Cazurras y bellas: Las muchachas de Sanfrediano, de Vasco Pratolini.

Cazurras y bellas: Las muchachas de Sanfrediano, de Vasco Pratolini.

Discípulo de la inagotable tradición realista que dio Italia en el siglo XX, la narrativa de Vasco Pratolini (1913-1991) ha llegado al castellano en pequeñas dosis. Hombre de cine, guionista de clásicos como Rocco y sus hermanos o Paisà y generador de historias destinadas a la gran pantalla –las canónicas Crónica de pobres amantes (1947), Crónica familiar (1948), y Metello (1955), (Premio Viareggio) incluidas-, con la publicación de Las muchachas de Sanfrediano, su obra más desenfadada, Impedimenta nos invita al reencuentro ahora que se cumplen cien años de su nacimiento.

Con una vida propia que encarnó la desgracia más atroz -huérfano de madre, ocupaciones múltiples, enfermo de tuberculosis, miembro de la resistencia- y plasmó en obras de gran envergadura dramática, en Las muchachas de Sanfrediano la lucha partisano-fascista apenas aparece como telón de fondo del pasado reciente. Apartándose del neorrealismo de tono grave en una elipsis de la miseria cotidiana, Pratolini se decanta por la frivolidad del fin de semana condensada en el vibrante rito de la passeggiata.

Tenemos a Aldo, ahora Bob (por Robert Taylor, La dama de las camelias), don Juan de barrio, mito de lo chulesco y lo hortera, entregado a tiempo completo al arte de la seducción y la impostura. Su reino es Sanfrediano, el barrio más popular de Florencia. Después están ellas: Silvana, Gina, Tosca, Mafalda, Loretta y Bice. Una a una cayendo en sus garras. Y luego la venganza -Erinias puras, se intensifica la tragedia-. Y tras el carácter bufonesco de ésta, su lamentable despecho, su ignorancia incurable y el tono caritativo que las acompaña, una defensa de su torpe nobleza, de esperanza hermosa hacia una verdadera liberación femenina.

Como lectura superficial, la novela induce a error: su esquematismo, moralina, diálogos estrafalarios y otros códigos propios de la literatura popular nos llevan al hecho ojiplático de encontrar su reseña en revistas de corazón. Y Pratolini se burla de sí mismo, y añade capítulos a modo de publicación por entregas, y es precisamente en sus títulos gacetillescos, en la intervención del narrador como mediador, en su avance cómico, donde obtenemos la pista del tono ligth de la novela. La versión española de Impedimenta ahonda en ello y desde su portada adopta un caricaturesco exageramiento pulp.

Pero es en el lenguaje, en su vocación descriptiva y en la excelente mise-en-scène de la que parte el primer capítulo donde hallamos al autor. Su teatralidad no es anecdótica: el manejo del espacio y el catastrófico desfile de amantes dan cuenta de ello. Sanfrediano como cerco de perennidad, oposición al mundo en su carácter provinciano y a la misma Florencia, paradigma de modernidad, ante la que impone su mentalidad arcaica, su dialectalismo. Y su autenticidad: el barrio como muestra del más inocente animalismo, brusquedad, descaro y pura vida.

Las Muchachas de Sanfrediano, de Vasco Pratolini, Editorial Impedimenta 2013

 

Vasco Pratolini

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(Cuenca, 1990) menciona un solo equivalente del bar, la librería. Luego del estadio, el pupitre, el libro y la portería. Claro que, entretanto, él y la Filología Hispánica se estudian desde los tabiques de la Universidad Complutense de Madrid. Y después está su verdad: ha combatido por ser calificado de 'maudit', 'dandi', y entre Lowry y Baudelaire se queda con Bolaño. Casado con la poesía, domina el disparo de todos y cada uno de los rifles que el tardoadolescente Rimbaud, tras concluir su obra, intercambió en el Cuerno de África. Despedido tras recitar versos de Auden a las clientas, se empeñó varias semanas en una mercería de Tarancón.

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