Desprendimientos, Federico Ocaña

Desprendimientos, Federico Ocaña

Desprendimientos OcañaAbro Desprendimientos (Amargord, 2011), de Federico Ocaña, y empiezo a leer. Tras las primeras páginas, crece en mi mente una imagen: un tejado lleno de nieve y como las gotas de ésta al derretirse van una a una cayendo, suavemente, golpeando contra el suelo. Pero pronto esa suavidad se rompe, como si el oído se hubiera potenciado, y aquel impactar del agua retumba ahora como tambores de guerra. No es casual, es lo que busca el poeta, y lo consigue. Para ello, juega con el silencio: muerde con blanco la página y coloca a cada palabra en su sitio. Así, el libro-artefacto funciona como un pentagrama.

La música que reproduce a través del lector tiene algo de atávica, como si viniera de un origen. Parece que Ocaña quisiera remontar el río hasta llegar a su nacimiento, buscando así recuperar el peso exacto de cada palabra. Ni faltan, ni sobran. Cada una ocupa su lugar, y al final da la sensación de estar ante un conjuro, una hechizo que obliga al lector a repetir, participando así en el ritual del desprendimiento.

Volver al origen, a la fuente, hacer que las palabras recuperen su juventud, esa fuerza que el paso del tiempo va llevándose, y tratar con ellas empieza a ser complicado: tiran, golpean, rugen, dentellean… De repente, te encuentras en mitad de una tormenta de caballos salvajes, y aguantarás, o no, dependiendo de tu tolerancia al desgarre.

Desgarre, esa es la punta de lanza del poemario de Ocaña, porque cada página va tirando del lector en diferentes direcciones y es en el zenit de esa tensión, cuando estás cerca de la rotura, cuando ya casi te crees la oscuridad que gobierna este poemario, el momento en el que se abre un punto de fuga y entra una luz dura como el diamante. No lo llamaría esperanza, sino el gozo que produce abrirnos y tolerar la intensidad, con toda su belleza y con todo su horror. Recuperar la verticalidad a través de un ejercicio estético radical y totalizador, en el que el sentido llega al poder ver el espectáculo que es la existencia desde un nivel concreto de vibración: el óleo.

Cierto, no estamos ante un libro fácil de leer, forma parte, más bien, de esa saga de libros que tienen la virtud de ser ellos los que eligen al lector. Bien, bravo por Ocaña, porque un libro no debe ser una prostituta.

Desprendimientos, Federico Ocaña, Amargord, 2011. 

Autor

Gonzalo Muñoz Barallobre
Soy filósofo y hago cosas con palabras: artículos, aforismos, reseñas y canciones. De Tarántula soy el cocapitán y también me dejan escribir en Filosofía Hoy. He estado en otros medios y he publicado algo en papel, pero eso lo sabe casi mejor Google que yo.

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