Hay artistas que necesitan iluminar. Otros, como Matías Umpierrez, necesitan oscurecer para que la mirada encuentre su propio camino. Su obra no se organiza como un repertorio, sino como un sistema de capas, de imágenes que se sedimentan unas sobre otras hasta convertirse en un suma y sigue como creador.
Quien haya visto Eclipse -esa pieza donde la máscara no ocultaba, sino que desdoblaba- sabe que la escena, en manos de Umpierrez, no funciona como un espacio de representación, sino como un laboratorio de revelaciones parciales. En aquella obra, la humanidad atravesaba nueve milenios de máscaras para preguntarse qué somos cuando dejamos de ser uno solo.
La pregunta no se contestaba: se expandía. Se insinuaba en la arcilla, en la voz que se doblaba en otra, en lo heredado, en lo que nunca llega a decirse del todo. De Eclipse quedó la sensación de que cada gesto era también una huella, de que cada imagen contenía la sombra de una imagen anterior.
Umpierrez trabajaba el anonimato como quien afina un instrumento: no para esconder, sino para amplificar la vibración interna del cuerpo. Su escena se sentía como algo vivo: una memoria que nunca se cuenta del todo y una herencia que pasa más por lo que se siente que por lo que se dice.
Ese es el poder de Matías: un teatro que piensa en voz baja, que interroga al espectador sugiriendo, que propone fisuras que permitan observar, en lugar de dar respuestas.
PLAY Matías Umpierrez @Dominik Valvo
En enero, Umpierrez estrenará PLAY en el Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque. Y si Eclipse abría una fisura íntima -el rostro, la identidad, la máscara como archivo de lo humano- PLAYpropone un desplazamiento hacia lo colectivo: los discursos de odio, su construcción, su circulación, sus efectos.
Umpierrez será el único intérprete, en un unipersonal que articula relatos de distintas épocas y geografías, materiales sonoros, proyecciones y objetos que dialogan con lo digital y lo analógico. Más que ilustrar un fenómeno, PLAY parece querer desarmar su arquitectura, dejar ver los mecanismos por los cuales un relato violento se sostiene, se contagia, se vuelve norma.
El paso no es menor. Si en Eclipse la máscara era un espejo interior -la grieta que permite mirar hacia lo íntimo- en PLAY el foco se expande: la pregunta ya no es quiénes somos cuando nos ocultamos, sino qué historias, qué miedos, qué ficciones colectivas nos moldean sin que lo advirtamos.
De algún modo, PLAY podría ser leído como la otra cara del eclipse: si antes la sombra era personal, ahora parece ser social. Hablar de Umpierrez es hablar de un artista que entiende que la escena no es un lugar para exhibirse, sino para activar pensamiento. Su fuerza no se apoya en la espectacularidad, sino en la fricción: entre texto e imagen, entre mito y documento, entre voz propia y voz heredada.
Lo que vuelve especialmente sugerente el estreno de PLAY es esta continuidad poética: la certeza de que Umpierrez no trabaja temas, trabaja formaciones sensibles. EnEclipse, fue la identidad y su máscara; en PLAY, será el odio y su lenguaje.
Enigmática y reconocible imagen con la que nos convoca Matías Umpierrez, para ver PLAY
Ambos son artefactos de construcción humana, ambos requieren una fisura para salir a la luz. Quien llega a PLAY desde Eclipse no espera una trama cerrada. Espera un función en movimiento. Un pensamiento escénico que se despliega como una voz que duda, que intuye, que examina. Espera -y esto es lo esencial- un gesto capaz de desplazar la mirada del espectador hacia un lugar que no sabía que necesitaba mirar. En tiempos donde los discursos de odio proliferan con la facilidad de un clic, el estreno de PLAY no aparece como un simple acontecimiento artístico, sino como una urgencia: la urgencia de mirar los mecanismos que organizan nuestras violencias, nuestros prejuicios, nuestras narrativas compartidas
Del barro y la máscara de Eclipse al tejido discursivo de PLAY, Umpierrez no cambia de escenario: profundiza. Sigue investigando aquello que nos constituye, aquello que arrastramos, aquello que no vemos aunque nos haga tambalear. Lo suyo no es un teatro que cierre; es un teatro que abre. Abrirá, esta vez, la arquitectura del odio como antes abrió la de la identidad. Y tal vez -como en todo eclipse- descubramos que lo que la sombra oculta es, precisamente, lo que necesitamos mirar.
El 22 de enero será el estreno mundial de PLAY, con funciones hasta el día 24, y del 29 al 31 de enero de 2026 en el espacio de Teatro
Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque de Madrid
Disciplina Teatro + danzaPerformer, Dramaturgia, Dirección: Matías Umpierrez
Producción ejecutiva: Elena Martínez- Elen Artesescénicas Diseño de iluminación: Matías Sendón Diseño de sonido & audiovisual: Daniel Jumillas Ayudante de dirección: Carla R. Cabané Coordinación técnica: Bela Nagy y Juan Miguel Alcarria Coproductores: Contemporánea Conde Duque (España), ArtHaus, Centro de Creación Contemporánea (Argentina), Studio Matías Umpierrez (España) Apoyos: co-presentado por UNAM (México) y TIFT (Canadá)
Desde que me puse delante de una cámara por primera vez, a los dieciséis años, he ido fechando mi vida por las películas y las obras de teatro. Casi al mismo tiempo empecé a escribir de cine en una revista entrañable, Cine Asesor. He visto kilómetros de celuloide en casi todos los idiomas, he pasado buena parte de mi vida en el teatro —sobre el escenario o sentado en una butaca— y he tenido la suerte de tratar, trabajar y entrevistar a muchos de los que antes me emocionaron como espectador.
Creo firmemente que algunas premoniciones se cumplen cuando quien las pronuncia tiene el ascendiente suficiente; y a mí, la persona con más autoridad en mi vida me dijo: “Vas a ser alumno de todo y maestro de nada”. Y así ha sido. He estudiado cine y teatro, he leído todo lo que ha caído en mis manos, he trabajado como actor y como ayudante de dirección, he escrito novelas y guiones, he retratado a toda persona interesante que se me ha puesto a tiro… y la verdad, ni tan mal. Hay quien nace sabiendo; yo prefiero morir aprendiendo.
Y aquí estoy ahora, en la Cultural Tarántula, con la intención de animaros a leer, ver cine o acudir al teatro, donde siempre nos espera una emoción irrepetible que, por un instante, nos hace creer que en la vida lo mejor está siempre por venir.
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