Algunas impresiones del Atlántida Film Fest

Algunas impresiones del Atlántida Film Fest

En esta mi primera entrega para Tarántula sobre las pelis que veo en el Atlántida Film Fest, voy a comenzar por una que supuso una profunda decepción para mí: El desconocido del lago. Un profesor mío de Semiótica me dijo que Thomas Mann, en La montaña mágica, había conseguido narrar el tiempo. Yo creo que Alain Guiraudie, en esta película, sí que narra el tiempo. El tiempo vacío, digo. Una sucesión de preciosas postales bucólicas y bonitos cuerpos desnudos adornando la nada más atroz. En una playa en la que hombres gais acuden a tener sexo con desconocidos, uno de ellos presencia un asesinato y luego se lía con el asesino. Hasta el asesinato, no hay literalmente nada. Crees que vas a ver diálogos a lo Rohmer, de esos en los que se habla de trivialidades pero en realidad presentan aspectos profundos de la vida psicosocial de la gente de ahora; pero qué va. No hay nada. Los personajes son desconocidos para nosotros. Me dirán que eso forma parte del juego, pero qué quieren que les diga, eso es una excusa para el todo vale: como no conocemos el pasado ni el presente de los personajes, cualquier cosa que hagan estará justificada. Los actores son más ramplones que la Meseta Central. El único que aporta algo es el gordito, que además interpreta al único personaje del que sabemos algo: le ha dejado la novia y se pasa las vacaciones viendo tíos en pelotas. La monda. Seguro que es todo complejísimo, pero a partir del minuto 15 habían acabado conmigo. ¿El sexo? Explícito como en una peli porno, pero eso no le añade más valor a una película. Lo mejor: la idea del director de rodar en esa localización. Dos meses de playita y a otra cosa. Un tipo listo.

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“El desconocido del lago”, de Alain Guiraudie,

También tenía ganas de ver Upstream color, de Shane Carruth. Este caballero escribe, dirige, interpreta y compone la música de la película; hasta hacía el cocido durante el rodaje para todo el equipo. Mi hombre ideal. Lo que ocurre es que se le va la mano con el misticismo y la espiritualidad new age. Lo que empieza como un thriller donde un virus es inoculado a la población, deviene exceso ornamental, vacuo y pseudointelectual hasta llegar a la deriva total con la aparición de un granjero bonachón que puede simbolizar tanto a dios como al estado opresor. Todo ello trufado de referencias al Walden de Thoreau que sirve como mapa para despistados por entre las lindes de los caminos de la anarquía, el naturalismo y la postal navideña. ¿Qué cuenta la película, me dirán? Hasta el último momento puede contar cualquier cosa; es como un empate en el fútbol, que hasta que no conoces los resultados de los demás equipos no sabes si es bueno o malo. Al final, la peli es una oda a la vida retirada en el mejor estilo de un Fray Luis retro. Entre medias, mucho hermetismo, mucho plano con actores en modo santoral, mucho símbolo que será desvelado al final y, sobre todo, mucho de lo ya visto. Malick, tu cine me encanta, pero cuánto mal has hecho, bendito.

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“The selfish giant” de Clio Barnard

Al menos nos quedará The selfish giant, de la directora inglesa Clio Barnard, un poema desesperanzado sobre unos niños marginales que tratan de buscarse la vida como pueden vendiendo o robando chatarra. En la línea del mejor Ken Loach y los mejores Dardenne, mezclando la temática social con la sensibilidad poética como tan bien saben hacer en Inglaterra y tan mal pretendemos copiar aquí, la película es muy seria, no tiene concesiones con el espectador, y cuenta con unas prodigiosas interpretaciones de los dos niños (¿dónde encontrarán esos portentos?). ¿Recuerdan cuando a mediados de los 90 se puso de moda el (mal) llamado cine social, así en España como en Europa? ¿Qué queda de aquello? Muy poco, y en las salas comerciales menos aún. Pero de vez en cuando ocurren milagros como este, donde la fina sensibilidad de una directora que comprende a cada uno de sus personajes, por muy desagradables que nos parezcan algunos al espectador, convierte en hermosísimas imágenes la desolación de los desamparados y la dignidad de los derrotados por la vida. Para mí esto es cine, es lo que hizo Chaplin, y Ford, y Pasolini, y tantos otros. Los videoclips, de vez en cuando, están muy bien, pero nunca harán que se me encoja el corazón ni que crea que acabo de asistir a un acontecimiento único.

Autor

Rubén Romero Sánchez
Rubén Romero Sánchez (Madrid, 1978) es licenciado en Humanidades (2000) y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (2002), y ha realizado cursos de Doctorado en Literatura Española. Ha publicado los poemarios La Luna lleva tu nombre tatuado (2001), Lo que importa (plaquette, 2002), El mal hombre (2012), Cuando los dioses no existían (plaquette, 2013) e Historia de la locura (2017), además de las novelas La tristeza (2014) y Ayer no fue la vida (2018), y ha sido recogido en diversas antologías de poesía y narrativa, como Vigilia Poética, del Centro de Poesía José Hierro (2003), Breviario de Relatos (2006), Antología del beso (2009), Ida y vuelta (2011) Voces del Extremo (2013) o Antología de poesía Netwriters (2014). Ha participado asimismo en el libro colectivo Vivir el cine: 120 películas que no podrás olvidar (2013), ha dirigido la sección de cine de la web cultural Culturamas, y ha sido presentador de las tertulias de cine de Periodista Digital TV. Escribe, además, en diversos periódicos y revistas sobre literatura, cine y ópera. Ha presentado numerosos actos culturales e impartido conferencias en la Academia de Cine, el Ateneo de Madrid, la Asociación de Escritores Españoles y diversas universidades. Ha sido editor en Ártese quien pueda Ediciones. Su obra ha sido traducida al árabe, ruso y portugués.

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