Autoficción, de Juan Carlos Márquez

Autoficción, de Juan Carlos Márquez

Quiero ser escritor porque siento en lo más profundo de mi ser la necesidad de serlo.

El escritor de taller es como Dios reflejado en un charco: no es Dios, pero se puede creer Dios cuando contempla en el charco su extraña realidad. Su realidad tiene pétalos de rosa, perfume, quién sabe si París, sus cafés, sus tejados y su bohemia, qué realidad más irreal. Su realidad no se la cree nadie. Con Juan Carlos Márquez sería una osadía escribir el narrador mete el dedo en la llaga porque es un cliché. Diremos que la gente se flipa mucho escribiendo. Márquez lo sabe, lo hace notar. Incluso la gente se flipa mucho viviendo. Insisto: Márquez lo sabe, lo hace notar. Si fuera un futbolista, sería versátil y polivalente, rápido en el cruce, con regate e INCISIVO. Apremia al rival (lector) a vivir replegado, no sabes por dónde te puede salir.

La señora ponía voz lírica al recitar, y a veces, cuando pronunciaba palabras como <<pasión>>, <<pétalos>> o <<alba>>, se tocaba los pechos con ambas manos.

Señoras llamadas Pili, Fuencisla o Cándida, con sus pérdidas de orina. Señoras que rehogan judías verdes con aceite, ajo y pimentón. Señoras prácticas que guardan los embutidos en táperes y ponen etiquetas a los contenidos: york, mortadela, pavo. Y sin embargo en aquel poema no había ajo, orina, diabetes ni mortadela.

Estos son los cuentos, cuentos fantásticos, terroríficos, humorísticos, hiperrealistas, porque algo extravagante y tragicómico pasa siempre, desde un taller de literatura y su diverso alumnado, un cuñado de manual hasta un psicópata jugando con los destinos de tres muchachos que deben decidir quién de los tres ha de morir, si bien Márquez apuesta más al trasfondo y la desnudez que a la propia sinopsis del cuento, apuesta todo al drama, la fricción de los personajes y la cabronada. A destapar las vergüenzas.

Todo esto desemboca en una especie de epifanía continuada, extendida por toda la brevedad de este libro como una energía latente y luminosa, y es que Márquez, su hacer literario conecta de maravilla con estas dos palabras: DESCARO y LITERATURA. De hecho, derivada de la lectura de este libro me llega la idea de que los libros de cuentos no tienen la obligación de ser una petardez, que el cuento expeditivo seguido de otro cuento expeditivo, hace de Autoficción un recorrido absorbente e impactante, frente al habitual ejercicio burocrático de leer por leer, o la llamada, a mi modo de ver, lectura carcelaria perfecta. La literatura ha de ser regocijo y placer. Y sobre todo, capaz de sorprendernos. De otra manera, hay pocos libros que actualmente y dada mi avanzada edad me resulten atractivos para leer despacio, casi estudiando, subrayando, regresando, y precisamente el hecho de que este libro no sea cliché por cliché, bobada por bobada, hace que sea tan agradable y deleitoso como ver unas semifinales de Copa de Europa o tomar una cerveza con amigos de confianza en una terraza de verano. Autoficción es todo literatura, pasión por vivir, por leer. Diversión, no se sabe muy bien si es leer o salir de copas. No requiere el mínimo esfuerzo, lo cual se agradece. Éxtasis.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Desarrolla su cáustica y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula. Ejerce como articulista y cronista en CTXT y compagina la literatura con el business de la moda. Ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Su tercera novela se llama Magdalena.

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