Una vida plena de nada

Una vida plena de nada

 

Un amigo me preguntó qué creía que yo era, “un cuasi fantasma”, le respondí yo, “porque no llego a ser espíritu puro”. Pero me consideraba un cuasi muerto en vida durante buena parte de mi edad adulta.

Eso ha pasado, a Dios gracias, y ahora me considero un ente de carne y hueso, y saliva y sexo. Pero durante los últimos quince o veinte años me enclaustré en mis habitaciones y llevé a cabo ritos de rigurosa dictadura metronómica.

Ir y volver del trabajo, salir lo menos posible de mi casa, dormir mucho y soñar poco, comer frugalmente y distenderme en soledad, que al principio fue pesarosa pero después se fue haciendo más y más armónica.

La experiencia de la madurez…que me ha llevado a vivir en la nada durante eones, con eras glaciares incluidas y algún que otro recalentón climático. Pero la nada ha sido mi más perfecta compañera de viaje.

La nada como muchas de las travesías de “2001, una odisea en el espacio”, película esta en que se paladea, se degustan los mil sabores de la nada, aderezados de una leve historia que la reboza.

Otro apunte biográfico: nací a la vida real en ocasión del visionado del estreno en 1968 de esa película de Kubrick. Recuerdo perfectamente que mi padre me llevó en coche a la sesión matinal de un cine del centro de Bilbao.

Cine cómodo, de butacas amplias y acogedoras y cinerama o cinemascope o algo así. Yo tenía seis años y toda una vida por delante. No sabía naturalmente, que esa vida había de estar plena de nada.

No sólo de nada vive el hombre, normalmente se acompaña en su decurso de angustia, que psicológicamente es su correlato. Viví desde la adolescencia instalado en esa angustia que me llevaba de aquí para allá, baqueteado como en un tranvía antiguo.

Y llené la nada de adicciones que se me iban vaciando en vértigos angustiosos. Era un constante reponer y perder, rellenar y vaciar. Agotador ciclo vital que empezó a decantarse llegados prácticamente a mis cuarentas.

Y la nada se hizo hogar y cobijo y mantita para dormir la siesta bien arropado. Empezó a cursar con mucho aburrimiento, el correlato de la tranquilidad de los intranquilos de espíritu.

Poco a poco, decantándose con los años y la experiencia vital, la nada se fue haciendo tan habitable que, de tan mullida insonorizaba por así decir, los embates del aburrimiento. Y pasó a hacerse estado del espíritu, venciendo a la angustia.

La nada como relleno del alma fue mi respuesta durante cerca de una década a las demandas vitales y espirituales de mi entorno. No concebía ya otra salida para mi vida, el tiempo se detuvo y mi cara, milagrosamente, no se llenó de arrugas.

Sólo muy recientemente, como ya dije, empecé a superar ese estado de hibernación, sosiego y parálisis, todo en uno que me acogió y moldeó mi vida entera durante tanto, tantísimo tiempo.

Pero este decurso de extremos rigurosos es sencillamente el epítome de un estado de cosas, vitales y espirituales, que de tan común y corriente nos resulta ya anodino y gastado en sí mismo.

En efecto, la nada se ha ido convirtiendo en el relleno de la muñeca que nos han proporcionado para nuestro juego y deleite en este mundo. Se manifieste de la forma que sea, se travista como sea, es la cifra y señal de la civilización en nuestros días.

La nada y la angustia, por supuesto. Que son la mayor parte de las veces acompañantes inseparables, diióscuros implacables. Todo el siglo XX ha estado marcado por la angustia existencial.

El siglo XXI, por lo poco que llevamos, parece encaminado a representar esa segunda etapa ejemplificada en mi propia nada, la del aburrimiento y posterior mullido acomodo acogedor.

Las redes sociales son un magnífico ejemplo de esa nada sublimada en experiencias virtuales, sobredorada de ricas pompas de jabón psicológicas. Es la nada que empieza a desperezarse del bostezo del aburrimiento.

O quizá, por mejor decir, el aburrimiento que muestra su lado más alegre y sociable, por así decir. Porque hay mucho aburrimiento condensado en las redes y destiñe en ingeniosidades y gaps verbales.

Pero la entera maquinaria de la vida humana en sociedad, conforma el recorrido riguroso de unos engranajes que, a cada muesca, dibujan el aburrimiento y la soledad, bien que quizá magníficamente acompañada.

La soledad es la otra cara de la moneda de la nada y de la angustia. Todavía nuestros contemporáneos no saben, en su mayor parte, manejarse adecuadamente con ella, pero seguramente todo se andará y aprenderán a convivir con esa entidad.

Que no es sino la supuración, como vengo repitiendo, del estado espiritual y anímico más corriente de nuestra época. Cada vez más gente vive sola o mal acompañada. Una familia es quizá, hoy en día, corrientemente un compendio de soledades.

Pero no hay que dudar que como les ha ocurrido a ejemplares individuales como es mi caso, le ocurrirá al conjunto de la sociedad en un plazo más o menos breve.

Lo que no acierto a atisbar es si la sociedad del postrero siglo XXI llegará a despertar del arrullo algodonoso en que se habrá convertido su nada para revivir, resurgir a la vida y despertar de nuevo, esplendorosa.

Lo único que nos queda es el tiempo, finalmente. Tiempo que se nos va y tiempo en el que nos quedamos ya por siempre jamás. No sabemos si hallaremos la salida del museo en que se va a a ir convirtiendo nuestras vidas.

Pero en cualquier caso es perfectamente posible, y viable, que así sea, en un futuro más o menos lejano, aquí o quizá ya en Marte o en alguna luna de Júpiter.

Imaginemos el desperezarse legendario de un minero en una base en algún asteroide, a la espera siempre de noticias de la Tierra y que, cierto día, se da cuenta de que su espléndido aislamiento es el caldo de cultivo ideal para una planta: la vida.

Su propia vida renacida y poderosa, ramificada de nuevo en esplendor y colorido de rica paleta primaveral. Quizá la estación espacial esté programada para vivir una primavera perpetua.

Quizá…Seguramente abandonaremos el nihilismo a lo largo de este nuestro siglo y aspiraremos de nuevo la flor de la perennidad vital y espiritual, con aromas intensos y fragantes.

Como sólo lo fueron alguna vez en el pasado. Sí, ese pasado que todavía acoge nuestra memoria histórica, que no vital, y que nos ofrece ejemplos de vidas que fueron plenas y gozosas.

¿Sabremos disfrutar sin retención de líquidos espirituales? Ojalá.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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