Blue Ruin, de Jeremy Saulnier

Blue Ruin, de Jeremy Saulnier

blue_ruinNo hay que dudar del buen momento que está viviendo el thriller. Tal vez fuese por la llamada de atención dada en su día desde los países bálticos y el consecuente auge de la novela negra venida del frío, pero cada vez son más los buenos productos que llegan a nuestras pantallas, muchos de ellos, además, avalados por el “sello de calidad” que otorga el haber sido premiados en algún que otro certamen (sin ir más lejos, el legendario festival de Sitges ya reconoce una sección propia –Òrbita– al thriller). Con cierto aire indie y una excelente fotografía, por fin llega a nuestras pantallas Blue Ruin, segundo largometraje de Jeremy Saulnier tras la comedia de terror Murder Party (galardonada en varios festivales al otro lado del charco), y para cuyo financiamiento se lanzó una campaña a través de Kickstarter.

Una brutal historia de vendettas intrafamiliares en las que el odio y la sed de revancha juegan en primera plana, presentando una serie de personajes cuyo distanciamiento por el rencor es aquello que más les une en una catarsis de violencia compartida. Con un manejo de la dirección que roza lo sublime (acreditado quedó el trabajo de Saulnier tras las cámaras con el premio al Mejor Director en el Festival Internacional de Cine de Gijón del pasado año), la asistencia a la desintegración del ser humano se aleja de lo feísta de la premisa para transportarnos, a través de unos fotogramas que nos transmiten algo que va a camino entre lo turbio y la melancolía, a un redil de situaciones que acabarán estallando de forma inhóspita.

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“Blue Ruin”, de Jeremy Saulnier

Recordando a Peckinpah por su dureza y asombrando por la concatenación de actos marcados por la sobriedad en la que el personaje de Dwight (Macon Blair) se irá desenvolviendo, Blue Ruin se convierte en una suerte de matanza de Puerto Hurraco a la americana. Una historia directa a la yugular, marcada por la dureza de los dramas personales que vive un conjunto de personajes condenados a ser arrastrados a una de las mejores vorágines de destrucción que ha dado el cine reciente. De cuestión casi vital es no perderse esta maravilla.

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