Ocho ensayos sobre William Blake, K. Raine

Ocho ensayos sobre William Blake, K. Raine

Cuando se habla de William Blake ( 1757 –1827), todo el mundo cree saber de qué se está hablando. Pero perdonen mi falta de confianza en el género humano, sinceramente no me lo puedo creer. Sí, se puede tener alguna noción sobre él y su obra, tanto de la poética como de la artística, pero de ahí a saber quién es este meteorito humano, es otra cosa. Y es que no es nada fácil entrar, sumergirse, en el tejido de símbolos, en el mundo tan particular que supo parir -y no sin esfuerzo- este inglés tan peculiar.

Una introducción a la que por otro parte poco ayudan los libros que hay publicados sobre él, ya que la tónica, el hacer más extendido entre sus comentadores, es repetir de manera brumosa, sin claridad, lo que de por sí es oscuro. Sin duda, sus textos y sus grabados embriagan, desbordan tanto a nuestra inteligencia como a nuestra imaginación, pero es necesario, y más cuando se dice estar acercando algo de por sí arcano y encriptado, apostar por la claridad, salir de una repetición exaltada y más cercana al conjuro que a la exposición medida y bien templada. Y ahí es en donde entran estos Ocho ensayos sobre William Blake (Atalanta, 2013) firmados por Kathleen Raine, ya que ella no sólo sabe muy bien de lo que habla sino que lo expone de una manera nítida, sencilla. Así, con una maestría impecable, nos pone ante el edificio poético de Blake y nos lo enseña. Y pasear por sus estancias acompañados por esta mujer, es todo un gozo, porque todo ese juego de luz y sombras, de símbolos, de enigmas que ponen a la razón en jaque, convergen mostrando lo que ella bien llama “la esfera dorada de Blake”, es decir, el pensamiento de este hombre que supo seducir a la realidad y hacer que dijera lo que ya nadie estaba dispuesto a oír.

Blake asiste de primera mano al proceso de despliegue y asentamiento de la ciencia moderna, y más siendo inglés, y es que Newton es el sol innegable de esa nueva forma de hacer hablar a la Naturaleza. Además, junto a esa ciencia, dueña de una mentalidad muy determinada, una mentalidad que se inicia con la filosofía cartesiana y que en Newton encuentra su máxima expresión, surge eso que se ha conocido como la Revolución Industrial. De nuevo, un acontecimiento conocido por Blake de primera mano -no creo que nadie niegue la fuerza y potencia con la que Inglaterra se entregó a ese acontecimiento histórico. Frente a la mayoría de sus contemporáneos, Blake vio en ese proceso una perdida grave de lo que el hombre es y puede llegar a ser. El motivo no es complejo: la razón, un razón entrenada en una utilidad poco fina, en un amor excesivo por la eficacia y la medida, tomo el centro de todo. Así, convertida en reina, se ocupa de decir lo que la realidad es y lo que se puede o no esperar de ella. En este giro, la principal perjudicada será la imaginación. Así, esta facultad quedará reducida a una mera fábrica de quimeras, de juegos infantiles cuya ámbito propio no es otro que la consolación. La razón sabe lo que el mundo es, podemos jugar a maquillarlo, a colorearlo, pero todo nuestro hacer no será otra cosa que un mero entretenimiento para señoritas aburridas o para tristes que niegan lo real. La verdad es una y sólo tiene tratos con la razón y su hija, la ciencia moderna. Y aquí es donde Blake entra, donde su obra embiste con todo la fuerza de la que es capaz, y ésta es mucha: la imaginación no es un juguete consolatorio, una puerta de escape a lo real, todo lo contrario, ella es el centro de todo lo humano y toda realidad emerge de ella. Resumida en una sola frase, la sabiduría de Blake dice: el mundo es aquello que la imaginación dice que es. La razón es una falsificadora, sí, tiene su utilidad, y eso no se la regatea, pero el potencial de su utilidad es directamente proporcional a su papel secundario como generadora de mundo.

«El zorro condena a la trampa, no a sí mismo»

Afirmar esto, decir que lo real emerge de la imaginación, es llevar toda génesis ontológica a la intimidad del individuo. Así, la apuesta de Blake pasa por señalar la importancia en alimentar y cuidar la mirada imaginativa, o lo que es lo mismo, la potencia infinita del símbolo. Y todo esto se hace desde una petición de principio: la imaginación es la única capaz de entregarnos la verdad de las cosas, su intimidad, y esa verdad, lejos de ser una y unívoca, es un dios de infinito nosotros, pero eso sí, esa multiplicidad nunca miente. De ahí la necesidad del símbolo, que es el elemento primigenio y propio de la imaginación. Esta y no otra es la apuesta de Blake. La realidad se cumple, se redime, a través de la imaginación. Ella y sólo ella es capaz de entregarnos lo que el universo muestra al tiempo que esconde. Imaginación como aletheia -desvela al tiempo que vela, entrega al tiempo que quita, en una apuesta por lo móvil, lo líquido y por aprender a escuchar la música que estructura y emana de cada cosa y ser vivo. Así, bajo el ojo de la imaginación, todo lo que nos rodea se llena de vida, se abre en infinitos infinitos, en un juego inacabable de puertas que llevan a la Eternidad:

En cada grano de arena ver un Mundo,

En cada flor silvestre un Paraíso.

Vivir la Eternidad en un instante.

Llevar sobre la palma el Infinito.

De este modo, el buscador de la verdad no será otra cosa que un caminante eterno. Un caminar que entrega dulcemente, gozosamente, todo lo que el hombre es capaz de decir de sí y del mundo. Esto, y no otra cosa, es lo que Blake nos dice, lo que su obra desencadena. Pero hablar de imaginación, hablar del símbolo, no es hablar de imprecisión, y menos en Blake: cada palabra genera algo, cada verso, cada grabado, convergen formando un todo muy bien definido. Y que el lector de este artista filósofo puede conocerlo, es la misión, y diremos que se cumple, que Raine se propone en estos ocho ensayos. Ocho llaves mágicas a un hombre que muchos conocen pero que pocos, muy pocos, entienden. Por eso, celebramos la llegada de estos ensayos a España. Con ellos Atalanta ha logrado algo que no sólo estaba pendiente, sino que en estos tiempos de literalidad, de exceso de razón práctica, de obligada falta de esperanza, necesitábamos urgentemente. Porque ese mundo es lo que nosotros queremos que sea, y sólo en esa fe infinita en nosotros mismos, en aquello que podemos desencadenar, puede lo real, y con ello nosotros, encontrar la fuerza y felicidad perdidas. Sólo añadir que, y cómo siempre, este libro no sólo es lo que sus letras guardan, ya que la edición es una maravilla: la portada, las ilustraciones, la maquetación… No estamos ante un libro, sino ante un compañero de viaje de por vida. Pero luego, y esto que nadie lo olvide, es obligatorio ir a la fuente directa, a la palabra escrita por ese gran hombre conocido como Willian Blake, que no fue otra cosa que un profeta de esa imaginación que ha día de hoy hace tanta falta:

…para los Ojos del Hombre de la Imaginación, la Naturaleza es la propia Imaginación. Como el hombre sea, así Ve. Como el Ojo esté formado, así son sus facultades… Para Mí ese Mundo es Una sola y continua Visión de Fantasía o Imaginación.

Ocho ensayos sobre William Blake, Kasthleen Raine, Atalanta, 2013

Autor

Gonzalo Muñoz Barallobre
Soy filósofo y hago cosas con palabras: artículos, aforismos, reseñas y canciones. De Tarántula soy el cocapitán y también me dejan escribir en Filosofía Hoy. He estado en otros medios y he publicado algo en papel, pero eso lo sabe casi mejor Google que yo.

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