Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos

Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos

Las relaciones peligrosas Sexto PisoLa novela va de gente que se aburre la hostia. Pero hay mucho más. Prosigamos.

La marquesa de Merteuil no se anda con hostias. Libertina, licenciosa, pervertida, pero no en plan Marco Aldanny, Ducados rubio y me tienes hasta el coño. La marquesa de Merteuil es Sauté d´agneau provençal, Château Mont-Redon, y mantiene una extraña relación epistolar  (y no epistolar, digamos malévola, libidinosa de otomana y alcoba) con el vizconde de Valmont, ex amante, follador incandescente  siempre con una ambición en la recámara, dispuesto a llevarse al huerto a Cécile de Volanges como pura vendetta y capricho de la marquesa. Claro, el tipo se pone rápido.

Se lee con solvencia y celeridad, y además tiene dibujos. Los libros con ilustraciones son muy de hipster y de críos de siete años, porque sirven de esparcimiento lúdico,  y para que no vean gilipolleces en las televisiones privadas. Aquí hay dibujos de soledad, de alcahuetes, de perversidad, de sangre, de erotismo (en el siglo XVIII no existía el folleteo tal como lo entendemos hoy, ni los tatoos, ni Miley Cirus, ni Rosario Flores), de hijoputez y de pena. Y esa especie de tenebrosidad luminosa de Alejandra Acosta entre tanta epístola de perversión y ñoñez relaja como magnífico respiro en el camino. En cierta manera, la coca-cola del novela.

CARTA 5

LA MARQUESA DE MERTEUIL

AL VIZCONDE DE VALMONT

Estoy convencida de que si tuviera ahora el capricho de abandonarlo, sería presa de la desesperación, y no hay nada que me divierta más que la desesperación de un amante. Él me llamaría pérfida, y siempre me ha gustado esa palabra; después de <<cruel>>, es la más dulce para el oído de una mujer, y es menos costoso merecerla. Voy a ocuparme muy seriamente de esa ruptura ¡y vos sois el culpable! Quiero que carguéis con ello sobre vuestra conciencia. Adiós: encomendadme a las oraciones de vuestra presidenta. 

CARTA 22

LA PRESIDENTA DE TOURVEL

A LA SEÑORA DE VOLANGES

Mi señora, seguro que os agradará conocer un rasgo del señor de Valmont que dista mucho, o así me lo parece, de todos aquellos con que os lo han pintado. ¡Resulta tan triste pensar mal de alguien!, ¡es tan molesto no hallar sino vicios en aquellos que poseen todas las cualidades necesarias para hacernos amar la virtud! En fin, os complace tanto mostrar indulgencia que agradeceréis pruebas que nos obliguen a retirar un juicio demasiado estricto. El señor de Valmont me parece digno de semejante favor, casi me atrevería a decir justicia, y he aquí los motivos.

Aunque hay alguna epístola un poco coñazo (si bien al mismo tiempo permite cierto descojono porque antes has leído las que se envían los dos grandes malévolos de la novela, la marquesa y el vizconde), sobre todo de la presidenta de Tourvel (se lo cree todo), se puede afirmar sin rubor que el libro es elegante, interesante y tremendamente seductor en las costuras. Estas cartitas, estos artefactos con caballo, velas, pluma, seda y nobleza abarcan la naturaleza humana desde la más encarnada perfidia hasta la más candorosa ingenuidad, simpleza e inocencia (reitero, tampoco se puede pedir mucho más, era el siglo XVIII y no tenían Badoo, ni Pornotube, ni había Champions League).

Quizá el carácter excelso, esa naturaleza sublime muy del siglo XVIII de exposición de los sentimientos, ya sea desde la hijoputez o la ingenuidad y/o mojigatería, a veces ha conseguido que me vea como un impasible ciudadano del siglo XXI ante tanta metáfora y morbo-candor.

Todo este maremoto pasional y las flaquezas, las maldades; y la virtud, la decencia se refleja en  Las relaciones peligrosas. Si alguien se tomara la molestia y el gozo de leerla, en vez de bajarse otra vez la película (aunque Michelle Pfeiffer sale muy rica) se daría cuenta (¡obvio!) de las evidencias plagiarias; pero la novela es tan putamente inteligente que puede provocar desvelo y vigilia en esos turnos de a ver quién es más ingenuo y quién más canalla. Quicir, capaz de cristalizar en pergamino la realidad de la vida de los ricos de la nobleza y la magistratura del siglo XVIII, el amor, la mojigatería, el sexo, el dolor, la religión y la perfidia. Y además son franceses y nobles, es decir petulantes y repipis absolutos; todo un valor añadido.

Mucha desolación, mucha vehemencia lírica. El gran reducto de la maldad; y las consecuencias. Una novela displicente y con vendetta.

Las relaciones peligrosas, Choderlos Laclos, Sexto Piso:2016. Trad. de David M. Copé e ilustraciones de Alejandra Acosta.

Autor

Javier Divisa
Javier Divisa. Mercader a tiempo parcial y escritor a intervalos fragmentarios. Autor de la novela Tres Hombres para Tres Ciudades, su segunda obra vio luz bajo el título Valientes Idiotas. Sarcástico incansable, desarrolla su clave humorística y rigor literario en reseñas literarias para Eñe y Revista Cultural Tarántula, donde también escribe una sección personalizada llamada Diario de un Paranoico. Ejerce como columnista de opinión en el periódico El Cotidiano y ha sido colaborador habitual en diferentes revistas de Suramérica, aunque estas variables cada vez le dan más pereza. Compagina la literatura con el business de la moda. Y ha ganado algunos premios narrativos, todos sin la pertinente dotación económica, aunque eso es algo que podría lograr un mono con lobectomía cerebral. También ha sido incluido en diversas antologías de jóvenes autores de libros que están enterrados hace años en el cementerio de Père-Lachaise y no leyó nadie. Actualmente muere en Madrid, escribe varias veces todos los días a lapsos de quince minutos y nunca aparenta estar feliz en Facebook. Cree que Magdalena es su mejor novela, de largo.

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