Crítica de la serie “Él y Ella” (Netflix)

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Tessa Thompson como Anna y Jon Bernthal como el detective Jack Harper en la serie Él y Ella.
El detective -Jack Harper- y la reportera -Tessa Thompson- en Él y ella (Netflix)

En Él y Ella, el escenario no es un mero decorado: la historia solo puede existir en un pueblo tranquilo, de esos donde todos se conocen y donde los vínculos -amistades, rencores, lealtades- se han fraguado desde la infancia. Ese espacio cerrado condiciona cada gesto y cada silencio. Nadie es completamente ajeno al crimen porque, de un modo u otro, todos forman parte del mismo pasado compartido.

El detective encargado del caso también es hijo del lugar, Dahlonega, y su implicación personal es inevitable: la mujer asesinada estudió con su hermana, y su exesposa, antigua presentadora de un magazín de éxito, regresa al pueblo tras años de desaparición para cubrir el crimen de manera voluntaria. La investigación, por tanto, no avanza solo entre pruebas, sino entre recuerdos, culpas heredadas y relaciones que nunca terminaron de romperse. En un entorno tan reducido, investigar es también señalar, y todos son posibles culpables precisamente porque todos se conocen.

Tessa Thompson da vida a Anna, la reportera

En el reparto, Tessa Thompson da vida a Anna, la reportera, una figura clave que se mueve entre la investigación y la memoria. Jon Bernthal interpreta al detective Jack Harper, un personaje desencantado  por el pasado y por su imposibilidad de investigar sin investigarse a sí mismo. Ambos sostienen una tensión constante que nunca termina de resolverse en términos morales.

La serie introduce así una culpa que no es individual, sino compartida. Las mujeres que van desapareciendo no están unidas únicamente por la amistad o el recuerdo, sino por un episodio del pasado que las marcó de forma desigual y que nunca llegó a resolverse. Él y ella sugiere que la violencia no surge de la nada, sino que se gesta en espacios supuestamente seguros -el instituto, el grupo, la complicidad juvenil- donde el silencio fue, durante años, la forma más cómoda de supervivencia.

Los asesinatos no funcionan como actos aislados, sino como la reactivación de una herida común. Cada muerte parece ajustar cuentas con una responsabilidad difusa, donde todas participaron de algún modo: por acción, por omisión o por haber mirado hacia otro lado. La investigación avanza, pero lo que realmente se va desmoronando es la idea de inocencia compartida, especialmente entre quienes crecieron juntas y construyeron su identidad en torno a una lealtad que ahora se revela frágil.

Jon Bernthal interpreta al detective Jack Harper Imagen

En ese contexto, la figura de la reportera encarna algo más que el rol de observadora: es la memoria activa del grupo, la que recuerda lo que las demás prefirieron enterrar. Su cercanía al detective no busca tanto señalar culpables como evidenciar que, en un pueblo donde todo se sabe, la verdad no siempre libera. La serie deja claro, además, que ciertas verdades pueden utilizarse como herramientas de presión, incluso cuando no alteran la esencia de los hechos.

El tramo final opta por desplazar la responsabilidad hacia los márgenes, apoyándose en una figura apenas perceptible durante el relato, pero cargada de resonancias simbólicas. No se trata tanto de señalar a alguien como de mostrar cómo una violencia antigua, incubada en silencio, acaba encontrando una forma de manifestarse. La autoría queda deliberadamente difuminada, como si la serie insistiera en que la ejecución de los hechos no es más que la superficie de un daño mucho más profundo.

Ese daño remite a un episodio del pasado que permanece envuelto en ambigüedad moral y que funciona como núcleo de la historia. El cierre, más explicativo que evocador, puede resultar algo rígido, incluso ortopédico, pero no invalida su propuesta central. Él y Ella ha despertado polémica porque se resiste a ofrecer una justicia reparadora: no hay un castigo ejemplar que alivie al espectador, solo la constatación de que la violencia, cuando se arrastra desde la infancia, rara vez encuentra una salida limpia.

Sunita Mani as Priya la compañera del detective Jack Harper

La serie apunta, además, a una paradoja inquietante de los lugares pequeños: son el terreno perfecto para que se fragüen las venganzas más duraderas, precisamente porque todos se conocen desde siempre. La cercanía no garantiza la verdad, sino el ocultamiento; lo compartido no protege, sino que encubre. No es casual que uno de los personajes formule, con ironía amarga, que la venganza y la ira acaban dañando sobre todo a quien las alberga. Una advertencia moral que llega tarde, pero que resume con precisión el malestar que la serie deja como poso final.

 

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Luis Muñoz Díez

Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador. Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo. Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.

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