Pequeños Tratados de Pascal Quignard

Pequeños Tratados de Pascal Quignard

Pequeños tratados QuignardEl músico conoce la importancia del silencio. Un exceso de estructuras armónicas, como un exceso de ornamentación en el lenguaje acaba repeliendo al lector o al oyente. Hay en la conciencia del ruido una aproximación instintiva a la mentira. Hay entre las sucesivas capas de significación del lenguaje que acaban por alejarnos de la experiencia primera del mundo y la invasión de determinadas “músicas” una relación necesaria y profunda. Casi todo resulta en la actualidad recargado y falso, fastidioso al extremo, como una sinfonía inacabable de los lugares comunes.

En este panorama, la simplicidad (el verdadero lenguaje poético tiene mucho de eso) se lee como un insulto, casi como un atentado contra la divinidad del Ruido. Para el lector medio la sencillez es una provocación en la que sólo puede existir pretenciosidad o estupidez. “Menos es más” ya sólo tiene sentido como un lema impreso en letra HoneyScript-light en las tazas de desayuno de los modernos.

Así que, a golpe de tweet, de gorjeo más o menos inteligible e ingenioso, vamos reduciendo a su mínima expresión la posibilidad de aparición de obras “meditativas”. Existen pocos escritores que no sucumban a la urgencia del éxito doméstico en facebook, y existen todavía menos lectores que se sientan capaces de enfrentarse a un libro cuya principal sustancia sea el tiempo.

Los “Pequeños Tratados” de Pascal Quignard son un deleite caro. No son ingeniosos, ni humorísticos, ni actuales. Operan a través de la reducción del ruido como elemento principal del argumento. Son antiacumulativos, antieconómicos, anticuantitativos. Representan una posición de resistencia ante el flujo de información. Son antiinformativos. El lector queda atrapado en una ausencia que succiona cualquier aspecto utilitarista para mejor construir la cualidad del silencio dicho.

Dice Quignard:

Este silencio sin duda fue el que me hizo decidirme a escribir; pude hacer el siguiente trato: estar en el lenguaje callándome»

Verdadero principio del impulso poético: aniquilar la palabrería con las palabras. Sin esa tensión contradictoria e irresoluble, sin la búsqueda incesante del vacío que perfilan los bordes del lenguaje, sólo queda una lógica de la mercancía entregada a su propia reproducción sin más criterio que el de más significado, más verbos, más sustantivos, más fonemas; como si el proceso de construcción del conocimiento se sostuviera únicamente en la acumulación de la presencia, como si nunca sobrara nada, como si la poesía no fuera precisamente una “investigación de lo imposible”

Quignard, de nuevo:

Hay que ser el más secreto de los hombres; no revelar el secreto a nadie ni siquiera al lenguaje… El propio corazón no debe descubrirse a ningún precio… El verdadero designio no es acceder a una improbable realidad, sino quemarse lo más cerca de la luz

El secreto es la alusión, la sugerencia, la condimentación exacta que huye de los cocineros más peligrosos, los que construyen sus platos aprovechando todo lo que hay en la nevera. Más allá de la exhibición obscena de los escritores mediatizados, existe una filosofía del secreto que quiere los sabores del paisaje interior llevados a un extremo de esquematismo, lejos de la contaminación de las salsas.

Dulce

Salado

Ácido

Amargo

Contra la falsificación de la vida se impone un movimiento de contracción del lenguaje. Una perseverancia en los espacios en blanco que haga posible la destrucción de los nombres. Como decía el poeta, las palabras ya no valen absolutamente nada, son como una navaja de papel de aluminio. Sólo en la conciencia de ese hundimiento es posible horadar los espacios de la desconexión con el propósito de que éstos acaben por tragarse al mundo. Los “Pequeños Tratados” se afanan de este modo en el dato “desconectado”. Las minas de silencio distribuidas aquí y allá con erudición estratégica dinamitan la charlatanería de los managers y los coach, colaborando en el enriquecimiento de una tradición antipsicologista a la que con tanta lucidez y elegancia se sumó el propio traductor, Miguel Morey, en su obra imprescindible “Pequeñas doctrinas de la soledad”, también publicada por Sexto Piso.

Pascal Quignard, otra vez, página 240, Tomo I:

Las imágenes jeroglíficas egipcias rebosaban potencia. En los textos de las pirámides los fonemas escritos por medio de una serpiente o de un cocodrilo eran mutilados intencionadamente, o atravesados por flechas, o acribillados con los cuchillos, para impedir que esas imágenes devoren”

Gracias por ese hito, Messie Quignard. De ahí venimos. El viaje ha sido largo hasta la insoportable banalidad de la escritura en nuestros tiempos. Queda seguir confiando en esos lugares desconectados, cultivarlos, hacerlos crecer. En su fuerza de succión reside la principal resistencia al totalitarismo de la estulticia.

Autor

Javier Cristóbal
Javier Cristóbal es madrileño, psicólogo disidente y profesor de Integración Social. Ha publicado los libros "Genealogía de lo Imposible" y "Feroces de Pensamiento", ambos en la editorial Vitruvio, con una interesante acogida de crítica y público. En la actualidad trabaja en su tercer libro de poemas.

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