«La nieve», de Johanna Schopenhauer

«La nieve», de Johanna Schopenhauer

Quizás resulte extraño que incluya la reseña de una novela en la sección de Pensamiento. Pero en esta ocasión hay una razón de peso: la autora del libro que os recomiendo (La nieve, publicado en Periférica), de nombre Johanna, fue la madre de uno de los genios universales de la historia de la Filosofía, Arthur Schopenhauer (1788-1860).

Johanna Schopenhauer (1766-1838), autora prolífica (sus obras completas se recogen en 24 nada desdeñables volúmenes, entre novelas, diarios de viaje y epistolarios), no comenzó a escribir «profesionalmente» hasta una edad, para la época, bastante avanzada, cuando los problemas económicos amenazaban seriamente la tranquilidad de los Schopenhauer.

Pero comencemos por el principio -a hombros de gigante, ayudados por los fantásticos escritos del traductor del volumen (Luis Fernando Moreno Claros) que inauguran y cierran, en forma de introducción y posfacio, esta nouvelle-. La joven Johanna, a la que más tarde Thomas Mann catalogaría como una «literata de los tiempos de Goethe», de soltera Trosiener, nace en la actual Gdansk, la por entonces Dánzig. Recibe una «esmerada educación» que incluye el idioma inglés, geografía, astronomía y otras disciplinas afines, una preparación poco frecuente en la «educación convencional de una niña» del último tercio del XVIII.

Moreno Claros nos informa de que desde muy temprano se despertó en Johanna un interés desmedido -y acaso inaudito- por la literatura: «Shakespeare, Voltaire y los autores clásicos de la Antigüedad fueron lecturas recurrentes a lo largo de su infancia y juventud». Pero sus padres cortaron pronto las alas de la joven, que albergaba grandes aspiraciones: convertirse en una auténtica creadora, casi en una «bohemia», que pudiera vivir de sus obras.

Tras algunos enamoramientos juveniles y muy probablemente frustrados por razones ajenas a su voluntad, Johanna conoce al que muy pronto se convertiría en su marido, y con quien más tarde tendría dos hijos (Arthur y Adele): Heinrich Floris Schopenhauer, hábil empresario con los bolsillos generosamente repletos de dinero -y por tanto, alguien nada despreciable a pesar de su no demasiado atractiva figura, teniendo en cuenta el modo en que por aquel entonces se llevaban a cabo los casamientos-, portador de un carácter taciturno que, andando el tiempo, se convertirá incluso en peligrosamente oscuro.

Moreno Claros apunta que Johanna aceptó casarse, así, «con un hombre al que no amaba pero que le aseguraba una vida futura plena de comodidades y satisfacciones materiales». Ya al final de su vida, nuestra protagonista confesaría en sus memorias: «Ni fingí un amor ardiente, ni tampoco mi marido aspiraba a que yo se lo demostrase». Tales confesiones y modo de proceder, aunque común en la época, no sentaría bien al primogénito de Johanna y Heinrich Floris: el carismático -y muy tozudo- Arthur, que no dudaría en retratar a su madre (y a las mujeres, en general) del siguiente modo:

Yo conozco bien a las mujeres, sólo respetan el matrimonio en tanto que institución que les da de comer. Hasta mi propio padre, achacoso y afligido, postrado en su silla de enfermo, hubiera quedado abandonado de no ser por los cuidados de un viejo sirviente… Mi señora madre daba fiestas mientras él se consumía en su soledad; ella se divertía mientras él padecía amargas torturas. ¡Eso es amor de mujer!

Henrich Floris murió en extrañas circunstancias, aunque siempre se ha hablado de un más que probable suicidio debido al ya mencionado oscuro carácter que no tenía reparos en mostrar (en contraste con la amable y pizpireta Johanna), así como a los achaques de algunas enfermedades que arrastraba desde hacía no poco tiempo. La declaración de Arthur, si bien convencida, no deja de mostrar la envidia (jamás confesada) que el incipiente filósofo guardaba hacia la fama que su madre adquirió tras la muerte del progenitor.

Tras establecerse en Weimar, por entonces conocida como «la ciudad de las musas», libre del lastre del matrimonio y sin preocupaciones económicas, la casa de Johanna se convirtió -como explica Moreno Claros- en un auténtico lugar de reunión social en el que se daban cita Goethe, Tieck, los hermanos Schlegel y los Humboldt, e incluso músicos de la talla de Félix Mendelssohn o pintores como Gerhard von Kügelgen. «La celebridad del salón se mantuvo en su cima durante los años en los que pudo contar con Goethe entre sus visitas, más o menos hasta 1817», momento en que el genio alemán pierde a su esposa, se encierra en sí mismo y abandona por largas temporadas la querida Weimar.

El destino parecía conspirar contra Johanna (y su hija Adele, a quien vemos retratada más arriba junto a su madre -la pintura es obra de la propia Johanna, que también cultivó el arte pictórico-). Poco tiempo después, en 1818, la entidad financiera de Dánzig en la que nuestra protagonista tenía invertidos todos sus valores (heredados, por supuesto, de su marido) se declara en quiebra, y ambas, madre e hija, se ven obligadas a desplazarse hasta la mencionada Dánzig para salvar lo que estuviera en sus manos. La vuelta a Weimar no fue nada fácil…

Es entonces cuando, a raíz de una oportunidad brindada -fatalmente- por la muerte de un íntimo amigo de Johanna (el erudito Ludwig Fernow), la viuda Schopenhauer comienza a ejercitarse para «escribir por necesidad». «Al parecer -nos cuenta Moreno Claros-, fue la primera autora alemana que adoptó la escritura como profesión: ni corta ni perezosa comenzó a colaborar en revistas literarias y artísticas con artículos misceláneos bien pagados, y pronto adquirió una gran maestría en la composición de relatos breves, cuentos y nouvelles. Johanna se cuenta también entre las primeras literatas que firmaron sus obras con su propio nombre, rechazando los seudónimos a los que recurrían otras autoras para hacerse pasar por hombres». Un oficio que desempeñó con gusto y que le permitió, además, llegar hasta el final de su vida sin pasar penurias económicas.

La nieve, breve novela que os invito a leer muy encarecidamente, exquisitamente editada por Periférica (205 páginas, 15 euros), fue publicada por vez primera en 1825 y hoy puede encontrarse en el tomo XXIII de las obras completas de Johanna, una edición que la propia autora cuidó y mimó hasta fijar el texto definitivo. Se puede decir que este escrito está absolutamente impregnado por el espíritu decimonónico: el gusto por las descripciones pausadas y casi románticas de los paisajes que merodean los personajes, el análisis introspectivo de los sentimientos de los protagonistas y la introducción de datos autobiográficos en el transcurso de la historia.

Sepa que una vez que la palabra llega al borde de los labios sin que le sea lícito ir más lejos, regresa apresuradamente al corazón y provoca allí un gran desorden.

Johanna Schopenhauer. La nieve

El lector de La nieve se encontrará transportado, como por arte de magia y apenas abierto el libro, a un salón muy parecido al que debió de regentar Johanna en la Weimar de la época dorada. Reuniones en las que, como apunta Moreno Claros, se daban cita «artistas, diletantes o profesionales unidos por el culto a la belleza, el ingenio, el espíritu y la amistad», donde «reinaba una igualdad verdaderamente rousseauniana frente a la que de poco servían los privilegios de clase».

Y es que todo lo grande de verdad siempre irrumpe en el mundo como una revelación.

Johanna Schopenhauer. La nieve

Los protagonistas de la historia, cuyo núcleo gira en torno al relato -amoroso, como no podía ser de otra forma- que uno de esos participantes cuenta al resto de convidados, se verán envueltos en toda una serie de casualidades que, al final de la novela, se resolverá de un modo absolutamente hegeliano: como si fueran meros instrumentos de la Historia, ésta dispondrá los hilos del destino de manera que las cuitas de cada personaje afecte, de manera decisiva y finalmente, a cada uno de los restantes protagonistas.

La sombra de Goethe estará muy presente a lo largo de La nieve; y es que, explica Moreno Claros en el posfacio, «El Viktor nacido de la pluma de Johanna encarna a una especie de Werther, tan sensible, soñador y depresivo como él; profusamente apasionado, y quizás más idealizado de figura. Lo mismo que para el desdichado héroe de Goethe, también para Viktor la existencia carece de valor al no poder colmarla sólo con su actividad artística, que se torna secundaria sin la posesión de su amada».

A nadie que reconozca el genio al genio le es lícito interponerse en su camino o estorbarlo en su obrar aparentemente ilógico; mejor hará apartándose y manteniéndose alejado de él si es que no está dispuesto a acompañarlo y dar sus mismos pasos.

Johanna Schopenhauer. La nieve

Un testimonio único para acercarse al meollo intelectual y artístico más genuino del más puro siglo XIX, que servirá para leer una novela característica de aquel tiempo y contexto -muy llevadera, entretenida incluso, y de alto valor literario-, y a la vez, para conocer una personalidad que, a pesar de su propio hijo, dio como fruto una de las personalidades más interesantes de la filosofía moderna: la de Arthur Schopenhauer.

Autor

Licenciado en Filosofía, Máster en Estudios Avanzados en Filosofía y Máster en Psicología del Trabajo y de las Organizaciones. Editor y periodista especializado. Twitter: @Aspirar_al_uno

2 comments

  • La parte que citas de Schopenhauer hablando mal de su madre y de las mujeres, es cierto, hasta llego a decirle en la cara a su Madre que ella tenia la culpa por la muerte de su padre. Pero quien quedo mas ofendida fue la Sra que evitaba visitar a Goethe cuando su hijo asistía a su casa. Y ademas que no lo acepto cuando Arthur entusiasmado quiso mostrarle la publicación de su primer obra.
    Pobre Arthur con su Madre, como nietszche con su hermana.
    Una mujer es capaz de desquiciar hasta al Premio Nobel de la Paz.

    Contestar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *