James Nesbitt interpreta a Simon Greene, un padre enfrentado a la fragilidad de la verdad en 'En fuga' (Netflix).
Desde su concepción, En fuga (Run Away) deja en claro que no está interesada en la resolución clásica del thriller. La serie, surgida del acuerdo creativo entre su autor y Netflix, apuesta por una narración en expansión constante, en la que cada conflicto abre nuevas ramificaciones en lugar de cerrarse sobre sí mismo. La ciudad funciona como un espacio de presión permanente y lo cotidiano se transforma, casi sin transición, en un escenario de riesgo.
El punto de partida es Simon Greene, interpretado por James Nesbitt, un padre de familia construido para generar empatía inmediata: sensato, reconocible, aparentemente estable. Sin embargo, la serie introduce nada mas iniciarse una fisura en esa normalidad. En Greene inquieta más lo que parece a punto de hacer que lo que efectivamente hace, y esa ambigüedad se convierte en uno de los motores dramáticos más eficaces del relato.
Simon Greene el padre de En fuga, interpretado por James Nesbitt. Netflix
La desaparición de su hija Paige y su posterior reaparición en un parque activan la trama inicial. La irrupción violenta de Aaron, su novio, una agresión registrada de forma fragmentaria y su posterior viralización colocan a Greene en el centro de un juicio público edificado sobre imágenes incompleta, pero con una respuesta agresiva muy alta. Más que un simple giro argumental, este episodio instala uno de los ejes temáticos de la serie: la fragilidad de la verdad en un contexto dominado por la circulación inmediata de imágenes.
A partir de allí, En fuga avanza por acumulación. Las tramas se bifurcan alrededor de lazos familiares, paternidades reales e imaginadas y vínculos afectivos en permanente tensión. El asesinato brutal de Aaron introduce un quiebro narrativo que habilita la entrada de los detectives Isaac Fage y Ruby Todd, interpretados por Alfred Enoch y Amy Gledhill. Su dinámica aporta un registro más naturalista y funciona como contrapunto necesario frente al creciente dramatismo de los protagonistas.
Elena, la detective privada de En fuga, interpretada por Ruth Jones. (Netflix)
La decisión de los Greene de investigar por su cuenta refuerza la idea de una justicia impulsiva, guiada por la desesperación antes que por el método, con la colaboración de la investigadora Elena (Ruth Jones), una presencia tan excéntrica como determinante. La localización del lugar donde fue asesinado Aaron se resuelve con facilidad; del mismo modo, un vecino les facilita el acceso a la casa del muerto y les proporciona el nombre de un camello. El encuentro deriva en un tiroteo —que deja herida a la señora Greene— y opera menos como clímax que como una nueva bifurcación narrativa.
El hospital se convierte entonces en un punto de confluencia: reaparecen otros hijos, resurgen conflictos afectivos latentes y la serie vuelve a abrir el abanico de tramas paralelas. Nada parece cerrarse del todo, aunque cada línea secundaria encuentra resoluciones parciales que sostienen el movimiento constante del relato.
Isaac el inspector de policía de En fuga, interpretado por Alfred Enoch (Netflix)
Simon Greene, siempre impulsado por el amor familiar, se va desdibujando como figura moral. A medida que la búsqueda de su hija avanza, el relato deja entrever la existencia de otras estructuras de pertenencia que operan en paralelo al núcleo doméstico y cuya influencia se vuelve cada vez más visible. La serie acompaña ese desplazamiento sin subrayarlo: avanza sumando nombres y hechos, mientras la familia Greene empieza a vislumbrar una verdad tan inesperada como potente, que no nace del padre pero afecta a todos por igual.
Es en ese punto donde se produce un desajuste silencioso: aunque el padre permanece como el único agente visible de la búsqueda, el relato insinúa que el pasado y el presente de la familia responden a una lógica previa, ya establecida, ajena a su iniciativa.
Esa decisión define tanto la mayor virtud de En fugacomo su principal límite. Lejos de conducir a una revelación reparadora, la serie propone un cierre moralmente incómodo: la exposición progresiva de un sistema de captación que explica el conflicto inicial y, en paralelo, la aceptación definitiva de un secreto inconfesable que organiza el pasado y el presente de la familia en nombre de su propio bien. Más que ofrecer respuestas, el thriller se detiene en el costo de sostenerlas en silencio.
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
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