Diario de un concierto a solas: la voz de Massiel

Diario de un concierto a solas: la voz de Massiel

Massiel, en una imagen de la agencia  EFE, rompedora y sesentera con aires londinenses

Quizás porque una canción suena siempre que la piensas o porque el silencio es un modo de cantar, Massiel mira con el sajazo de la vida y la luz de los teatros. De frente, bajo el ala de un sombrero, sus ojos perfilan un estribillo que no cesa, de tanto que ama estar viva, parece un aleluya su boca pintada de rojo, perfectamente dibujada.

He tenido la oportunidad de conocerla en Tenerife sin saber mucho de su enorme trayectoria, y a golpe de youtube, escuchando cada una de las canciones que me comenta por guasap, he dado con una de las voces más espectaculares de nuestra lengua y con uno de los repertorios más hermosos y mejor escritos de cuantos solistas podamos imaginar.

Su interpretación de El amor, una canción que desata el nudo de la pasión a medida que avanza, escrita por el talento de Pérez Botija, es una de las experiencias más arrojadizas y emocionantes que experimentado. Se me salía el alma por la boca cada vez que la cantaba, dice. Y es cierto, porque todas y cada una de las interpretaciones que he visto en youtube lo confirman. La voz de Massiel es una luminaria potente y bella que se contiene para no desbordar la canción, para ceñirse al verso y no salir por el aire hacia el centro del alma, que empieza en el oído y termina ahí donde cada cual reposa el dolor y la alegría: los dos lados del vinilo que compone el corazón.

Cuando canta Eres sonríe pletórica, seductora, atrayente. La voz se le hace guiño, contonea el estribillo como llamándote, se acerca a tu vera, reposa los brazos en tus hombros y te saca a bailar. Te envuelve con la misma licencia con que se enciende el techo de la noche.

Con Deslices sincera el engaño que se apresura cuando el amor ciega y nos enloquece la idea de perder: la dicción de este deseo es una voz que canta con los ojos cerrados, al acecho del peligro que ya se lleva dentro. Massiel canta para mantenerse en pie, anida las palabras en el pecho para lanzarlas limpia de sospecha.

Alienación es la mejor canción que he escuchado a Massiel; un tema compuesto por el inmenso Astor Piazzola. Este poema redondo, completo, encendido desde que empieza, foguea el interior de la cantante, que modula como nunca un recorrido por los espacios del amor y la soledad, arrincona los sentimientos, los exorciza, escupe la hojarasca que cae sobre ella a golpe de bandoneón. Canta, habla, recita, reprocha, declama. Para arañar las paredes de la canción lleva la voz hasta el final del aire; sin oxígeno casi, despliega las alas para rendirse al sueño. Dormir como otra forma de escapar, versa una estrofa. Y Massiel rompe los tonos, doblega la ira para quedarse con el poema a solas.

Un bello amor sin un final se engarza en Rosas en el mar como una brisa que envuelve la habitación. Al principio de la vida, cuando se es joven por obligación, solo hay un modo de desengañarse: amar sin pensar en las consecuencias, librar la batalla de ser libre, tirarse de espaldas sobre el mar, sobre la arena, sobre los brazos de quien vive de igual modo, por entero. La voz de Massiel, en los inicios, buscaba su lugar en el mar inmenso de la música, ya se entregaba con el anhelo de pervivir, pero destaca un dulce clamor de inocencia, el mismo que estalla en el Aleluya nº1. Es hermosa la inocencia cuando alienta el impulso de avanzar.

Para comprender la confesión que se acurruca en tu oído y busca el consuelo, para animar a la alegría y descorrer el frío que paraliza los pasos, Massiel convierte la voz templada de la experiencia en el abrazo que envuelve a la destinataria de Brindaremos por él; un vals que se apiada de la tristeza sentida, que abre la noche al último trago y se sienta a ver despegar la mañana.

La línea pop de Massiel es un escudo de valor para el desgarro. Más fuerte que el viento señala al causante, lo define, lo enfrenta a los momentos vividos.  En Lady Veneno interpreta, barroca y extremada, el descaro de una letra frívola y deslenguada: voz con boa de plumas.

Tú me preguntas si soy feliz diluye el verbo al borde de un cigarrillo, estrecha la canción en el cuello para seguir al piano por una ruta de humo y tensión. No hay en otro repertorio un recital a la altura de este teatro, una diatriba desecha de amargura que exhala un silencio lleno de palabras hacia un fin irremediable. Porque se puede romper el corazón en un monosílabo.

Bertold Brecht, boleros, rancheras, baladas, musicales, canción protesta… También teatro clásico, poesía y cine, estadios llenos y conciertos íntimos. Un testimonio que vio evolucionar conciencias, caer palios y alzar pancartas. Una historia que aglutina a intelectuales, escritores, artistas, seres maravillosos, y que protagoniza un episodio único de la cultura popular de este país. Ojalá un día nos relate la historia de su voz.

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Massiel, plena, ya toda verdad.

Autor

Daniel María
Daniel María (Agulo, La Gomera, 1985) es actor, escritor y guionista. Colabora en Tarántula, Fogal, Revista de la Academia Canaria de la Lengua, Qué Leer y El Perseguidor, entre otros medios. En 2013 obtuvo el Premio Paco Rabal de Periodismo Cultural Joven Promesa y el Premio de Periodismo Leoncio Rodríguez. Autor de los poemarios Hilo de cometa (2009) y flor que nace en los raíles (2015), el libro de cuentos (De)función cómica (2009), el estudio El caso de la película imposible: El extraño viaje (2011) y las novelas El hombre que ama a Gene Tierney (2013), Premio de Edición Benito Pérez Armas, y Un crimen lejos de París (2014). Posee, entre otros, el Premio Internacional Jóvenes de la Macaronesia de Poesía (2005) y el Premio Félix Francisco Casanova de Poesía (2007).

2 comments

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    Jamás acabaríamos si describimos cada emoción que nos transmiten las canciones de Massiel. Mi favorita es “Todo lo que cambié por ti”, con la que puede identificarse cualquiera que se entrega por entero al ser equivocado.

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