La música del S.21 y de Siempre

La música del S.21 y de Siempre

Concilio el sueño. Las imágenes, la oscuridad y las visiones se unen formando una irrealidad propia que crece, va creciendo, igual que el tiempo según lo concebimos. Atropellado e imparable S.21: un pozo con agua oscura; en el fondo un cocodrilo dando vueltas en círculo, inquieto, lascivo y expectante. Alrededor del pozo todo es verde, hierba fresca y dominante claridad. Abajo, voracidad, humedad y niebla. Siluetas sin rostro se dirigen al pozo direccionadas como ejes en línea desde algún punto concreto, desde algún vientre. Siluetas magnéticas que portan carretillas rebosantes de fetos, fetos de todo tipo que sirven de alimento para el vacío. El pozo crece exponencialmente. El número de crías de cocodrilo igual, nacen, devoran y se reproducen, nacen devoran y se reproducen, pero nunca mueren. Es como un milagro. Dios preñó a la Madre Cocodrilo en un génesis fatal y multiplicó su alimento y su instinto circular. El pozo crece devorando todo lo que encuentra, las siluetas siguen ejecutando su tránsito, la tierra-conciencia-humana merma. ¿Dónde está la salvación?

Obreros construyendo y reconstruyendo viviendas, sordos por el ruido de sus máquinas.

Escritores paralizados por el suceder de sus ideas.

Maestros y alumnos incapaces de escuchar en una tormenta de incomprensión mutua y griterío.

Bomberos rescatando a las putas del río y a sus gemidos inyectados en la sien.

Filósofos tragando nubes gigantes con los tímpanos taponados de humedad.

Doctores auscultando corazones inviables.

 Ancianos con lo gris oxidado.

Los políticos y sus fieles atrapados en su sede tapan sus oídos y la jauría manifestante del exterior entre bomba y bomba, consigna y pataleo, tampoco escucha nada.

Los parados solo escuchan al hambre.

Los agricultores ya están ardiendo entre los restos de su cosecha.

Cineastas, actores, guionistas, directores, la “gente” del teatro, están tan atentos al próximo estreno que sus sentidos no funcionan más allá del rectángulo de la ficción.

La máquina de café hace lo propio pero al revés con los camareros.

Todos caen, nadie escucha…

Periodistas y boxeadores, demasiado afán por golpear primero, después de perder todo equilibrio.

Religiosos orando con la polla dentro de un culo de látex, monjas cortándose las orejas unas a otras alimentando la fe de un dios que susurra desde su mudez.

Maquinistas, ni que decir tiene.

Carniceros desgüesando pollos a machetazos.

Los funcionarios y su tic-tac perenne.

Los publicistas reinventando el nuevo circo de conceptos y significados, no intuyeron que siempre habrá dos partes.

El ejército no puede hacer nada, son los primeros desertores, aunque la estupidez los ató de pies y manos hace tiempo.

Los farmacéuticos van colocados hasta arriba.

En el mundo de la televisión y la moda se han operado y estirado tanto todo que ya no poseen orificio alguno, su cuerpo es una esfera de pelo y carne que rueda y se ensucia.

Electricistas sin goma.

Suzanne, Marga, Maggie, Corrina, Eloise, Penélope, todas encerradas en su canción no escuchan nada, y el círculo avanza, avanza…

Los fetos alimentan las fauces del vacío, el pozo crece.

Los pilotos de avión no tienen dónde aterrizar sin apenas espacio plano, se despiden del mundo sin escuchar su caída, solo observan el peso de su gravedad sin contar el combustible agotado.

Antes escuchan su cuerpo que su voz, frío que corta la tierra a su paso como un huracán de navajas, un terremoto de ausencias.

Los pintores se quedan en su taburete aleatorio absortos en la imagen del Apocalipsis.

Los magos en su ruleta, en conexión perfecta con la necedad de los vigilantes jurado, los, los, los y los, los, los…

Y las carretillas salen cada cinco minutos de cocheras, recogen y expulsan cuerpos y sangre, semi-cuerpos y sangre, cuerpos amputados y sangre, todos diferentes, todos parte de la misma unidad deforme.

Las fieras se cuentan por millones y millones, ellas también escuchan la música. Ni los fetos ni los condenados dejan de escuchar la música. En el vacío rebota la música, en la palabra siempre crece la música. Los músicos escuchan lo eterno, lo que para el resto no existe, logran transportarse a otro lugar, la música, a salvo del olvido negro. Son los músicos los únicos que tienen el oído capaz de alcanzar eso a lo que llaman salvación. Lo hicieron siempre y ahora lo hacen, musicando la agonía del S.21, dándonos vida de la cuna a la carretilla.

Defiendo esta disciplina por encima de cualquier otra, siempre hay música, ella nos salva.

Al fin y al cabo todo es circular, todo excepto la ópera infinita de la música.

Autor

Luis DelRoto
Autor e intérprete de canciones interesado en todo lo que se mueve alrededor del mundo de la creación artística, con especial devoción por el lenguaje musical, cualquiera que sea su fórmula o dirección. Sensible al cambio y a la tradición a partes iguales, es consciente de los rangos de calidad e importancia social de cada estilo y disciplina. Busca diferenciarse del modelo clásico de periodista especializado para sustituirlo por el de músico infiltrado.

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