Deseo, frustración, tiempo y dinero

Deseo, frustración, tiempo y dinero

Desear es frustrarse, esto es apodíctico dado que, por definición se desea obtener lo que no se tiene y la probabilidad de alcanzar algo que no se tiene tiende siempre a ser menor que su opuesto. Nadie sabe bien por qué. No es una ley matemática, y el mundo bien pudiera haber sido concebido de otra forma. Quizá, se objetará, se tiende a desear más de lo que racionalmente se puede pretender alcanzar y de ahí la frustración. Pero, replico, el mundo no es racional, o al menos no principalmente racional, y por tanto el azar desempeña un papel significativo, si no esencial en la vida de cada cual, el azar es por definición incontrolable, sujeto a múltiples, indefinibles variables, de ahí que pareciese sensato pensar que la probabilidad de alcanzar lo deseado tendiese al 50 %. Pero la experiencia de cada día nos muestra que no es así, antes bien, es una ley, psicológica al menos: si deseas, te frustras. Y no hay alternativa, puesto que no desear es igual de imposible que no pensar, sólo pareciera estar al alcance de místicos ultramundanos…pero es del mundo de lo que hay que ocuparse.

Un antídoto para el deseo, que no para la frustración, podría ser el dinero. Si compras a tiempo, obtienes….lo que has comprado. Pero desgraciadamente, y esta es otra ley social, la mayor parte de la gente no sabe o no puede comprar. Sí, la gente no sabe generalmente qué quiere realmente, y el deseo se cuela por los intersticios, corriendo en regueros de frustración. Obviemos por ahora esta cuestión y centrémonos en la segunda parte de la ley, en lo que la gente no puede comprar porque no dispone de dinero suficiente. A la frustración inicial del deseo no satisfecho, se suma otra frustración, la de la impotencia por la falta de poder adquisitivo. Generalmente, esta segunda frustración acaba sustituyendo a la primera y así, acaba deseándose…dinero, el medio sustituye al fin. Lo que difiere la frustración y se gana…tiempo. Así, tiempo y dinero siempre han ido de la mano en el imaginario colectivo. Ganar tiempo parece ser en un primer momento inversamente proporcional a tener dinero. Quien tiene dinero satisface sus deseos (los que conoce) y no tiene tiempo…de frustrarse, todavía. Quedamos pues en que tienen tiempo los que están frustrados, pero también los que aún teniendo dinero conocen suficientemente sus deseos como para poder satisfacerlos y quedarse tranquilos…un tiempo.

Volvamos a los frustrados, que tienen tiempo. Su condena es contar, medir, consciente o inconscientemente el tiempo, lo que les ata con una cadena imperecedera a un concepto abstracto. Y vivir bajo la férula de un concepto abstracto corroe irremediablemente lo emocional, lo sentimental.  A la corrosión, abstracta, de la emoción podemos llamarla angustia. Los frustrados viven angustiados por la forma inapelable en que transcurre su tiempo, al no poder pautarla con dinero. Cuanto más inalcanzable es la cantidad de dinero para satisfacer un deseo y cuanto más concreto sea éste, menos se difiere la frustración pero más intensa es, pudiendo derivar en agresividad o violencia. Así, hay dos grandes tipos de frustración, que podríamos denominar como la frustración que se eyecta, véase la frase precedente, y la frustración que se introyecta (antepenúltima frase). Generalmente, la frustración que se eyecta es más higiénica que la que se introyecta, más neurótica. Aunque también es más perturbadora socialmente. De hecho, ambas formas se combinan: en una sociedad violenta, formal o materialmente, la neuroticidad aumenta exponencialmente.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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