Philip Roth y la épica del Lega

Philip Roth y la épica del Lega

Por Rubén Romero Sánchez

Cuando tenía catorce años quería conseguir dos cosas en la vida: convertirme en escritor y correr la banda izquierda del Leganés en Primera División.

A los catorce escribía febrilmente poemas, cuentos, canciones, a la vez que comenzaba mi andadura como jugador federado en diversos clubes de Leganés y pasaba las mañanas de los domingos en que el Lega jugaba en casa viendo sus partidos en el antiguo campo Municipal, por mil pesetas de las de 1992. Acudíamos al campo varios amigos y nos solíamos sentar detrás de los banquillos. Cuando, tras un patadón de algún jugador el balón salía del recinto, subíamos rápidamente por las gradas para avisar a la gente que pasaba por la calle y pedir que devolvieran la pelota. A veces alguien cogía el balón y lo llevaba de vuelta al campo; otras, algunos chavales se ponían a jugar con el esférico en la calle y se lo quedaban, y muchas veces daban más espectáculo ellos que los propios futbolistas.

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Antiguo campo Municipal del Leganés. Foto de Juan Calles.

En aquella época yo repartía mi tiempo libre entre los entrenamientos de mi equipo y la lectura compulsiva de libros. Leía todo lo que podía de Jordi Sierra i Fabra, lo que pillara de la colección Gran Angular, e incluso algunos de los libros que tenía mi madre en la estantería. A la vez, me imaginaba jugando un día en el Municipal contra el Madrid o el Barcelona, y convirtiéndome en el primer jugador del Lega en ser convocado con la selección española.

Calificar como deficientes mis habilidades balompédicas habría sido demasiado generoso. Yo me limitaba al noble arte de impedir que los delanteros contrarios marcaran goles, utilizando para ello todas las artimañas que había aprendido en la calle cuando jugábamos al fútbol con balones, en el mejor de los casos, o con piedras. Aun así, tuve la suerte de recoger con mis propias manos, esas manos que gastaban bolis rellenando cuadernos con historias que intentaban copiar el estilo de Miguel Delibes en El camino, el único trofeo que conseguí en mi breve vida deportiva. Ocurrió en el verano de 1993. En el teatro Egaleo fui el que primero se levantó cuando solicitaron un representante de mi equipo, y acudí al escenario veloz como el lateral que era. Jesús Polo, presidente del Leganés, y José Luis Pérez Ráez, alcalde de la ciudad, estaban frente a mí cuando Luis Ángel Duque, mítico entrenador del Lega, me entregaba la copa, que alcé temeroso por si alguien se daba cuenta de que era un infiltrado. Años después, este alcalde acudiría en otro teatro a una entrega de premios literarios de cuyo jurado yo formaba parte; cuando acabó el acto, se me acercó y me confesó, con la espontaneidad socialista que tantas mayorías le otorgaba: “Vaya rollo de acto. Lo mejor siempre es lo de después, los canapés que nos van a servir”.

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Samuel Etoo y Alfredo celebran un gol del Leganés.

Mientras esto sucedía, el dinero que ganaba en los premios literarios de mi insituto me lo gastaba en libros. Así conocí las novelas de Ray Loriga. A los dieciséis años había capítulos enteros de Héroes que podía repetir de memoria. Posteriormente, me he encontrado por la calle o en bares muchas veces con Ray Loriga, pero nunca le he dirigido la palabra. Incluso, hace dos años lo tuve detrás de mí durante veinte minutos en la cola de las palomitas de los cines Ideal de Madrid. De adolescente era poco menos que un dios para mí, pero qué le dice un adulto a un dios de su juventud. Como agradecimiento por lo que sus libros me enseñaron lo menos que podía haber hecho por él era cederle mi puesto en la fila.

Mi época de adolescente no fue una época para recordar en lo que al número de chicas con las que salía se refiere. De hecho, como no salía nunca con ninguna, gran parte de las tardes de los veranos me la pasaba en el campo del Lega viendo cómo hacían estiramientos de pretemporada los jugadores. En aquella época, muchos futbolistas del equipo eran del barrio. Vivar Dorado era primo de una compañera de clase, Alfredo era vecino de mis amigos Noriega y Juan Carlos, Tocho vivía en el portal de mi amigo Juan. Sabíamos dónde vivía la mayoría, hablábamos con ellos en los entrenamientos y, a veces, durante los partidos, cuando los del banquillo se acercaban a la valla a charlar un rato con la chavalería ante el habitualmente soporífero espectáculo del terreno de juego; incluso, los más viejos de la grada contaban batallitas de cuando alguno de ellos era un niño. Por eso fue increíble el día en que, al fin, el Lega entraba a formar parte del fútbol profesional. El 27 de junio de 1993, la tarde en que el Lega subió, por primera vez en su historia, a Segunda División, yo estaba en la grada con mi padre. Ganamos 3-0 al Elche con una plantilla compuesta por jugadores de veintidós años que compaginaba el fútbol con los estudios u otros trabajos. Ese día comprendí lo que es la gloria deportiva, esa que en primera persona jamás había siquiera rozado. Aquella tarde conocí la épica que se escondía tras el deporte.

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Once titular habitual del Leganés en la temporada 92-93.

Con el Lega en Segunda, continué acudiendo cada partido al viejo Municipal, al mismo tiempo que escribía una novela breve tras cuya lectura un profesor de mi instituto me recomendó que leyera el Ulises. Solo dos libros me han cambiado la vida de golpe: uno fue el Quijote. El otro, el de Joyce. Por aquel tiempo me cansé de jugar al fútbol, viendo que se requería mucho sacrificio para patear un balón, pesado como una bola de demolición, en campos de tierra donde lo único que hacías era tragar polvo cuando brillaba el sol y barro cuando llovía. Aun así, todavía me dio tiempo para ir un día con mi amigo Juan al Municipal y, tras el entrenamiento del equipo, pedirle una entrevista para la asignatura de Medios de Comunicación a Luis Ángel Duque, entrenador del ascenso. A Duque se le quería mucho en la ciudad. Aquella tarde nos metió a Juan y a mí en el vestuario, mientras se cambiaban los jugadores, en el momento en que más cerca he estado de ser una estrella de la selección española, y nos respondió tan contento a todas las preguntas. Un tipo carismático. Muy poco tiempo después, vino al Municipal como entrenador del Getafe. Aquel día un aficionado veterano le arrojó, en mitad del partido, el café caliente de su vaso de papel a la camisa, por traidor, decía él. Yo estaba justo al lado del aficionado, al que su edad salvó de un linchamiento de los compañeros de grada. Duque era un símbolo, y los símbolos no se mancillan. Aquella escena ejemplificó para mis quince años la desolación y el romanticismo que puede envolver un simple juego.

Author Philip Roth poses in New York September 15, 2010. American novelist Roth dislikes e-books and the distracting influences of modern technology, which he feels diminishes the ability to appreciate the beauty and aesthetic experience of reading books on paper. Picture taken September 15, 2010. The author, celebrated for such novels as "The Human Stain," believes there is nothing anyone can do about it. Yet, even as he shares his belief about new technology, it is hard not to consider that by writing shorter books -- something he has done regularly since his 1959 debut "Goodbye, Columbus" -- Roth has long been ahead of his time. REUTERS/Eric Thayer (UNITED STATES - Tags: PROFILE SOCIETY) - RTXT2WK

Philip Roth.

A los dieciséis años abandoné el fútbol y dejé de ir a ver al Lega. Me dediqué a tocar la guitarra, escribir y no comerme un rosco. Pero continué siguiendo al Lega cada jornada. Comencé a leer literatura de adultos, empecé a dar forma a un poemario, y en 2001 me dieron el premio Villa de Leganés de Poesía y publiqué mi primer libro. A pesar de esto, yo lo que quería en realidad era escribir novelas. Leía todo lo que podía. Escribía imitando a los que en esa época consideraba los más grandes: Henry James, García Márquez, Emily Bronte, Oscar Wilde, Borges. Pero me faltaba algo, la pieza que diera sentido a todo el engranaje. La encontré el día que empecé a leer Pastoral americana. A pesar de que siempre había tenido muy presente la máxima que me inculcaron en la universidad (“un novelista debe buscar lo universal a partir de lo local, como Cervantes“), yo no escribía nada que tuviera que ver lo más mínimo con mi vida, y mucho menos leía autores contemporáneos de alguna manera realistas. Philip Roth fue quien, verdaderamente, me enseñó que se puede hablar de tu barrio, de tu infancia, de tus amigos, de las cosas absolutamente normales que le pasan a todo el mundo, y conseguir con ello crear obras imperecederas. Roth hablaba de Newark, y era fabuloso, y yo me preguntaba qué ocurriría si alguien escribiera historias como esas hablando de Leganés.

Pastoral americana de Philip Roth

Pastoral americana, de Philip Roth.

Philip Roth fue el autor que me enseñó, con cada una de sus obras, que la épica se puede encontrar en el detalle más pequeño de cualquiera de tus vecinos. Y fue él de quien primero me acordé cuando, hace varias semanas, imaginé, por primera vez en mi vida, la posibilidad de que el Leganés subiera a Primera División. El verano pasado había leído La gran novela americana, donde se narraba la historia de un equipo de béisbol formado por absolutos perdedores. Una novela que disfrazaba de ironía un canto al romanticismo.

Llevo toda mi vida escribiendo. La última vez que jugué un partido de fútbol aún quedaba más de un lustro para que acabara el siglo XX, pero todavía le doy de vez en cuando unos toques al balón con mis hijos. Hoy, veintitrés años después del día en que mi padre y yo asistíamos en directo al momento más importante en la historia del Leganés, el equipo de nuestro barrio ha conseguido algo que solo los aficionados al deporte pueden comprender: la gloria de superar la propia historia, aquello de lo que habla Don Quijote cuando decide enfrentarse al mundo hostil en el que lleva todas las de perder, aquello que buscaba Stevenson en cada relato y en su propia vida, que fue su mejor cuento, aquello que ambiciona cada línea de Victor Hugo. La literatura, y por extensión el arte, busca la pervivencia. El deporte, en días como hoy, consigue que algunas personas, en algún lugar pequeño como, pongamos por caso, Leganés, y aunque para la inmensa mayoría del planeta no signifiquen nada, se conviertan para siempre en leyendas.

El 4 de junio de 2016 el Leganés consiguió el primer ascenso a la Primera División del fútbol español de su historia.

Autor

Rubén Romero Sánchez
Rubén Romero Sánchez (Madrid, 1978) es licenciado en Humanidades (2000) y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (2002), y ha realizado cursos de Doctorado en Literatura Española. Ha publicado los poemarios La Luna lleva tu nombre tatuado (2001), Lo que importa (plaquette, 2002), El mal hombre (2012), Cuando los dioses no existían (plaquette, 2013) e Historia de la locura (2017), además de la novela La tristeza (2015), y ha sido recogido en diversas antologías de poesía y narrativa, como Vigilia Poética, del Centro de Poesía José Hierro (2003), Breviario de Relatos (2006), Antología del beso (2009), Ida y vuelta (2011) Voces del Extremo (2013) o Antología de poesía Netwriters (2014). Ha participado asimismo en el libro colectivo Vivir el cine: 120 películas que no podrás olvidar (2013), ha dirigido la sección de cine de la web cultural Culturamas, y ha sido presentador de las tertulias de cine de Periodista Digital TV. Escribe, además, en diversos periódicos y revistas sobre literatura, cine y ópera. Ha presentado numerosos actos culturales e impartido conferencias en la Academia de Cine, el Ateneo de Madrid, la Asociación de Escritores Españoles y diversas universidades. Ha formado parte de la editorial Ártese quien pueda Ediciones. Su obra ha sido traducida al árabe, ruso y portugués.

One comment

  • Javier Ubach

    Enhorabuena Rubén por tu cercana y apasionada reseña. Leerla me ha vuelto a trasladar al que fue durante muchos años mi barrio. Un barrio donde al igual que tú, disfruté con la literatura y el Lega. Que continúe.
    Un saludo.

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