La vida del Lazarillo de Tormes

La vida del Lazarillo de Tormes

La aparición de la picaresca corresponde a los últimos años del reinado de Carlos V. Las ediciones más antiguas llevan la fecha de 1554, aunque se supone un texto anterior. La Vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades se publica en una época en que predominaba la literatura idealista. Renacimiento fino y exquisito en las églogas y sonetos de Garcilaso y su escuela; medievalismo desaforado en la moda abundante de los libros de caballería; retórica ampulosa y exceso verbal en la rica y desigual producción de fray Antonio de Guevara. Entre esta literatura, que en sus diversas modalidades tenía el idealismo como único posible común denominador, el Lazarillo, con su realismo penetrante, con su sencilla y familiar expresión, con su paródica concepción primaria de la vida, marcaba un derrotero distinto, una agudísima lección de sinceridad y verdad en el arte. El éxito que obtiene es rotundo. Fue el libro de todos:

De la gente letrada y de la lega, de eclesiásticos y seglares, del pueblo bajo y de las personas de cuenta. Aventureros y marchantes llevábanlo en la faltriquera, como en la mochila trajines y criados, no menos que en la recámara de los señores, en el estrado de las damas, como en el bufete de los letrados   (Cejador).

El autor del Lazarillo se inspiraba en parte, según parece, en relatos tradicionales. A su vez, algunos de los motivos del libro coinciden con aspectos que apuntaban en la literatura de la época. Así, el escudero pobre y vanidoso del relato hace pensar en un personaje de la farsa Quem tem farelos, de Gil Vicente. En ésta Araiço se queja de que su amo, hambriento y enamorado, se pasa la vida sin probar bocado porque no tiene dinero, y se cree feliz cantando ante la ventana de la amada. Viene pelado -comenta-, como podenco al que escaldan. Fray Antonio de Guevara, en una de sus Epístolas, cuenta de un caballero de la corte: «el cual jamás vi tener caballo en su caballeriza, ni lanza en su casa, ni aun ceñía las más veces la espada, sino que traía solamente una daga en la cinta y pequeña, y por otra parte, cuando contaba las hazañas de sus padres, parecía que descarrillaba leones«. Entre los graves historiadores del tiempo del emperador Carlos V, la Crónica de don Francesillo de Zúñiga señalaba ya el sentido de la caricatura. Pero aun con estas coincidencias, unidas a las de los motivos de un Lázaro tradicional, ya mencionado en La lozana andaluza (1528) y en refranes y frases hechas de aquel tiempo, la obra picaresca es de una profundísima originalidad.

Monumento al Lazarillo de Tormes en Salamanca

La Vida de Lazarillo de Tormes apareció sin nombre de autor. El problema de su paternidad es uno de los más discutidos en los anales de la historia literaria. Durante mucho tiempo pasó por obra de don Diego Hurtado de Mendoza, pero su atribución era ya algo tardía, pues figura en el Catalogus clarorum Hispaniae scriptorum del belga Valerius Andrea Jaxandrus, de 1607. Sin embargo, dos años antes, el padre Sigüenza, en su Historia de la Orden de San Jerónimo, atribuye el Lazarillo a fray Juan Ortega, que fue general de su congregación, afirmando que había escrito la obra siendo estudiante en Salamanca y que en su celda se había encontrado el manuscrito. Tamayo de Vargas fue el que más extendió la opinión de la atribución a Mendoza, si bien mencionando también la otra. Lo cierto es que la que más repercusión tuvo fue la referente a Hurtado de Mendoza. Sin embargo la falta de base sólida para sostener tal afirmación persisitió hasta nuestros días.

Si analizamos la obra, el autor del Lazarillo presenta en síntesis en los tres primeros amos del muchacho la sociedad española de su tiempo: las mafias, la Iglesia y la nobleza. Claro está que la pintura se halla con tendencias a la caricatura en los dos últimos, y que ve una intención peyorativa ha sido más un prejuicio extranjero que una realidad del libro mismo. El hecho es que el ciego mentiroso y cicatero, el cura avaro e ingenuo, y el escudero vano, y en el fondo amargamente trágico son tres tipos eternos a fuerza de individuales. Desde el comienzo del libro, cuando Lázaro nos cuenta su origen nos encontramos ante un tono de sencilla y aguda sinceridad, con la socarronería y puntos satíricos que emplearía un hombre de pueblo típicamente castellano.

El Lazarillo da mucha sensación de obra fresca, exclusivamente popular, en la que hierven gérmenes que denotan una intención y una cultura superior. El protagonista es de por sí una creación felicísima, que se lleva toda la simpatía del lector. La forma autobiográfica queda marcada con toda sencillez en las narraciones del propio Lázaro, sin la erudición ni el intelectualismo, y mucho menos la voz sobrepuesta, que encontramos en otras novelas de pícaros. Lázaro aparece en la vida lleno de bondad y sencillez. La perfidia, el engaño, la mísera avaricia, la crueldad brutal del medio en el que vive, son los ambientes que desarrollan sus astucias, sus enredos, sus inocentes hurtos. El dolor y el desengaño aguardan a Lázaro desde que deja la casa de su madre. Ya a la salida de Salamanca, junto al puente, el ciego somete a Lázaro a la prueba del toro de piedra, diciéndole que hay ruido en él, y al llegarse el muchacho, como dice de modo significativo, «simplemente» crédulo y bien lejos de sospechar la broma cruel que le aguarda, el amo le da un gran golpe con la figura, «que tres días me duró el dolor de la cornada«, para lanzar el primer escéptico y malandante consejo: «Necio, aprende; que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.» Ya tenemos aquí cómo se inicia el desarrollo de las relaciones del pícaro ante la vida. Mientras el mendigo ríe, comenta el chico: «Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba.» Y comprende que en los medios sociales en los que va a vivir ha de avivar el ojo y estar siempre alerta. Aquí se inicia ya una carrera de dolores y luchas por la vida. El ciego tratará de engañar a su mozo y el mozo al ciego; el cura no se preocupará del hambre del monaguillo, y éste tratará de sisarle y robarle qué comer; y finalmente, el pobre Lázaro tendrá que buscar los medios de vida del pobre y envanecido, aunque de buen fondo, escudero de Toledo. Comienza ya un tipo de novela del dolor y del hambre, del asco y el desenfado plasmados en la sobria narración del Lazarillo.

Cabe destacar que hay una relación muy estrecha entre la picaresca española y la plástica coetánea de dentro y fuera de España. Pedro Berruguete, gran creador de nuestro realismo renacentista, trazó con rasgos inconfundibles las figuras del ciego y su lazarillo ante la urna milagrosa de un santo en un característico cuadro que podemos contemplar en el Museo del Prado. La astucia del jarro de vino y la paja para beberlo sin que el ciego lo perciba, corresponde a un fondo folklórico. Una curiosísima ilustración del siglo XVI de un texto de las Decretales de San Gregorio, en el British Museum de Londres presenta la misma escena del ciego con la vasija y el mozo que sorbe el vino con una paja. Y no sólo en la plástica: el final del hurto de la longaniza y el golpe del ciego contra el poste que ponen final a la historia del primer amo de Lázaro es un lance que se hizo famoso en la literatura universal. El personaje de Benedick de Mucho ruido y pocas nueces, de W. Shakespeare, dice a Claudio: «Ho! Now you strike like the blind man. I was the boy that stole your meat and you’ll beat the post

El episodio del cura está lleno de ironía y agudo desenfado, en la historia del arca y sus habilidades para de ella ir, poco a poco, extrayendo los bodigos. La gracia del tema de la llave y la presunta culebra está a tono con la malicia e ingenuidad en que se desenvuelve la novela, si bien rematando dolorosamente, como todo el humor, que bajo la risa lleva una capacidad trágica, aunque es posible que algunos toques y comentarios de este episodio tengan sabor erasmista, a la moda de la época, están tan hábilmente expresados en la forma natural en que se desenvuelve el tema, que apenas se nota lo tendencioso, bien visible, en cambio, en la historia del buldero.

El retrato del escudero es una obra maestra de la ironía, la observación, cordial caricatura y eco social de toda una época. El ambiente toledano se percibe en todos los detalle. En el gracioso chiste del entierro notamos las estrechas calles de la ciudad polícroma y dinámica.

El Lazarillo de Tormes, con su realismo preciso, natural y sobrio, con la encantadora forma autobiográfica, con sus puntos de sátira y su perfecto cuadro de costumbrismo, marca un género esencialmente castellano, del que sería el arquetipo. El Lazarillo fija el género que habrá de desarrollarse medio siglo después. Aunque de entrada no deja descendencia, la novela picaresca con él creada se convertirá en una de las formas más abundantes de las letras hispanas del siglo XVII. Él y el Guzmán quedarán como modelos únicos. Lazarillo en la narración sencilla y sobria, sin complejidades ni elementos pegadizos, en el realismo y objetividad que manan de la voluntad y de la gracia. El Guzmán en la compleja ordenación de la picardía y ejemplo de intelectualismo y acción, y por sus soliloquios desarrollados en una técnica de tempo lento. Quedará aparte el mundo cervantino en que la picaresca se eleva a un idealismo integral, estético, que recoge a la vez la miseria y la alegría, el orden y la anarquía, el arte y la verdad.

Una obra que recomendamos para mejor entender de dónde viene nuestra literatura y cómo funciona nuestro idioma.

Autor

Francisco Gijón
(Madrid, 1973) realizó estudios de Historia en la Universidad Nacional de Educación a Distancia especializándose en Arte Prehistórico e Historia Clásica. Viajero y divulgador, sus bitácoras reciben miles de visitas mensuales de todo el mundo. En su faceta de novelista cuenta con varios títulos de ficción histórica, entre las que sobresale su último trabajo “Los Cuadernos de la Memoria”. Twitter: @francisco_gijon

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