Peter Gantman (Elis) Krista Kosonen (Dani) y Mohammed Nour Oklah (Malik) en "La tierra del pecado" (Imagen Netflix)
En La tierra del pecado (Synden), el crimen funciona como una coartada narrativa para hablar de otra cosa: la persistencia de formas de poder que operan por fuera -y a veces en contra- del Estado. El noir nórdico se vuelve aquí un dispositivo político que desplaza el foco desde la investigación policial hacia la arquitectura social que decide qué vidas importan, qué verdades circulan y cuáles deben quedar enterradas.
Ambientada en la península de Bjäre, la serie de Peter Grönlund desmonta la imagen del campo como espacio neutral o moralmente superior a la ciudad. Por el contrario, el entorno rural aparece como un territorio donde el poder se hereda, se administra y se reproduce sin necesidad de instituciones visibles. La tierra no es paisaje: es capital, memoria y frontera. Quien la controla, controla también el relato.
La muerte de Silas, un adolescente encontrado sin vida en un río, activa una investigación que rápidamente revela sus límites. La inspectora Dani (Krista Kosonen) no investiga desde afuera, sino desde una pertenencia ambigua que compromete su autoridad. Su presencia provoca la tensión central de la serie: ¿hasta dónde puede llegar la ley cuando debe enfrentarse a comunidades que funcionan bajo normas propias? Malik (Mohammed Nour Oklah), el joven policía recién incorporado, encarna la fe inicial en el sistema, pero también su progresiva desilusión.
El personaje de Elis (Peter Gantman) patriarca local, cristaliza el núcleo de poder de la historia. No representa una desviación del orden, sino su versión más eficiente. Su poder no se basa en la violencia explícita, sino en la capacidad de establecer consensos forzados, silencios compartidos y ultimátums que se presentan como decisiones racionales por el bien común. La serie sugiere que este tipo de autoridad no es residual, sino estructural: sobrevive porque ofrece estabilidad allí donde el Estado solo llega de manera intermitente.
Mohammed Nour Oklah (Malik) y Krista Kosonen (Dani) en “La tierra del pecado” (Imagen Netflix)
Desde lo formal, La tierra del pecado acompaña esta lectura con una puesta en escena contenida. La ausencia de énfasis dramático refuerza la idea de normalidad: nada parece excepcional, y justamente ahí reside el problema. El control no se ejerce a través del exceso, sino de la rutina. El campo abierto, filmado sin épica, funciona como una metáfora de un encierro social donde todos saben cuál es su lugar.
En clave social, la serie señala un presente marcado por economías ilegales, concentración de la propiedad y desconfianza hacia las instituciones. El crimen no irrumpe como anomalía, sino como síntoma de un sistema que ya no logra absorber sus propias contradicciones. La familia, lejos de ser un refugio, aparece como una estructura de reproducción del poder, capaz de proteger tanto como de anular.
La tierra del pecado no propone respuestas ni redenciones. Su gesto político es más incómodo: mostrar cómo ciertas formas de violencia se legitiman en nombre de la tradición, la estabilidad o la pertenencia. El verdadero conflicto no es quién mató a Silas, sino qué debe sacrificarse para que el orden continúe intacto. En ese sentido, la serie no señala solo a sus personajes, sino a un modelo social que prefiere el silencio a la ruptura, incluso cuando el precio es irreparable.
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
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