Postdata: Oso, de Marian Engel

Postdata: Oso, de Marian Engel

La Tarántula, enero de 2016

Querido A… Siempre hay algo que se nos olvida decir, o algo que no nos atrevíamos a decir. También algo que no podemos sino añadir, un último golpe de efecto para retener otro poco más la atención de nuestro interlocutor… Para eso están las postdatas, claro que sí. Y qué sería una carta sin su postdata, qué coja y sosa quedaría. Si casi leemos las cartas (bueno, leíamos) sólo por dilatar el gozo y el misterio y prepararnos para el éxtasis de la postdata, tan decepcionante a veces; si casi hasta dan (daban) ganas de devolver la misiva al remitente en caso de ausencia de postdata, etcétera.

Hace ahora un año, dije que te enviaría doce libros a tu isla física o química o mental, doce lecturas que te acompañasen y aún más, mejor: que refundasen tu biblioteca y otras cosas, quién sabía. Bien, pues al final no son doce sino trece, que es número primo y singular, perfecto, aunque algún desinformado lo considere cifra portadora de malos augurios, qué tontería.

Hoy miro atrás, a los doce meses ya transcurridos, y siento pena, mucha. Qué rápido se nos ha pasado, verdad, qué poco nos ha cundido… Los doce libros que te rodean como doce amantes, doce huríes en tu paraíso, los elegí con amor y delectación, sopesando mucho su capacidad de iluminar y servir, así como su tacto y su peso a la hora de acogerlos, de mantenerlos en el regazo. Pero sí, admito que si hiciera hoy la selección, los doce afortunados serían otros, y otros más si la hiciera al cabo de un año. ¿Estoy pensando en…? No sé, no sé, no me tientes. Por ahora, deja sólo que añada esta maravillosa portada, quiero decir, esta postdata maravillada, a nuestra concluyente saga epistolar. Mira, mira qué bonito… No me digas que no dan ganas de arrojarse sobre él como sobre un lecho de pieles…

Portada de «Oso» en Impedimenta

Portada de «Oso» en Impedimenta

Yo ya estoy convencido de que los amigos de Impedimenta son víctimas y portadores de una enfermedad que sólo se cura —quizá sólo se alivia— rodeándose de libros hermosos, y tocándolos mucho, acunándolos, frotándose con ellos… Sí, es muy probable que se trate de una parafilia, casi seguro a la vista de la edición que han preparado del libro de esta canadiense, Marian Engel, y ya te adelanto que Oso, en la edición incalificable de Impedimenta, sería un paradigma de idónea adecuación entre forma y fondo, asunto que es una de las principales preocupaciones de todo artista, o más aún: este Oso supone el perfecto acomodo del fondo en la forma que lo contiene, la plena fusión de continente y contenido en un solo ente superior y casi inmaterial…

Sobre Oso, la verdad es que me gustaría no decirte prácticamente nada, querido amigo; nada que te desvele siquiera mínimamente el prodigio delicado y asombroso que es esta historia, nada de nada que insinúe siquiera un poquito el argumento ni te haga prever el muy flipante giro que da este relato a la altura del alma. Ahora bien, ¿se puede hablar de un libro sin hablar en absoluto de ese libro? (Más y peor todavía: ¿dará el editor por bien invertido su ejemplar de promoción si me limito a hablar de las… veinte primeras páginas, o sólo de las diez primeras, de las cinco…?). Por desgracia, da igual lo que yo diga o deje de decir, porque ya un millón de críticos han pasado como una apisonadora sobre la frágil orquídea que es esta fábula. De hecho, la misma contraportada, mecachis, ya adelanta más, mucho más de lo que debería, cuando casi hubiera bastado con la ilustración mareante que aporta al cofre Gabriella Barouch. Qué cosa… y no te digo nada de lo que verás cuando le retires la camisa al libro y lo veas desnudo, ay.

Entre las pieles de Mientras leo

Entre las pieles de Mientras leo

De Marian Engel, punto y aparte, sabemos por la solapa con quién se casó, cuándo se divorció y cuántos hijos tuvo (¿hacía falta, jolines? ¿Se habrían consignado esos datos si se tratase de un hombre?), pero ni eso ni el resto de la información que aporta la larga solapa nos interesa demasiado. No tanto, desde luego, como nos interesa el retrato posible que de ella nos inventamos al leer Oso y conocer a Lou, la bibliotecaria que protagoniza el relato y que un día recibe el encargo de viajar al frío norte canadiense para catalogar una biblioteca. Eso y un oso, punto. Nada más. Bueno, eso y un oso y esta mujer que estaba muerta y vuelve a la vida; una mujer subterránea y gris que cuestionaba su mero derecho a la vida y de pronto la reclama en toda su colosal extensión, en su más penetrante intensidad. Como tú, querido amigo, Lou es una buscadora, ¿de qué? Como tú, querido amigo, Lou viaja a una isla y se pierde y ¿se encuentra? Como tú, mi buen amigo, Lou parte en pos de la libertad que merece y del sentido que necesita para… ¿para qué?

«¿Quién diantres te crees que eres, para aspirar a vivir?», se pregunta Lou a punto de claudicar, de «admitir que lo que hacía allí arriba era limitarse a cumplir, llenar el tiempo hasta que le llegase la hora de morir». Y mira, atiende bien y escucha cómo describe esta Licenciada en Estudios Lingüísticos (ahora no sé si hablo de Lou o de Marian) el atasco vital en que se encuentra: «Se sentía como una novelista francesa que, tras descartar el argumento y los personajes, debe construir una estructura abstracta y está demasiado apegada a la tradición para conseguirlo». ¿No es para aplaudir hasta hacerse daño? Pues claro que sí. Y entonces… Entonces, Oso. Entonces Oso y Lou logra salir de su letargo y «arrancarle un nuevo mundo al universo».

Ay… tengo que detenerme, o acabaré haciendo lo que no debo y diciendo lo que no quiero ni insinuar.

Me despido con versos, una oración que reza Lou por ella y que es también una oración por ti y por mí, por todas las bibliotecarias grises y aburridas que ansiamos renacer.

Oso, llévame al fondo del océano. Oso, nada a mi lado. Oso, abrázame, envuélveme, nada conmigo abajo, abajo, abajo.

Dibujos de ol'Joe para Canadian Notes and Queries (#79)

Dibujos de ol’Joe para Canadian Notes and Queries (#79)

Y ahora sí, adiós. La misión está cumplida. Quizá vuelvas a recibir libros, quizá no. Lo que empezó ha terminado y ahora ya puedo afirmar que no acabará nunca.

Tuyo,

Alberto

 

Postdata: Esta es Marian Engel, hada de los bosques, junto a otras dos encarnaciones de su inmaterial criatura. Y cierra la boca, querido, que estás empezando a babear.

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Autor

Alberto R. Torices
Alberto R. Torices (Guernica, 1972) es autor del libro de cuentos Los sueños apócrifos (2009), la novela corta Piel todavía muy blanca (2005) y la selección de relatos Yo, el monstruo (2002). Ha recibido entre otros premios el de Narración Breve UNED (2009) y el de Novela Corta ‘Tierras de León’ (2004). Formó parte del equipo editor de la revista The Children’s Book of American Birds que publicó el Club Cultural Leteo entre 2005 y 2010.

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