Tres mediometrajes de Leos Carax, Alice Rohrwacher, JR y Kiyoshi Kurosawa presentados en el D’A demuestran que el cine de autor se beneficia de no estar ya sujeto a estándares de duración.
Por NACHO CABANA.
Curiosa y excelente iniciativa la del D’A 2025 de programar un corto y dos mediometrajes de autores consagrados; no formando todos ellos parte de una sola sesión sino dándoles tres pases diferentes pero seguidos y a precio reducido cada uno.

De esta manera hemos podido ver una tras otra las últimas películas de Leos Carax, Alice Rohrwacher (junto al street artist, JR) y Kiyoshi Kurosawa en un sano ejercicio de libertad de estos cineastas no solo en lo referente a contenido (que también) sino a la duración de sus films.
Dicho de otra manera, en tiempos pre-streaming, era tan impensable que un autor consagrado y asiduo de festivales hiciera un corto o un mediometraje entre largo y largo como que un episodio de una serie durara 60 minutos y el siguiente, 40. Ya no. Afortunadamente.
No soy yo de Leos Carax.

El ojo humano necesita pestañear entre 15 y 20 veces por minuto. La avalancha de imágenes a las que nos exponemos en todo tipo de pantallas provoca que las primeras sean cada vez más cortas de manera de manera que si nuestro parpadeo coincide con el plano, por ejemplo, de una manzana no lo veremos. Nos lo perderemos. FOMO.
Pero necesitamos parpadear.

Esta viene a ser, aproximadamente, el concepto que late por detrás del aluvión gordiano de No soy yo, el aplaudido mediometraje que Leos Carax ha presentando en diferentes festivales internacionales antes del D’A 2025. Un trabajo que sucede a su brillante Annette y que supone, al tiempo, una especie de licuado de buena parte de su obra anterior; como si el autor de Los amantes del Pont Neuf metiera en una batidora imágenes y referentes icónicos de su no demasiado prolífica obra previa junto a una serie de rótulos que juegan con ir cambiando la orientación del espectador dentro de su montaje.

Hay virados a diferentes colores, aceleración y repetición de planos viejos montados junto a otros grabados para la ocasión, Denis Lavant aparece joven y viejo alternativamente en un montaje tan frenético como vertiginoso en el que… no se puede parpadear so pena de dejar de ver algo.
Por ejemplo, a Annette bailando a Bowie.
Allégorie citadine de JR y Alice Rohrwacher.

El hombre encadenado a un torrente de imágenes es, también, el centro de la más corta de las películas presentadas en el D’A la tarde del miércoles. La autora de Lazzaro felice usa el mito de la caverna justo para hacer lo que Carax (presente, por cierto, en Allégorie citadine como actor/demiurgo) reclama sin decirlo explícitamente. Desencadenar al espectador, sacarle de la caverna en que las imágenes lo tienen preso (no en vano, los primeros planos del corto son de ciudadanos anónimos mirando sus móviles en las calles de París) para mostrarle el original de esas sombras proyectadas en la pared.
Aunque solo sea para descubrir que detrás de los muros está la entrada a la caverna, que esta puede ser arte también y que en este proceso de descubrimiento podemos quedar de nuevo atrapados…

Una Allégorie citadine esta que debe mucho al talento del JR, aquel artista que recorría la Francia profunda junto a Agnès Varda montado a bordo de una furgoneta imprimiendo imágenes gigantes que fundir, como ocurre aquí, con el paisaje, urbano en este caso.

Tanto le debe a JR, Rohrwacher que los planos del espectáculo que aparecen en la película (aquel que, supuestamente está preparando Leos Carax y a cuyo casting llega tarde la protagonista) pertenecen a la espectacular ópera Chiroptera que JR montó en otoño de 2023 como parte de la renovación del Palacio Garnier transformado los andamios de 30 metros de altura en el trampantojo de una gran cueva que se abría a un pasaje lleno de rocas y luz.
Chime de Kiyoshi Kurosawa.
La última de las películas cortas exhibidas en el D’A 2025 ha sido el tercero de los trabajos que Kiyoshi Kurosawa rodó en 2024. Se trata de la historia de un alumno de una escuela de cocina en Tokyo que es poseído por una presencia homicida manifiestada a través de una suerte de zumbido (el chime del título) que el espectador solo escuchará al final de la proyección, cuando el mal ya haya alcanzado al personaje principal.
Siendo como es una película del autor de Pulse, hay violencia explícita pero no en todos los asesinatos y ninguna visualización del fantasma que los posee.

A Chime, como a Allégorie citadine y a No soy yo les viene muy bien la duración reducida para no prolongar sus hallazgos hasta que dejen de serlo por repetición o dilatación.
Justo lo que le ocurre a Rossella Inglese en L’origine del mondo, que tarda 109 minutos en contar un argumento bastante visto sin que ni su estilo visual ni sus elecciones narrativas lo justifiquen.




