“Los caracteres” de La Bruyère

“Los caracteres” de La Bruyère

Hace poco paseaba por la Feria del libro antiguo y de ocasión de Madrid, sita en el Paseo de Recoletos casi a los pies de la diosa Cibeles. De alguna manera, dicha Feria inaugura el otoño en la capital, acercando libros de toda clase -en ocasiones, auténticas rarezas- a lectores curiosos y paseantes. Allí pude adquirir una edición bastante antigua -pero muy bien conservada- de Los caracteres de La Bruyère (1645-1696), maestro del aforismo y de la sentencia breve que, junto a Pascal, La Rouchefoucauld, Chamfort o Vauvenargues, conforma el grupo de los llamados «moralistas franceses».

Una de mis actuales ocupaciones profesionales, tan en horas bajas, la de editor, puso a funcionar mi mente enseguida, en vistas a una posible reedición de este libro que no puede faltar en ninguna biblioteca medianamente exigente. Entusiasmado con el proyecto, comencé esa misma noche a buscar ediciones francesas y un posible traductor, aunque comprendí muy pronto que mis obligaciones no me permitían embarcarme en aquel momento en semejante empresa, tan titánica.

Casi nadie se da cuenta por sí mismo del mérito de otro. Los hombres están demasiado ocupados consigo mismos para que tengan tiempo de calar o de apreciar a los demás; a esto se debe que con mucho mérito y mayor modestias se puede permanecer ignorando por mucho tiempo.

La Bruyère, Los caracteres, II, 5

Cuál fue mi sorpresa, al día siguiente de llevar a cabo mi afortunada adquisición, al encontrar en las novedades de Hermida Editores una nueva edición de este clásico atemporal de La Bruyère. De manera inmediata me puse en contacto con el editor, Alejandro Roque Hermida, que muy amablemente me atendió. Una vez más, mi enhorabuena por tan encomiable -y envidiable, si se me permite decirlo- publicación.

No se escribe sólo para ser comprendido, sino que al escribir es necesario, al menos, hacer comprender cosas bellas. Hay que poseer una dicción pura y emplear términos adecuados, es cierto; pero hace falta que esos términos tan propios expresen ideas nobles, vivas, sólidas y que encierren un sentido muy bello. Es hacer un mal uso de la pureza y de la claridad del discurso ponerlos al servicio de una materia árida, infructuosa, sin gracia, sin utilidad, sin novedad.

La Bruyère, Los caracteres,  I, 57

Muy bien conozco, como miembro del gremio, las dificultades de estos lances editoriales con un ilustre como La Bruyère, un auténtico caso de superventas en su época. Los caracteres se vendieron como churros ya en vida del autor, hasta hacerse necesarias varias reediciones de la obra. Y no sólo eso. El libro contó con este favor del público, nada sencillo (si tenemos en cuenta la aún incipiente revolución lingüística que recorría media Europa, en la que las lenguas vernáculas luchaban por una primacía detentada hasta entonces por el latín); pero además se convirtió en todo un espejo donde la sociedad francesa de finales del XVII y principios del XVIII pudo observar su rostro hasta turbarse.

Aunque, como hay que recordar -y así lo hace el propio La Bruyère en la introducción-, su cometido no era parcial, regional, o sí, pero sólo por lo que toca a la necesaria observación y documentación que empuja a un autor a escribir un libro. Más bien, la meta de este experto de la palabra fue el de «pintar a los hombres en general», y, en paralelo, elevar su espíritu e inspirar «sentimientos nobles y denodados».

[El público] puede examinar despacio este retrato que de él hago, tomado del natural, y si se reconoce en algunos de los defectos que señalo, corregirse de ellos. Es este el único fin que debemos proponernos al escribir, y también el triunfo más difícil de alcanzar; pero ya que los hombres no se hastían del vicio, tampoco hay que cansarse de reprochárselo.

La Bruyère, Los caracteres, Introducción

Y, en efecto, a esta tarea se entrega nuestro autor: ejercer de «crítico» y «censor», desde la literatura y el pensamiento, para enderezar las conductas humanas, a veces tan faltas de reprimenda («lo que yo he querido escribir no son máximas: son como leyes morales»), pues

no se debe hablar ni se debe escribir si no es para instruir; pero si ocurre que se agrada, no hay que lamentarlo, si ello sirve para insinuar y hacer que se reciban mejor las verdades que deben instruir.

Un arte nada sencillo, el de aunar perspicacia y gracia lingüísticas junto con el conocimiento justo y atinado del ser humano, tan plural, tan múltiple en sus actividades y ocupaciones pero, a juicio de La Bruyère, tan semejante en lo nuclear. Como apunta Consuelo Berges (traductora cántabra que, a la vez, fue todo un clásico de la profesión, cuya vasta labor abruma por cantidad y calidad) en un certero comentario sobre las características del escrito de este egregio francés,

La pintura de La Bruyère es siempre directa y concreta, individualizada, del natural; trabaja siempre con modelo, a la vista. [Además] la moral teorizada en su libro no está en contradicción con su conducta y su carácter, limpios de intriga y de ambición. Sus contemporáneos […] nos lo pintan como un hombre ecuánime y modesto, agudo, exacto. […] En la presente obra encerró La Bruyère todo su pensamiento y todo su esfuerzo literario.

Sólo resta dar de nuevo la enhorabuena a los editores y a la traductora (que también y tan bien ejerce de prologuista) por tan encomiable publicación, y recomendar una vez más no sólo la lectura de esta edición de Hermida, sino su adquisición. Por su calidad y su contenido será una obra que pase de generación en generación sin que su vigencia quede lastimada. Más si cabe cuando esta edición ofrece por primera vez en español la versión completa y definitiva de Los caracteres.

La vida es corta y fastidiosa: nos la pasamos deseando; el reposo y las alegrías quedan siempre aplazados para lo por venir, para la edad en que generalmente han desaparecido ya los mejores bienes: la salud y la juventud. Cuando ese tiempo llega, todavía nos sorprende en los deseos, y en ellos estamos aún cuando la fiebre nos sorprende y nos extingue; en caso de curar, no será sino para seguir deseando durante un tiempo más.

La Bruyère, Los caracteres, XI, 19

Autor

Licenciado en Filosofía, Máster en Estudios Avanzados en Filosofía y Máster en Psicología del Trabajo y de las Organizaciones. Editor y periodista especializado. Twitter: @Aspirar_al_uno

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