La memoria del teatro

La memoria del teatro

Los cómicos veteranos son la memoria del oficio, pero también la memoria de su tiempo, y en eso recae la excelencia de hacer de la palabra una manera de vivir y del escenario un espacio de libertad donde atrincherar la muerte bajo un foco. Hoy la memoria subsiste con menos butacas enfrente, porque las salas alternativas, cada vez más necesarias, están llevando los textos a un presente que no sitúa en el mañana los cambios venideros, sino que los anima a surgir cuanto antes. Esto hace considerar dos cuestiones: que la juventud florece las tablas –como siempre ha ocurrido– y que estas alternativas no deben relegar la memoria de los veteranos, es decir, que deben traer al público de hoy la voz de las primeras figuras y los textos de los dramaturgos olvidados, a quienes la nueva dramaturgia sabría dar brillo y esplendor. Todo es posible en el teatro, la quimera es la arteria principal de la escena y la acción proviene de la utopía y sus sinónimos.

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Sacristán en “El viaje a ninguna parte” preguntaba: “¿dónde cae el maná de los cómicos? si su única patria es el camino” Rodeado de cómicos añejos y de verdad.

Cualquier pieza teatral pone en pie una verdad de la vida que la mayoría ha olvidado o ignora en su cotidianidad, por no batallar con lo que somos, con nuestra historia tantas veces narcotizada. Tanto así que los boleros han sido siempre canciones protesta tras la lluvia vista caer, y el teatro encarna el espacio de la memoria que se resiste al olvido de las calles. El teatro pasa por todas las crisis del corazón y de la boca: la tristeza y el hambre. Ser actor es una guerra que sonríe en la batalla, porque la precariedad de los cómicos es idéntica a la de los obreros de otros oficios, pero es complicado para el espectador discernir entre la magia del escenario y la verdad de las tablas. Dice mi abuela Mariana que burro cargado busca camino, y el refrán lo llevo a la espalda como un lema de vida y un epitafio del sueño, porque los oficios de la cultura –y extiendo la situación de los cómicos a músicos, bailarines, directores de escena, coreógrafos, dramaturgos…– es la de un gremio que a duras penas reúne veintiocho años de cotización al tiempo que declama la ilusión en las dos funciones de los sábados. Las cifras de la situación laboral de los profesionales de la escena no asusta a los trabajadores que mucho saben del despido improcedente, las horas de más y los salarios de menos; lo que se dice aquí es que la heroicidad de hacer teatro es convivir con la memoria cada noche y salir vivo de la contienda.

La mítica escena de El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán Gómez, en la que Carlos Galván (José Sacristán) pregunta a los obreros de uno de tantos pueblo de España dónde cae el maná de los cómicos si su única patria es el camino, habría que recordársela, en caso de que hayan visto la película, a cuantos se convierten en actores por obra y gracia del papel cuché, la publicidad, los realities o la gloria del linaje. El oficio de actor es una verdad que salta a la vista, que requiere talento y amor, y que más allá de válidas formaciones en centros de estudio, exige la sensibilidad de los labriegos y el tesón de los poetas.

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Lola Herrera en un momento de la representación de “Cinco horas con Mario” de Miguel Delibes

 ¿Qué es un actor cuando no actúa? Un actor a la espera y un hombre triste. El 73% de la profesión comparte el rostro abatido de la máscara, y como esa bella tradición en la que el actor longevo de la compañía entrega al debutante dicha máscara a modo de bienvenida, ha de ser ahora el teatro joven (las salas alternativas, los nuevos directores, actores y dramaturgos) quien traiga al presente la memoria del oficio. Ocurre que en el seno de las profesiones se pierden esencias de otro tiempo no tan lejano y renovar la escena no es romper con lo anterior, sino fortalecer el ahora con la feliz convivencia de nuevos textos y de logros precedentes. En ninguna academia se enseña a gritar un monosílabo desde el fondo del alma como Lola Herrera al final de Cinco horas con Mario, ni a abrazar un traje de novia como Margarita Lozano en Largo viaje hacia la noche. La verdad de este oficio se aprende actuando junto a los actores que en sus inicios no conocían otra nomenclatura que la de cómicos, aquellos que llevan en la sangre el polvo del camino atado en los zapatos. Por fortuna estas circunstancias no son las actuales y los tortuosos senderos de Felipe II, que traquetearon el ingenio de Lope de Rueda, han allanado el terreno; mas persigue a la profesión un halo de incomprensión que no es otra cosa que desconocimiento. Antaño nos prohibieron el suelo sagrado –lo cual no importunaría en estos tiempos–, pero la chercha de nuestros huesos es la imagen del actor que las esferas del poder se han empeñado en proyectar, porque el actor que habla fuera del texto, el que pronuncia su criterio de ciudadanía, es un títere según la oposición y un escaparate efímero para la fuerza apoyada. Así al menos parece darlo a entender el tiempo que pasa, la realidad que nos envuelve, pues la cultura es confundida con el lujo y no asimilada como derecho.

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Una imagen de “¡Ay! Carmela”, la función de José Sanchís Sinisterra, que Saura adaptó al cine con Gabino Diego Carmen Maura y Andrés Pajares.

En ocasiones, los cómicos y los dramaturgos han visitado diversos espacios de la escritura para dar testimonio del oficio y de la vida. Desde la olvidada Pepita Serrador en su apreciable novela Pasan los cómicos (1953), hasta Fernando Fernán Gómez en la ya citada El viaje a ninguna parte (novela de 1985 y película de 1986), y su monumento memorialístico El tiempo amarillo (1990 y 1998), al que hay que sumar su última novela, El tiempo de los trenes (2004), no tan tenida en cuenta y que el autor-actor dedica a las nuevas generaciones de actores, pasando por las Historias que de sus propias obras escribió Enrique Jardiel Poncela a modo de prólogos testimoniales, las logradas memorias de Mary Carrillo, María Asquerino o Paco Rabal, el juego biográfico ficcional de Emma Cohen en su hermosa última novela, Ese vago resplandor (2011), o piezas como El público y Ay, Carmela, que podrían remontarnos a los antecedentes barrocos de un gran teatro del mundo, el propio oficio ha salvaguardado la esencia de su virtud y ha potenciado la memoria de un gremio sensible y maltratado.

Ahora bien, la memoria no es pasado, ni debe confundirse con lo acontecido, la memoria es siempre presente, no acaba nunca, y da noticia de la noche a pleno sol. El teatro ofrece una respuesta contracultural al desahucio de las ideas y al poder ignorante, que es la verdadera crisis de nuestra época; y está llevando la escena al corazón de la gente, como si hubiera seguido la alfombra del patio de butacas hasta donde se encuentra el espectador sin entrada, sin casa y sin miedo (pero con una historia que contar) como rezaban pancartas que ya no están en las fachadas, pero sí en la memoria del teatro, única pared que no derrumba la miseria, función que pone en pie la verdad de la vida.

Autor

Daniel María
Daniel María (Agulo, La Gomera, 1985) es actor, escritor y guionista. Colabora en Tarántula, Fogal, Revista de la Academia Canaria de la Lengua, Qué Leer y El Perseguidor, entre otros medios. En 2013 obtuvo el Premio Paco Rabal de Periodismo Cultural Joven Promesa y el Premio de Periodismo Leoncio Rodríguez. Autor de los poemarios Hilo de cometa (2009) y flor que nace en los raíles (2015), el libro de cuentos (De)función cómica (2009), el estudio El caso de la película imposible: El extraño viaje (2011) y las novelas El hombre que ama a Gene Tierney (2013), Premio de Edición Benito Pérez Armas, y Un crimen lejos de París (2014). Posee, entre otros, el Premio Internacional Jóvenes de la Macaronesia de Poesía (2005) y el Premio Félix Francisco Casanova de Poesía (2007).

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