“Stockholm”, de Rodrigo Sorogoyen, o cómo se relaciona y se quiere una generación.

“Stockholm”, de Rodrigo Sorogoyen, o cómo se relaciona y se quiere una generación.

Cuando Cristóbal Montoro dijo que los problemas del cine español no sólo tenían que ver con las subvenciones, sino con la calidad del propio cine español, probablemente no había visto Stockholm. Quizás porque la película se estrena el próximo viernes 8 de noviembre, aunque ha tenido ya un exitoso recorrido por festivales, como el de Málaga, donde ganó los premios a mejor director (Rodrigo Sorogoyen), mejor actriz (Aura Garrido) y mejor guionista novel (Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen). Vamos a pensar que Montoro no ha tenido aún la oportunidad de ver esta película, porque Stockholm es cine de altísima calidad, y porque además ha tenido que superar todo tipo de problemas para poder llegar a realizarse. El proyecto Stockholm arrancó en 2007 y desde el principio se encontró con rechazos y puertas cerradas, envueltas, eso sí, en buenos augurios y mejores deseos. El equipo de Stockholm se vio obligado a tomar una decisión arriesgada para poder rodar su película: recurrir al micromecenazgo. La película se ha rodado sin recibir un euro de subvenciones o de televisiones, se ha rodado de espaldas a la infra-industria del cine español, de espaldas a un sector que se ha ido destruyendo a sí mismo por culpa de pésimas políticas gubernamentales, productores hipócritas y acomodaticios, distribuidores con alma de corsario aún más hipócritas y acomodaticios y un largo etcétera de personajes hipócritas y acomodaticios repartidos por todos los ámbitos del sector cultural y político, más pendientes de sacar toda la tajada posible, que de invertir en la construcción de una estructura sólida que asegurara su futuro. Recuerdo haber hablado con miembros del equipo de producción de la película sobre la posibilidad de que el tipo de financiación al que recurrieron se convirtiera en un modelo, un ejemplo a seguir, una alternativa dentro del sistema audiovisual español. Ellos lo negaron, el micromecenazgo no es una nueva vía para producir películas, no es una solución para los problemas del cine, es una prueba sangrante de la magnitud de esos problemas. Lo ideal no es que el talento tenga que salir adelante a base de “limosnas” y de capitalizar el trabajo de decenas de personas en una apuesta a una sola carta, lo ideal es que una película de la calidad (sí, calidad señor Montoro) de ésta salga adelante arropada por una industria ávida por recibir en su seno nuevos talentos que afiancen su futuro.

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Pero, al margen de las vicisitudes de la producción, Stockholm destaca por sus propios méritos artísticos y técnicos. La película se asienta sobre un guión muy trabajado, meticuloso y preciso, que articula la narración en dos grandes bloques separados canónicamente por un fundido a negro. Rodrigo Sorogoyen ha declarado que la película habla de cómo se relaciona y cómo se quiere una generación. Es cierto, muchos de los que formamos parte de esa generación de nacidos entre finales de los setenta y finales de los ochenta del siglo pasado nos podemos sentir identificados con el retrato que se hace en la película de las relaciones entre hombres y mujeres en el marco de la noche, en el marco de la fiesta. Una generación nacida bajo el signo de la libertad y de la democracia, que se enfrenta a la paradoja de que la superación de antiguos clichés y la relajación de las rígidas reglas sociomorales antaño imperantes, no ha propiciado un marco en el que encontrar el amor de una manera libre y sincera. La noche, la fiesta, es el entorno donde tiene lugar nuestro aprendizaje emocional, sexual y sentimental. Para los jóvenes de la clase media española, crecidos durante la confortable etapa de vacas gordas previa a la crisis, la noche abre un paréntesis de rebeldía y libertad, durante el cual todo es posible. Este es el escenario en el que se desarrolla la primera parte de Stockholm, en la que se muestra el juego de atracción, seducción y enamoramiento entre Ella (Aura Garrido) y Él (Javier Pereira), los protagonistas de la película. Una primera parte tensa y desasosegante, que hace concesiones a la comedia mientras va sembrando pacientemente las semillas del drama. En la segunda parte aparece la luz del día, pero el escenario en el que sucede la acción es tan alegórico como en la primera, los personajes han despertado del sueño para entrar en la pesadilla. Es en este momento cuando la película alcanza su mayor virtuosismo a todos los niveles: dirección, puesta en escena, interpretación (magistral Aura Garrido) y fotografía (muy destacable el trabajo de Alejandro de Pablo). La tensión va creciendo hasta alcanzar cotas de terror psicológico, que recuerdan a Caché de Haneke o El ángel exterminador de Buñuel. Hay que destacar mucho el trabajo actoral. La película se sostiene sobre la interpretación de la pareja protagonista, que aparece en pantalla durante casi todo el metraje. Javier Pereira y Aura Garrido han salido victoriosos de una tarea técnicamente muy difícil, ejecutando papeles de los que dan brillo a una carrera.

Stockholm es una película valiente y necesaria creada por un grupo de gente joven y con talento, el tipo de gente a la que merece la pena ayudar. Es una apuesta por el cine inteligente y cuidado. Es, en definitiva, una película que hay que ver obligatoriamente.

Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen, se estrena en España el 8 de noviembre de 2012

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