En esta versión de Personas, lugares y cosas, el texto de Duncan Macmillan encuentra en Pablo Messiez a un director que, aun trabajando sobre una obra ajena —algo poco habitual en su trayectoria—, consigue apropiársela sin traicionarla. La fidelidad al original no impide que la puesta transite dentro de su imaginario: un espacio de intimidad, de fragilidad expuesta, de cuerpos que piensan y palabras que tiemblan. Messiez traslada la arquitectura emocional de la obra a un territorio que le es propio, donde lo escénico nunca se impone al conflicto, sino que lo acompaña.
Emma, interpretada por Irene Escolar, es una actriz que, mientras ensaya La gaviota, pronuncia la frase: «A mí habría que matarme». Lo que en principio pertenece al personaje se filtra en el pensamiento de quien lo dice y actúa como detonante del derrumbe. A partir de ahí se desencadena el ingreso en un centro de desintoxicación y el proceso terapéutico que estructura la obra, no como un camino de redención ejemplar, sino como un tránsito irregular, marcado por la resistencia, la negación, el humor defensivo y momentos de lucidez dolorosa.

Enma no siente urgencia por salir de su adicción: lo que desea es liberarse del dolor provocado por la pérdida constante de conciencia y por la humillación de no poder trabajar. Abandona el escenario a la fuerza, presa de un delirio que le presenta el suicidio como única salida. Su ingreso parte de la negación y de la convicción de no compartir nada con nadie de los que están allí dentro. Se rebela contra la doctora (Sonia Almarcha) y rebate con furia unos métodos que, como en todos los casos, prometen la reconciliación con uno mismo por la vía de la identificación con el universo o con Dios. Pasa también de la simpatía hueca de Pastor (Brays Efe) y solo toca fondo cuando otro interno, Marc (Javier Ballesteros), la zarandea para obligarla a cerrar el círculo del autoengaño. Pero Emma tiene el alma hecha pedazos, y la reinserción que le ofrecen como premio no le vale: la batalla puede ganarse, sí, pero la vida cotidiana acaba por tirarlo todo por tierra. Se espera ser laureado por la hazaña, como en esos actos casi pueriles en los que terapeutas y compañeros aplauden la victoria, y lo cierto es que fuera no han quedado más que acreedores y desconfianza.
Uno de los grandes aciertos del montaje es situar al espectador dentro de la percepción alterada de la protagonista. No asistimos a una realidad objetiva, sino a un mundo filtrado por su estado: escenas que se distorsionan, tiempos que se quiebran, presencias que no siempre son lo que parecen. La función no explica la adicción, la hace experimentar. El cuerpo se convierte en el verdadero espacio de la obra: ahí donde el deseo, la culpa, el cansancio y el miedo se inscriben sin posibilidad de fingimiento.

El juego del desdoblamiento de los personajes, ya sea desde la broma de mal gusto de su delirio o como forma de terapia, refuerza de manera decisiva esta propuesta escénica, borrando las fronteras entre memoria, culpa, deseo y realidad. Esta superposición constante de identidades no funciona como un simple recurso formal, sino como una traducción directa del estado mental de la protagonista: la imposibilidad de separar lo vivido de lo que aún la gobierna, lo que fue de lo que sigue siendo.
Aunque el detonante dramático parte de Emma, nada se sostiene en soledad. El resto del reparto asume con precisión su cometido: son sostén, contrapunto y espejo. La función se construye tanto en los diálogos cara a cara con la protagonista como en los momentos en los que el elenco se convierte en un cuerpo coral que arropa, presiona y acompaña su recorrido.
Irene Escolar construye una Emma de múltiples capas: irónica, frágil, combativa, agotada, luminosa a ratos. Su trabajo físico resulta fundamental: la adicción no es aquí un concepto, sino una forma de estar en el mundo que se manifiesta en el temblor, la agitación, la violencia contenida y también en la necesidad desesperada de contacto. La actriz sostiene la función de principio a fin sin caer en el exceso ni en la complacencia, habitando un personaje asediado por contradicciones constantes.

Messiez rehúye cualquier tentación de moralina, sería impropio de él. La obra no señala culpables ni ofrece recetas. Lo que se abre es una pregunta ética, siempre incómoda: cómo se gestiona el dolor, cómo se administra el placer, qué se hace con la propia vida cuando pesa demasiado. En esa tensión se cuela una herencia casi trágica -la lucha entre la razón y los impulsos del cuerpo, entre el control y la pérdida-, pero también una mirada profundamente contemporánea: la consciencia de que incluso en el derrumbe persiste un margen para la elección.
La puesta en escena avanza con un equilibrio muy preciso entre dureza y humor, entre crudeza emocional y ligereza inesperada. Hay escenas de una densidad extrema, pero también momentos de respiro que no rebajan la gravedad, sino que la hacen más soportable. Ese vaivén de tonos es uno de los grandes logros del espectáculo.
Personas, lugares y cosas no ofrece respuestas, aunque Emma termine por identificar quiénes son las personas y las cosas que tendria que evitar. Se despide con una pregunta suspendida, un «por qué» que no se resuelve. Y es precisamente en esa renuncia a la clausura donde reside gran parte de su fuerza. La obra no viene a tranquilizar, sino a acompañar en la incertidumbre. A recordar que, a veces, lo único verdaderamente transformador es poder decir —sin retórica—: estoy aquí, y añadiría: soy fuerte porque soy mortal.

Personas, lugares y cosas está programada del 25 noviembre de 2025 al 11 de enero de 2026 en la Sala principal del Teatro Español, más información AQUÍ.
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Autor: Duncan Macmillan Adaptación y dirección: Pablo Messiez
Reparto (por orden de intervención): Emma: Irene Escolar Konstantin/ Marc: Javier Ballesteros Pol/ Padre: Tomás del Estal Pastor: Brays Efe Doctora/ Terapeuta/ Madre: Sonia Almarcha Charlotte: Claudia Faci Juan: Daniel Jumillas Laura/ Enfermera: Mónica Acevedo Moni/ Enfermera: Blanca Javaloy T: Manuel Egozkue Doble de Emma: Josefina Gorostiza
Escenografía: Max Glaenzel Vestuario: Silvia Delagneau Iluminación: Carlos Marquerie Espacio sonoro y Música original: Óscar G. Villegas Movimiento escénico: Josefina Gorostiza
Ayudante de dirección: Miguel Valentín Ayudante de escenografía: Gonzalo Acero Ayudante de vestuario: Beatriz Carballo Residente de ayudantía de dirección: Ares B. Fernández
Fotografía cartel: Pablo Zamora Fotografía de escena: Mario Zamora
Equipo técnico compañía Regiduría: Ana Gómez Salamanca Iluminación: David Benito Sonido: Ale de Miguel y Arsenio Fernández Maquinaria: Miguel Ángel Jiménez Marrupe y Emilio Enríquez Sastrería: Estrella Baltasar Ayte. de producción: Aurora Carragal
Realización escenografía y atrezzo: Readest Montajes, Big Image Realización gaviota: Jaime Polo Realización vestuario: Iñaki Cobos, Crin escénica
Equipo producción Mogambo: Ignacio Salazar-Simpson, Alicia Calôt e Irene Escolar
Producción: Mogambo y Teatro Español con la colaboración del Teatro Calderón de Valladolid



