Crítica de teatro “Una forma de vida” de Amélie Nothomb

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Amélie Nothomb -Isabelle Stoffel- creía tener “Una forma de vida” ©Carla Coslada

 

La adaptación teatral de Una forma de vida adopta con inteligencia el punto de vista de la escritora y logra algo poco frecuente: convertir una novela epistolar en una experiencia escénica viva sin traicionar su ambigüedad ni su densidad humana. El mérito no reside únicamente en el texto, sino en la manera en que adaptación, dirección e interpretación construyen una relación sostenida en la palabra, el silencio y la espera.

Del peso de la representación se hacen cargo Isabelle Stoffel y Juan Ceacero, responsables también de la adaptación, con Ceacero además en la dirección. Esa triple implicación no se percibe como exceso de control, sino como una coherencia profunda: el texto parece nacer del cuerpo que lo dice y del espacio que lo contiene.

Juan Ceacero compone a Mervin Mapple desde una fragilidad que nunca solicita compasión. Incluso cuando el personaje es nombrado desde lugares potencialmente degradantes, la interpretación lo mantiene en una dignidad conmovedora. El cuerpo —presente, visible, insistente— no funciona como metáfora ni como alegoría, sino como hecho irreductible. Hay en su trabajo una ternura que no infantiliza y una entrega que no se victimiza.

El trabajo actoral de Isabel y Juan es sutilmente arrollador Ia actriz marca con delicadeza y respeto a la escritora y Juan imprime ternura y dignidad al personaje de Mervin Mapple
El trabajo actoral de  Isabelle Stoffel y Juan Ceacero cala con la estrategia del agua. La actriz marca con delicadeza y respeto a la escritora y Juan imprime ternura y dignidad al personaje de Mervin Mapple en Una forma de vida de Amélie Nothomb ©Carla Coslada

Isabelle Stoffel construye una escritora firme, elegante, contenida. Su presencia es contundente sin necesidad de imponerse. Nunca trata al otro desde la superioridad, incluso cuando la relación parece situarla en una posición de más confianza. Su escucha es activa, cuidadosa, y ese modo de estar en escena convierte la correspondencia en algo más que un intercambio intelectual: hay respeto, tiempo compartido, una forma de atención que va más allá de la curiosidad literaria.

Uno de los momentos más significativos de la obra es el episodio en que Amélie Nothomb, le escribe sobre una amiga de Bellas Artes, que decide convertir su propio cuerpo en obra a través de una anorexia documentada, validada y legitimada por el marco artístico. El cuerpo como obra, la autodestrucción amparada por el arte, no aparece aquí como provocación, sino como hecho asumido. Mervin no parodia ese gesto: lo toma al pie de la letra. Decide que su gordura será su obra porque, para él, no hay ironía posible cuando el cuerpo es el único lenguaje disponible. No hay distancia estética, hay necesidad.

En ese mismo registro se inscribe su petición a la escritora para que le consiga un galerista. Ella no comprende del todo la solicitud, pero aun así la atiende. Ese gesto conecta de manera precisa con una de las ideas más incómodas que la obra deja al descubierto: la fama como supuesto amparo. Proyectamos en la figura reconocida la fantasía de que puede resolver, sostener, proteger. Cuando no lo hace, no es por crueldad, sino por límite. La obra no juzga esa expectativa; simplemente la expone.

La exitosa y bellísima Amélie -Isabelle Stoffel- estaba convencida de que tenía un lugar para vivir, hasta que de forma epistolar entra en su vida Mervin Mapple ©Carla Coslada

Durante buena parte de la función, la balanza parece clara. Ella parece instalada en una forma de vida reconocida; él, en cambio, parece encontrar en las cartas un sostén esencial. El contexto histórico que acompaña el inicio de la correspondencia  -la llegada de Obama a la Casa Blanca, los meses de repliegue- introduce una posibilidad silenciosa: la ausencia no es necesariamente definitiva. La obra no lo aclara, y en esa ambigüedad gana densidad. No hay destino cerrado, sino tiempo suspendido.

Cuando la correspondencia se interrumpe, no por desafecto sino por vergüenza, la percepción inicial se invierte. Lo que se quiebra no es solo el vínculo, sino la estabilidad de quien creía observar desde un lugar seguro. La interrupción revela que las cartas no eran un ejercicio literario ni una curiosidad, sino una forma de vida compartida, necesaria para ambos, aunque de modos distintos.

El viaje final no es un gesto romántico ni reparador. En ese desplazamiento, la escritora comprende que no va a buscar al otro, sino a sí misma: al lugar que esa correspondencia ocupaba en su propia existencia. La obra no propone una resolución tranquilizadora; propone un reconocimiento.

Una forma de vida no habla de la mentira como engaño, sino como respuesta al terror de mostrase y ser rechazado. No se señala desde la psicología, sino desde una ética de la mirada: qué sufrimientos reconocemos, qué cuerpos consideramos dignos de relato, y qué ocurre cuando la ficción cae y solo queda la verdad de quien ha sabido mirar.

a Mervin Mapple no le bastaba su cuerpo para reconocerse y quererse ©Carla Coslada
Mapple, necesitó ganar más de cien quilos para abrazarse y sentirse suficiente. “Una forma de vida” de Amélie Nothomb @Carla Coslada

Una forma de vida está programada del 9 al 25 de enero de 2026, en Sala José Luis Alonso, del Teatro de La Abadía Madrid. Horario de martes a sábado: 20:00 h y Domingos: 19:30 h Duración 1 h 40 min

Autora Amélie Nothomb Dramaturgia: Isabelle Stoffel y Juan Ceacero Dirección: Juan Ceacero Reparto: Juan Ceacero Isabelle Stoffel

Producción La_Compañía exlímiteRecycled Illusions

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Luis Muñoz Díez

Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador. Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo. Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.

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