Saliendo de la Estación de Atocha, de Ben Lerner

Saliendo de la Estación de Atocha, de Ben Lerner

GM26708.jpgSaliendo de la Estación de Atocha va de poca cosa, y salen Madrid, Granada y Barcelona, tres ciudades con la suficiente médula para otro tipo de progresiones tragicómicas y culturales, pero parece ser que ni puta falta. Saliendo de la Estación de Atocha ni siquiera es temeraria, ni experimental, ni premeditadamente coñazo.  La gran dignidad de una novela como esta reside en su simpleza, en la acomodación de la lectura (no me mata pasar página pero estoy bien). Si el vestido es de estridente estampación, no te pongas un collar de loca del coño turca. Aquí ni una cosa ni otra. Levedad en la composición. Qué sé yo, ese charme de la nada que engloba todo.

El tipo se llama Adam Gordon y tiene una empanada considerable,  es mentirosillo, fuma porros, escribe poemas, sale de colgado a ver a la gente beber por la Plaza de Santa Ana, toma mojitos empalagosos en el Areia, va a barbacoas donde tiene que dar la nota con sus trolas y se pasa media vida en el Museo del Prado.

Me disponía a dejar la sala 58 cuando el hombre rompió a llorar de pronto, con la respiración entrecortada. ¿Estaría de cara a la pared solo para ocultar su rostro mientras se enfrentaba a la pena, la que fuera, que lo había traído al museo?, me pregunté. ¿O estaría viviendo una experiencia profunda del arte?

Llegué a España -empecé- y aquí nadie me conoce. De modo que pensé: Puedes ser lo que quieras ante la gente.


Especialmente ingenuos y divertidos son los comentarios acerca de la estética, el folclore y demás tradicionalismos de esta insólita nación llamada España.

Casi todas las películas que había visto desde que estaba en España, puede que todas las películas rodadas desde 1975, trataban de matar literal o simbólicamente a un padre patológicamente estricto, reprimido y violento…

A los pocos minutos de llegar nos sirvieron unas bandejas gigantes de pescadito frito y calamares que o bien Isabel había pedido sin que yo me enterase, o bien eran el único plato del restaurante. 


Cogimos un taxi a la Sagrada Familia, que estaba iluminada; era el edificio más feo que había visto en la vida. El restaurante, Alkimia, estaba a unas manzanas de allí, lleno de gente moderna…


Pedí una copa en español y el camarero confirmó el pedido en inglés, algo que nunca había pasado en Madrid. 


Saliendo de la Estación de Atocha es existencialismo sin angustia. Es decir: tengo la experiencia inmediata, te entrego la vida, gracias a Dios que existen los idiotas, las mujeres y los buenos vinos, (de vez en cuando un porro con el Quijote) pero no te voy a tocar las pelotas.

Atocha es el 11-M. Es libertad y responsabilidad individual, emociones, el significado de la vida. La mala suerte. Al igual que en 10:04, a Lerner le sobrepone una tragedia de dimensiones colosales como contrapunto a los dos puntitos microscópicos que somos en mitad del universo.

Nos abrazamos y Arturo soltó una parrafada sobre gente que conocía que conocía a gente que había muerto, y especulaciones sobre las repercusiones en las elecciones, que eran el domingo. Si había sido ETA, los socialistas, considerados demasiado blandos con los separatistas, se hundirían. Si había sido Al Qaeda u otro grupo terrorista islámico, la derecha, Aznar y su sucesor nombrado a dedo, Rajoy, estaban perdidos; los putos fascistas habían apoyado la guerra de Bush. 

Saliendo de la Estación de Atocha son anhelos de eterna primavera; pura vida, supervivencia de un niño millonario. Dentro se está bien. Radiante y divertida. Vale. No hay mucho más; ni falta.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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