Poesía desestructurada y pequeñas hazañas truncadas, de Javier Divisa

Poesía desestructurada y pequeñas hazañas truncadas, de Javier Divisa

Se supone que la lectura era en un bar con panchitos (snacks) y cerveza caliente, se supone que yo había leído entre nada y casi nada del poeta y se supone que mis prejuicios sospechaban un episodio soporífero. Claro que era una suspicacia, un recelo, pero el prejuicio se confirmaba en dos minutos. Pánico cuando subía un tipo con una guitarra (y hostias, a veces con una flauta). No tengo nada contra el poeta, igual sí contra el escenario, la disposición recurrente, el imaginario, la vergüenza ajena, el nivel de aceptación. Y tú estás ahí, callado, conteniendo un rostro tolerante. Aplausos enlatados (eso sí). Quieres una cerveza y no hay manera de llegar a la barra.Estas reuniones (en fin) son una mezcla satánica de solemnidad de la cultura y socialización; y la convivencia entre los poetas y los fans del poeta, devora, derrota al factor cultural, hasta llegar a la categoría de evento. El Dios de la poesía, sutil e indómito, se las gasta así. Y tú sigues ahí encajado entre cuerpos y taburetes, sin oxígeno, con la cerveza caliente; y ya no escuchas, solo piensas en qué demonios vas a decir después del recital o en cómo planificar la huida.
Yo no sabía que la novia estaba sentada a mi lado, aunque podía presagiarlo (pronóstico inequívoco) por que oteaba el horizonte del bar de los panchitos y la cerveza caliente para ver las reacciones del gran público, si bien mi plan era la barra y la fuga a la francesa. En un momento dado, entre vítores y confusión, consigo llegar a la barra al tiempo que el poeta logra llegar a su novia, y me sonríe con cara de póker, pasmo, consternación y circunstancias. Claro que su novia es mucho mejor que su poesía.
Él pregunta acerca de su poesía (esa generalidad: ¿te ha gustado?).
Lo irritante no es que sea malo, es cómo instrumenta la poesía. Es ese hacer versos por hacer versos, escribir para ser; nada de curiosidad, investigación, pesquisas, razonamiento, conocimiento. Hacer poemas por el perverso y a veces execrable título de poeta. Es la modernidad. Malo y listo. Más listo que malo.

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Como no puedo ser tan bohemio y tradicional como vosotros, no tomo café en El Comercial, ni Barbieri, ni Gijón, ni nada. Voy a uno moderno con revistas que se llama Fresh, o también (lo confieso) al Starbucks. Pero principalmente por un motivo. Cuando hay bastante gente esperando su café y quiero divertirme, me invento un nombre tipo Franklyn Sutherland du Caire. Algunos miran y yo pongo cara de “a ver, por qué cojones tendría yo que culparme por llamarme así”. Si no te giras, es que realmente no mereces conocer a nadie que se llame Franklyn Sutherland du Caire e igual no mereces la pena, eres escarcha; o no sé, de otra manera, si yo escuchara en un Starbucks, Virginia Gervais Lamiraqui, me daría la vuelta; principalmente por que no tengo horchata en las venas y no suelo aparentar más que la indolencia necesaria. A mí, el experimento me parece interesante, pero nunca, nunca seré Edmond Dantès o CR7.

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Mis Adidas blancas han decidido que quieren ser negras, homosexuales y poetas.

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Es muy curioso cuando ves el reportaje de un escritor y lo ves entrando en la habitación de un hotel de Bangkok, Saint-Tropez o Palermo, y el tío va, entra en la habitación y coge un libro, y digo yo que hace como que lee. Qué pelotas va a leer. No lee. Cuando alguien entra en la suite Hemingway del Hotel Ritz de Place Vendome, en París, lo primero que hace es tirarse sin conocimiento sobre el mueble bar, abrir botellas, desparramar agua, gel, echarse Veuve Clicquot por la cabeza, o salir a quemar la noche sin saber nada de una gran y árida obra maestra, tras un baño de media hora, con una buena copa (o 4). No me puedo creer esos programas. Va el tío y abre Ana Karenina. Como para fiarte de un tipo así. Solo le falta de decir “contrariamente a lo que se viene diciendo no soy de izquierdas ni de derechas, soy del sentido común” y “ante todo somos seres humanos”. Oh là là

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El libro favorito de la persona tóxica:
a) El alquimista.
b) El principito.
c) Sabina en carne viva.
d) Seda
e) Mercedes Milá, cualquiera. O Risto Mejide.
f) Yo no leo, yo solo leo las miradas. Y cartomancia.
g) Facebook Poesía Contemporánea.

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Mi equívoco favorito es: envidio a la gente que no ha leído nada tuyo.

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Empiezas con marihuana, luego cocaína, pastillas, MDMA, y cuando te quieres dar cuenta estás en un evento poético aplaudiendo y pidiendo un euro para un té.

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Me fastidia un poco la gente que se inventa historias para destacar en Facebook y en la vida en general. Lo comentaba esta mañana, como siempre, en el Café Grumpy de 20th Street con Nicole Kidman.

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Por ir abstraído. Me acaba de pasar una cosa que me ha hecho sentir lo suficientemente ridículo para narrarla. Voy al Chino a comprar una coca-cola, y en vez de irme con la coca-cola me voy con la calculadora del chino. Todavía he caminado 5 metros con la calculadora. Y me ha dicho el señor oriental: calculadola no bebel. Y había niños, y señoras, y adolescentes explosivos, y señores que dicen “sé de lo que hablo porque me ha tocado vivirlo” y “nos ha jodido mayo con las flores”. He intercambiado la calculadora por la lata con una extraña situación de hegemonía sobre los demás en el modo: qué pasa, esto es la vida, es literatura, sois muy previsibles.

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Soy un voyeur de la pescadería. Me gusta ver los peces alineados, azules, grises, naranjas, con sus bocas expiradas, sus agallas rojas, y los ojos así, como con cataratas. Y luego comienzo con el dilema. Las pescadillas y merluzas no me matan por que las veo impersonales, insípidas, vacuas pero resabidas. No son humildes. Todas iguales. Son un poco votantes de Ciudadanos; la merluza a veces está buena pero luego nada, fútil, la merluza pide cayena o rock and roll Oliva bien caliente. Las sardinas son demasiados humildes y no se duchan mucho, son un poco las sindicalistas de la pescadería, y tienen algo de poetas de Facebook. Las doradas y las lubinas, demasiado perdonavidas, petulantes, proxenetas de poca monta para lo que realmente son. El salmón es algo intenso, graso, pero sobre todo, lo venden sin cabeza, y yo al pescado le pido que me mire a la ojos como yo a él. Con el rape me pasa que tiene una exhibición muy deplorable, al rape parece que le han dado una paliza unos skinheads, o viene de verse con Charles Manson o Jack el Destripador. O Pinochet y Videla. El panga no, siempre es duro comerse un pez inmigrante y además no me motivan en exceso las piscifactorías vietnamitas. Por eso siempre acabo con gambas, cigalas y berberechos, que van de apacibles y moderadamente flemáticos por la vida, sin hacer ruido, ahí sin molestar, y me forjan maravillosos ágapes como este arroz que sí te mira a los ojos.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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