Algunas reflexiones airadas y en caliente sobre el Día de la Música

Algunas reflexiones airadas y en caliente sobre el Día de la Música

Echando un vistazo al cartel de los conciertos que se organizan en el Matadero de Madrid con motivo del Día de la Música, el evento más importante celebrado cada año en esta ciudad, pienso que tal vez alguien debería proponer a la UNESCO la instauración de un Día Internacional de la Música Indie, que se podría instituir como conmemoración del día en que a Björk se le escapó un eructo mientras hacía gorgoritos, o quizá de la primera noche que Franz Ferdinand se subieron a un escenario a desafinar, o de aquella vez que Morrissey vomitó su primer comentario xenófobo en público o Arcade Fire compusieron una canción que comenzaba fortissimo. La excusa es lo de menos, lo importante es que tengan su día, y que por favor sea distinto al 21 de junio, aquel que el ministro de Cultura francés Jack Lang decidió a principios de la década de 1980 como el adecuado para festejar esta manifestación maravillosa del ser humano y la cultura que es la música. Porque si los promotores «indies» no tienen su propio día lo que sucede es que se apropian de los espacios que no les corresponden en exclusividad y acaparan todos los recursos para que su parroquia hipster se mueva casi imperceptiblemente o se dedique a hablar a un volumen excesivamente elevado impidiendo que si hay alguien interesado en escuchar pueda hacerlo; así desvirtúan una actividad que debería celebrar todas las músicas.

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Lo del «indie» en el Matadero no es nuevo. Solo hay que ver la programación de ediciones anteriores en la página web oficial del evento. No sería justo meter a todas las bandas que allí han tocado en el mismo saco, pero enseguida se ve que predominan esos grupos que rápidamente se apuntan al carro de la última tendencia estética para salir en revistas de papel satinado con demasiado espacio para fruslerías de diseño y demasiado poco para textos elaborados, esos grupos para los que las fotos promocionales (en las que cada uno mira hacia un lado distinto, o todos hacia la cámara, con aire cool y pseudointelectual, peinados a la moda y con sus barbitas bien perfiladas o sus vestidos impecablemente cortados) pesan más que las letras o las armonías, esos grupos que, si al menos tuvieran una actitud verdaderamente punk, podrían permitirse tocar mal, pero ni siquiera cuando van de punks evitan rezumar aburguesamiento. Sin embargo, quizá lo de este año riza el rizo, pues se homenajea a la discográfica independiente Subterfuge por cumplir un cuarto de siglo y por eso los dos días de conciertos están dedicados exclusivamente a bandas de su escudería, tanto antiguas (e incluso ya disueltas) como actuales.

Desde luego no puede negarse que Subterfuge fue la cara más visible de aquella eclosión de sellos y grupos independientes que se produjo a principios de los noventa al calor de programas de Radio 3 como Diario Pop y Disco Grande (o de otras emisoras, como Viaje a los sueños polares), de revistas como Rockdelux y Factory, de fanzines como el propio Subterfuge, La línea del arco, Espiral, etc., y de giras como la legendaria Noise Pop del 92.  Lo que cabe preguntarse es si en términos musicales fueron los mejores. Está claro que fueron los que más vendieron, y los que mejor se vendieron. Los responsables del sello, Carlos Galán y Gemma del Valle, se lo montaron mejor que otros a la hora de aprovechar el protagonismo que les podían proporcionar los medios, y mira que por aquellos tiempos había mucho ego y afán de notoriedad entre los propietarios de discográficas independientes. Pero los de Subterfuge supieron hacerlo más y mejor, como por otra parte demuestra su catálogo, cuya heterogeneidad estilística no se sabe si se debe más a virtud u oportunismo, a apertura de miras o visión comercial.

Pero no es mi intención juzgar aquí y ahora un catálogo que en absoluto merece ser desacreditado en su conjunto por algunas referencias manifiestamente indefendibles, como esos Undrop tan mercadotécnicos o esos Fresones Rebeldes demasiado aficionados a la «intertextualidad» y en cuyos directos uno no sabía que era más hiriente, si las guitarras o las voces. De hecho, Subterfuge tiene en su haber logros como el primer elepé de Manta Ray, quizá demasiado deudor de Tindersticks y otras bandas fronterizas y crepusculares, pero muy digno, las grabaciones de Sexy Sadie o Mercromina e iniciativas loables como la Música para un Guateque Sideral y las Canciones desde la Tumba, además de pelotazos como el segundo álbum de Dover y las licencias para bandas sonoras. Es difícil que todo el catálogo de Subterfuge guste a una sola persona; es demasiado variado. Pero debe reconocérseles que sacaron discos para todos los gustos y han sabido mantenerse con los tiempos.

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Pero ¿son tan relevantes como para que se les dediquen todos los conciertos del Día de la Música en el Matadero? ¿Es la música de sus artistas tan buena o tan representativa de la música que se hace en España? No lo creo. Ni siquiera considero que sean la discográfica con más motivos para ser homenajeada en su vigesimoquinto aniversario. ¿Es que acaso su labor merece más atención que la de otras que surgieron por aquellos años? A mí me parece que si se rinde tributo a unos debería hacerse con todos. ¿O es que no son tan interesantes, gustos aparte, las trayectorias de sellos madrileños surgidos en esos mismos años como Elefant, Siesta, Acuarela o la brutal Munster Records? ¿Y qué decir de propuestas abrumadoramente más coherentes pero quizá por ser periféricas voluntariamente ignoradas, como Esan Ozenki, B-Core o Grabaciones en el Mar?

Y esto sin salirnos del terreno de esa etiqueta, el «indie» que ha pasado de delimitar una forma de estructura empresarial o un modo de producción a definir un estilo musical. Pero además sucede que los organizadores del Día de la Música no deberían caer en esa actitud tan perjudicialmente metonímica de considerar que la música «indie» es la única susceptible de ser programada, cuando precisamente no es la que se caracteriza por ser la más compleja, ni la más original, ni la ejecutada con mayor virtuosismo. Una buena celebración del Día de la Música debería sacar a la calle la música denominada culta (toda: antigua, barroca, clásica, contemporánea…) y no dejar de lado las manifestaciones más logradas de la música popular, como el jazz, el blues, el soul o el rock and roll. No debería desdeñar las músicas del mundo, aunque sean practicadas por músicos de aquí, ni olvidar propuestas que por su radicalismo o carácter minoritario no suelen tener cabida habitualmente en los circuitos de salas.

Hágase en definitiva un Día de la Música inclusivo, que no contente solo a unos pocos. Carteles como el de este año en el Matadero son excluyentes y discriminatorios. Quizá así la cuenta de resultados salga positiva, pero la música no gana con ello.

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Ilustración: Raquel Córcoles (modernadepueblo.com)

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