Amanece en Edimburgo, de Dexter Fletcher

Amanece en Edimburgo, de Dexter Fletcher

Este musical a la mayor gloria de los temas del grupo The Proclaimers, no tiene otra pretensión que hilvanar sus canciones engarzando tres historias de amor, bastante previsibles para lograr que los adeptos al grupo, y los que no lo son, sientan vibrar en sus corazones un latido de bienestar y alegría.

Sus protagonistas principales son dos amigos, soldados repatriados de Afganistán que vuelven para retomar sus vidas en su querida Edimburgo. George McKay en el rol de Davy y  Kevin Guthrie como Ally, se reparten el peso de la emoción que no acción que embarga a esta película.

Les acompañan Peter Mullan como Rab y Jane Horrocks como Jean, los padres de Davy y de Liz, interpretada por Freya Mavor. Estos están emparejados con Yvonne y con Ally. Las historias amorosas de estas tres parejas conforman el deambular del film, deslavazado y pobre de no andar revestido por el brillo y oropel de los pegadizos temas musicales.

Melodrama con tintes de comedia porque el melodrama como género ya ha dejado de estar bien visto por los públicos de hoy en día que sólo lo soportan aderezado con grandes dosis, habitualmente, de comedia.

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Peter Mullan como Rab y Jane Horrocks como Jean en “Amanece en Edimburgo”, de Dexter Fletcher

El guión de Amanece en Edimburgo, dirigida por Dexter Fletcher, es, por así decir, una petición de principio: a nadie le importaría un comino de no estar ahí los populares temas de siempre de The Proclaimers, pero una vez sentado esto, debe calzar como un guante, preferentemente en materiales cómodos y bien gratos al tacto.

La plácida digestión de la película se ve incrementada por las rutilantes imágenes de esa bellísima ciudad que es Edimburgo. Bien puede decirse que estamos ante un musical escocés, pues el guionista Stephen Greenhorn, autor del musical Sunshine on Leith del que es adaptación la película, se encarga de que los diálogos nos transmitan el clamor popular de este tenor, con fuerte ramalazo anti-inglés.

¿Qué más podemos añadir sobre Amanece en Edimburgo? Decir que es un halago descarado a los más bajos y fieros, a veces, instintos de la clase media global que, no sabemos si cuál dinosaurio al final del Terciario, anda esperando sin saber muy bien qué cataclismo la pueda enviar definitivamente al desván de la historia.

No en vano la película comienza en un ataúd, motorizado y blindado, que transporta a unos soldados por las llanuras afganas a la espera de su fatal encuentro con una mina sabiamente situada en trayectoria de colisión. ¿Y no será que, fundido en blanco por medio, todos mueren y la acción subsiguiente transcurre en el cielo? Edimburgo, y el primer mundo yertos e insepultos.

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“Amanece en Edimburgo”, de Dexter Fletcher

Permítaseme esta pequeña broma o fantaseo que se me viene a las mientes y que sólo veo neutralizada por un partido de fútbol que aparece en una pequeña pantalla televisiva, en cierto momento de la película. Gloria de masas en acción berreante, en rebaño que muge ¿sus desventuras?

Si esta secuencia tiene algunos visos de realidad, entonces estamos ante una disyuntiva, o la historia yerta o la horda ida. Permítaseme, ahora sí, no elegir.

El aclamado musical Sunshine on Leith, de Stephen Greenhorn, estrenado en 2007, se alzó con el Premio TMA al Mejor Musical en el Reino Unido.

El director Dexter Fletcher, más conocido en su faceta de actor en series como Hermanos de sangre, debutó con una interesante Will Bill que le valió una nominación a los premios BAFTA.

El actor George McKay que intervino en Resistencia, el actor y director Peter Mullan (Mi nombre es Joe), son dos de los puntales de esta película musical.

Amanece en Edimburgo (Sunshine on Leith) (2013) de Dexter Fletcher, se estrenó en España el 19 de junio de 2014.

 

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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