en un aeropuerto, el resto de la obra cuenta con el único escenario del apartamento de New York, donde la pareja bebe.
No digo que la historia original fuera una apacible crónica de amor, pero esta versión contempla únicamente los días del vino, sin percibir cómo fueron los días de rosas.
En la imagen los actores Federico Aguado y Cristina Charro, como Luis y Sandra totalmente condicionados por el alcohol en “Días de vino y rosas” de J.P. Miller, con dramaturgia de José Luis Sáiz y Marcial Álvarez, dirigida por el primero Fotos de Elena y Encarna Martínez.
Tratándose de dos personajes de éxito, las adiciones llegan por el afán de vivir deprisa, y experimentar, por lo que antes de la dura caída hay un tiempo de pulsión en que se vive todo con mucha intensidad, con más risas, mas llanto, mas sexo, y mas amor, y es una de las razones por las que es difícil abandonar la adicción, porque sin su combustible no hay milagro.
Si acuden al teatro encontraran a un hombre y una mujer, prácticamente desde el principio están en caída libre, habitan entre los restos del naufragio, con un hijo pequeño por medio.
La pieza es dura, narra lo fácil que es compartir el tiempo ascendente de la adición, ya sea para amarse o pegarse, pero a la hora de salir de ese infierno, los tiempos de cada uno son diferentes. En principio es Luis el ejecutivo de éxito, quien está enganchado al alcohol, y quien lleva a Sandra a vivir el carrusel del alcohol, y es también él, el primero que quiere salir.
El final es muy cierto, sin redención para ninguno de los dos, aunque se alejen de la botella, queda el peor de los miedos, que queda después de conocer el infierno, y es el miedo al miedo, o dé uno mismo.
En la imagen los actores Federico Aguado y Cristina Charro, como Luis y Sandra, asumiendo los restos del naufragio en “Días de vino y rosas” de J.P. Miller, con dramaturgia de José Luis Sáiz y Marcial Álvarez, dirigida por el primero Fotos de Elena y Encarna Martínez.
Días de vino y rosas, está en cartel en el Teatro Infanta Isabel de Madrid.
Autor del original J.P. Miller, Adaptación teatral de Owen Mc Cafferty, Traducción David Serrano Dramaturgia Jose Luis Sáiz y Marcial Álvarez Director José Luis Sáiz Elenco Federico Aguado y Cristina Charro Diseño de Iluminación Alejandro de Torres Vestuario Lupe Valero Fotografía Elena Martínez y Encarna Martínez Ayudante de dirección Carlos Chacón Producción ADN Teatro
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
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