«Corazón de perro», Mijail Bulgákov

«Corazón de perro», Mijail Bulgákov

Cuando Mijail Bulgákov escribió en 1925 Corazón de perro y escondió el manuscrito de la obra no podía imaginar que su talento como dramaturgo le iba a hacer ganarse la simpatía de Iosif Stalin. Tampoco podía imaginar que mantendría una breve correspondencia con el hombre de acero en la que, molesto por las críticas desfavorables hacia sus obras por parte de la prensa literaria del régimen y la continua censura, pedía bien el exilio voluntario para poder ejercer su oficio fuera de las fronteras o bien formar parte de la plantilla del Teatro Artístico de Moscú -independientemente del cargo que allí pudiera ocupar-. Tampoco podía imaginar que Stalin le telefonearía y accedería a su petición: fue condenado a no abandonar Moscú, a trabajar en varios teatros en los que nunca podría representar sus obras y a vivir el acoso del Comisariado de Asuntos Internos que no sólo estudiaba cualquier escrito suyo con lupa para posteriormente censurarlo, sino que también realizaba continuos registros en su domicilio en busca de material altamente subversivo. No, no podía imaginar que todo esto iba a suceder, pero su buen sentido común le libró de un destino mucho peor.

Bulgákov fue considerado por la prensa cultural moscovita, entre otros calificativos, como un escritor profundamente satírico. Y no se equivocaban.

En Corazón de perro, mediante una fina alegoría satírica, Bulgákov nos presenta a Bola, perro callejero (no obstante, ilustrado, ya que ha aprendido él solo a leer) que mendiga como cientos de sus congéneres entre los cubos de basura del barrio moscovita de la Prechistienka, y que acaba de recibir un balde de agua hirviendo sobre su costado, lo que le lleva a maldecir la miseria y mezquindad que caracteriza al proletariado a la vez que aúlla por el dolor. Por otro lado, encontramos al eminente doctor Filip Filipovich Preobrajenski, cirujano especializado en técnicas de rejuvenecimiento basadas en la implantación de glándulas sexuales de animales en humanos. La extraña relación que se establece entre ellos cuando el doctor Preobrajenski acoge a Bola en su apartamento y le comienza a dar un trato digno de sultán es el primer gesto del doctor por el que Bola, al observar los milagros que el doctor es capaz de realizar, comienza a considerarlo una especie de dios.

Y en un dios creador se convierte el profesor Preobrajenski cuando descubrimos que la adopción de Bola no es gratuita. El doctor tiene un plan para él: piensa sustituir su hipófisis y sus glándulas sexuales por las de un joven proletario que acaba de fallecer y cuyo cuerpo nadie va a reclamar. Sorprendentemente, la operación resulta ser un éxito y la evolución médica de Bola queda reflejada en el diario, que sigue el aterrorizado asistente del doctor, el doctor Bormental, en la que -con pulso débil, debido a la incredulidad- anota cómo Bola se va metamorfoseando hasta alcanzar un aspecto humanoide, cómo aprende a hablar y cómo en su carácter se encuentran tanto las mezquindades propias de su raza primigenia como las heredadas a través de la hipófisis del joven revolucionario que resultó ser un alcohólico y patán que, a medida que va recuperándose, se convierte en un nuevo Frankenstein canino que reclama su parte del apartamento tal y como establece la junta de Comunidades para el reparto de bienes, bebe vodka como si fuera agua, intenta violar a la criada y busca un trabajo como exterminador de gatos a la vez que exige ser inscrito en el registro civil con el esperpéntico y cínico nombre de Poligraf Poligrafevich.

El delirio creador de Stalin, basado en una Unión Soviética industrializada y en un nuevo hombre proletario fiel a la patria como un perro a su amo, la influencia de las tendencias del futurismo ruso, los ecos cervantinos tan manifiestos en todos los literatos rusos de comienzos del siglo XX y las influencias bíblicas de Génesis además de la teoría cartesiana que explica la residencia del alma humana unidos a la crítica contra el propio sistema stanilista y un humor negro e irónico son las bases de esta delirante novela con moraleja que Bulgákov convierte en un aviso para sus compatriotas: lo que Dios te da, Dios te lo quita.

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