Una ambición en el desierto, Albert Cossery.

Una ambición en el desierto, Albert Cossery.

Una Ambición en el Desierto (Pepitas de Calabaza, 2013), no es una mala novela. Es una magnífica novela. El juez soy yo, y no hay ninguna neurona reclamándome litigio. Lo ratifico. No es una mala novela. Es la rehostia. Literatura haute qualité. Gran descubrimiento, Gonzalo. Te debo una (o dos, o la penúltima).

Todo frontal, directo, personajes salpicados y nexo de unión entre ellos. Parece fácil, pero no. Y ahora un sí; la novela sí dice cosas. Muchas.

Ben Kadem es un jeque, una clase de capo a la musulmana, pero acomplejado porque sus colegas jeques tienen petróleo y él tiene complejos. Manías de mandatario, afecciones de Oriente. Su primo Samantar ejerce sobre él una influencia perniciosa, principalmente porque Samantar va expirando por la vida amor, indolencia y ociosidad. Claro, eso es incompatible con la ambición desmedida. A Kadem le jode la envoltura de su charme, que vaya tan de guay. Entonces le da por las bombas. Boom boom boom, tienes muchos pájaros en la cabeza y mucha dinamita. Quiere que le hagan caso las grandes potencias. Bueno, sus extravagancias, caprichitos de jeque. Vaya estratagema, fingir atentados terroristas, pero de un jeque de estado miserable me creo cualquier cosa.

La novela empieza con Samantar haciendo el amor con Gawhara, una muchacha de quince años que viene representada como la excelencia de la belleza. Si yo leo «una muchacha de apenas quince años dotada de una sensualidad prodigiosa», yo estoy viendo otra clase de Humbert abatido por unas pasiones sexuales que vienen a ser un estado de pureza. Eso no es follar, eso es hacer el amor. «Aquel cuerpo precoz de adolescente, tendido junto a él como un don precioso de la providencia que habría querido amar eternamente…». «…y sus cuerpos desnudos y chorreantes de sudor relucían en la penumbra como restos de un naufragio expulsados por el mar». Cossery también es belleza. No se puede escribir mejor. Esto se llama prosa lírica.

Me pone tierno y pasional. Tontorrón. Me recuerda a la frase de moda en cierto entorno artístico de Madrid (ellos saben quienes son). La frase dice: últimamente me aburre la gente. «Cuando hablas me parece estar escuchando el único lenguaje que entiendo. Los demás no emiten más que sonidos que me resultan ininteligibles. Su cháchara me asquea«, así le habla Gawhara a Samantar. Así me gustaría que me hablaran a mí cada mañana, con café con leche, piel nacarada y rebosante juventud. Reitero, a mí esta novela me pone, o me pone Gawhara, o me pone estos actos de pureza en mitad de la mediocridad. No existe el remordimiento, eso lo tengo claro.

Ben Kadem se aburre mucho. Era un niño repelente y ambicioso. Tiene cuarenta y dos castañas y cero reputación internacional. Eso le corroe, le devora. Samatar se descojona. Es su primo, y es un enemigo inteligente, porque aunque al primer ministro le pueda faltar un hervor, aún tiene el suficiente juicio para entender que un imbécil que le haga de cortesano y se la vaya chupando al sí bwana style no tiene ningún valor. Se llama cortesía, estancamiento. Samantar es la controversia, los avances y también es el  Edmundo Dantés de la novela. Aristocracia decadente. Inteligente, flemático, cínico. No puede molar más. Solo hay una coincidencia con Kadem: ambos odian a la gran potencia imperialista. El jeque por la codicia, el noble caduco por pura indolencia. Kadem tiene cierto paralelismo con cierta política de la Comunidad de Madrid. Sí, el relaxing y la cup of coffee. Samantar se lo deja claro:

¿Cómo puede ser que tu policía no haya detenido todavía a unos cuantos sospechosos? Porque hay que ver con qué celeridad acosa a mendigos indefensos. ¿Acaso la mendicidad es más nociva para el Estado que una banda de charlatanes con explosivos?

Ustedes sabrán.

El colega de andanzas de Samantar es Shaat. Es el buen rollo, la frivolidad de la vida, y es la droga de la cárcel. Entiéndanme, no el dealer. Un hijoputa adorable. Con su presencia, la cárcel se fue metamorfoseando en una especie de albergue de gente gratificada con la alegría. Hasta tal punto que el alcaide creyó que los carceleros estaban suministrando hachís a los presidiarios. Pero no, la droga era Shaat y su concepción veleidosa de la vida. Un cachondo. El humor salva al hombre de la degeneración y de su muerte, y tal; eso está muy bien. Además de la comedia, se le da muy bien hacer bombas, y estallan con una pasmosa regularidad. No es un chapuzas, y está metido en el tinglado con el jeque. Shaat ahora está libre. Cossery está diciendo: los miserables pueden ser la salsa de la vida.

«La vida está llena de posibilidades maravillosas y ninguna explosión, ni siquiera atómica, lograría apartarme de ellas». Son los vitalistas de la novela. Me gusta ese parpadeo, esa insinuación de la página 88;  estamos ante un duelo entre el vitalismo y la ambición. Estoy con vosotros chavales, la ambición y la mediocridad se entienden. Seamos vitalistas.

Nunca es demasiado tarde para los que no esperan nada. ¿Acaso esperas algo de este mundo tan absurdo? ¡No me digas que durante mi ausencia te ha entrado la ambición! Si descubriera el germen de esa enfermedad fatal en ti, lloraría lágrimas de sangre por haberte dejado solo.


Aquí si vemos bien a Cossery, el príncipe de la pereza. Decía cosas así: «Nunca he poseído nada. ¿Para qué? Me basta mi habitación de hotel». Las aspiraciones en la literatura se logran sin ambición, por ahí va la jugada. Me pondré estupendo, venga, como si fuera Guardiola comiendo sashimi, y les diré que la literatura es un estado anímico. Eso se vive. Si no se vive, se nota; son gente que hacen libros de buscar tesoros y eso, y de catedrales.

Entretanto Ben Kadem se va poniendo nervioso. La soledad le agota y la violencia no le revierte ninguna atención. Lo de las bombitas no funciona. Y luego están los héroes, que son una especie de valientes que no tienen un afán especial por ser semidioses. Para que me entiendan, aquí hay héroes que no quieren ser héroes. Son soñadores, hipócritas, cínicos, que hacen de la pereza y el humor su modus vivendi. Eso se llama cultura de la dignidad.

Una Ambición en el Desierto es una magnífica novela de exhortación contra los males de la ambición desmesurada y la consiguiente depravación de esos ardientes deseos de poder. Obviamente, hay tragedias que no desvelaré porque no voy por la vida chafando finales. Es una novela que te está diciendo que estás vivo en cada página, y eso ya es mucho, del paralelismo entre la supervivencia y el humor. «Nadie impedirá que me ría -replicó Shaat rotundamente- . Me he reído bajo tortura y nunca me he quejado ¿De qué tienes miedo?» De la sensualidad de las niñas preciosas, que están ahí, a la vuelta de la esquina, entre bomba y bomba. El Emirato de Dofa es estéril y al jeque le gusta mucho que le miren los vecinos, y les diría que Seseña, el pocero, Bárcenas, Gürtel y demás obscenidades pornográficas de nuestro país, pueden estar perfectamente retratadas en esta novela. Aquí hay metáfora, y de la buena, el mensaje no es evidente, pero es. Como ha de ser si queremos vivir en una sociedad inteligente. Yo no les voy a decir que sean buenos y alegres, yo les voy a contar una historia y ustedes deciden. Y ahí llega Cossery.

«Hay que satisfacer las pequeñas ambiciones. Los títulos no son más que bagatelas, pero estimulan la vanidad de los débiles y de los mediocres». Gran novela para los tiempos que corren o quizá para los tiempos que siempre corrieron, porque el mundo nunca dejó de lado la naturaleza idiota, y por eso siempre son necesarias este tipo de fábulas, por eso mismo queridos, porque existen los idiotas, en el Emirato de Dofa y en el Paseo de la Castellana. Cala en el espíritu. Si ustedes tienen de eso, esta novela es suya. Cossery lo merece.

Una ambición en el desierto, Albert Cossery, Pepitas de Calabaza: 2013. 

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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