Oro blanco y diamantes

Oro blanco y diamantes

Las galas benéficas cada día aburrían más a Isabel. No solo la gala en si, al fin y al cabo estos acontecimientos pasan rápido y es fácil encontrarse a alguna conocida en ella para poder despotricar contra alguna de las asistentes por su vestido, sus “discretas” operaciones de cirugía estética o por la casi absoluta certeza de que su marido la estaba engañando con otra (por supuesto, mucho más joven). Lo que realmente le aburría de este tipo de galas es que la dura jornada comenzaba en su dormitorio.

Solo con la ropa interior puesta entró en el enorme vestidor y se pasó media hora buscando el vestido perfecto para la ocasión.

– El día menos pensado me pongo a hacer limpieza y dono la mitad de mis vestidos a los pobres – dijo en voz alta justo antes de soltar una sonora carcajada -, aunque tiene que ser divertido ver a una mendiga pidiendo en la puerta del supermercado con un Prada.

Sin parar de reír seleccionó un vestido celeste cielo. Se lo puso y se miró al espejo. Si, sin lugar a dudas el celeste era un gran color para una gala de esas características. Tampoco era cuestión de ir muy ostentosa a un acto para recaudar dinero para los niños con cáncer. Tras mirar en el zapatero seleccionó unos zapatos de tacón color plata.

– Tampoco es cuestión de ir como una pordiosera ¿no?

Abrió con cautela el cajón donde se encontraban las joyas. Abrió varios elegantes estuches de color negro no sin antes deleitarse con el tacto que tenían los mismos. Tras observar todas las joyas con sumo cuidado y delicadeza, eligió unos finos y largos pendientes, un collar y una pulsera. Todo ello de oro blanco y diamantes.

Olió todos y cada uno de los perfumes del tocador. Eligió el que tenía el frasco más extravagante cuyo tapón asemejaba a una piedra preciosa y se puso dos gotas tras los lóbulos y otras tantas en las muñecas.

Volvió a mirarse en el espejo del ropero para ver el resultado final.

– Perfecto.

¿Dónde había dejado el bolso? Sobre la cama, como siempre.

– Cuanto más rica más despistada. – de nuevo volvió a reír.

Lo abrió y buscó la cartera para ver de cuanto efectivo disponía. Lo contó con meticulosidad. Apenas trescientos euros.
En ese momento la puerta principal de la casa se abrió. Isabel se sobresaltó. Metió el dinero dentro del monedero, cerró el bolso y lo dejó donde lo había encontrado. Fue corriendo hacia el tocador para quitarse las joyas pero ya era tarde. La señora había irrumpido en el dormitorio.

– Isabel ¿se puede saber qué estás haciendo? – dijo entonces sin poder dar crédito a lo que estaba viendo.

– Señora… yo… verá, lo puedo explicar.

La señora se acercó a ella y le dio una bofetada.

– Deja todo ahora mismo donde lo has encontrado

Isabel comenzó a quitarse los pendientes sin poder reprimir las lágrimas.

– Señora – dijo entre sollozos – ¿Me va a despedir?

– No, Isabel. Voy a llamar a la policía.

Autor

Roberto García Encinas
Soy dramaturgo, director de escena y actor. Dirijo la compañía Salmantina Intrussión Teatro desde hace casi 10 años gracias a la cual he tenido la suerte de experimentar el maravilloso placer de la escritura teatral. Empecé a escribir por casualidad: había un local, una fecha de estreno y dos actores, pero faltaba un espectáculo. A partir de ese día no he parado de crear historias para la escena y, de vez en cuando, por el puro placer. ¡Benditas casualidades!

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