La lluvia amarilla

La lluvia amarilla

La lluvia amarilla es la última novela que hemos leído y analizado en la tertulia. Cada mes elegimos una, y, en el caso de la novela de Julio Llamazares, nuestro tertuliano Eduardo Larrocha se encarga de escribir algunas ideas esenciales que se vertieron en la tertulia y que le han provocado la relectura del relato.

Eduardo Larrocha

Eduardo Larrocha es un periodista especializado en cine. Durante más de dos décadas ha ejercido como informador sobre el séptimo arte en el Programa “De película” y en “El Ojo Crítico” de Radio Nacional de España. Desde 1992 colabora también en la Revista Cultural TURIA donde ha realizado entrevistas en profundidad a Arturo Ripstein, Gonzalo Suárez, Fernando Trueba, Basilio Martín Patino, Carlos Saura y José Luis Borau, entre otros cineastas. Lo último que ha publicado ha sido una entrevista a Jacobo Siruela como editor. Además hace semanalmente, o cuando las circunstancias lo permiten, breves reseñas de estrenos en www.noticine.com

Considera que sus opiniones tienen un valor relativo. La mirada propia está avalada por su trayectoria profesional y la posibilidad de escuchar a los creadores implicados en el proceso cinematográfico.

La lluvia amarilla, 25 años después
Por Eduardo Larrocha

En mi archivo de lecturas consta que leí el libro de Julio Llamazares en el verano de 1989. Entonces no conocía a su autor. Luego vino al “Ojo Crítico”, invitado para hablar de su obra y como jurado del premio de narrativa. Le recuerdo corpulento, amable, interesante y algo tímido. Alguien de la tertulia nos advierte de ese rasgo de timidez cuando Justo nos propone leer, en mi caso releer, La Lluvia amarilla. En mi papel de periodista recupero un cierto background de lo que en estos años se ha ido diciendo sobre esta obra.

Llamazares empezó siendo poeta, y se convierte a mediados de los ochenta en novelista con Luna de Lobos. En La lluvia amarilla se hace narrador lírico. Su tema es el duelo por un mundo rural que termina. Andrés es el último habitante de Ainelle, pueblo despoblado desde hace más de cincuenta años del Pirineo de Huesca…

recuerda el protagonista cómo poco a poco sus vecinos y amigos han muerto o se han marchado a la ciudad. Refugiado entre las ruinas de ese pueblo fantasma, su mente extraviada por la larga soledad evoca los días en que aún vivía el pueblo y su esposa, Sabina…

Santiago apunta que La lluvia amarilla tiene algo de crónica del arraigo en la tierra y las consecuencias, muchas veces dolorosas, que ese vínculo implica. Julio Llamazares ha confesado alguna vez que no siente arraigo por su tierra natal. Ni siquiera se siente integrado en el clan de los escritores leoneses: Luis Mateo Díez, José María Merino y otros que citó Justo en nuestra tertulia. Quizá por eso Llamazares ha viajado con su pluma y su narrativa al Pirineo, dejando atrás y en el olvido el fenómeno de Vegamián, su propio pueblo deshabitado. El municipio desapareció definitivamente el 23 de junio de 1969, bajo las aguas del embalse Juan Benet. El escritor ingeniero anegó los recuerdos de autor leonés.

Me advierte Mercedes de Vega que de los escritores, de los creadores no hay que creer lo que digan, sólo lo que escriben.
A esta sugerencia de Mercedes que descoloca mi argumento respondo que no hay que creer con la fe del carbonero, sino interpretar sus palabras a través de su obra o ésta a través de las declaraciones sobre su relato. Le escuchamos en este testimonio: Hay que tener en cuenta que yo apenas viví en Vegamián, que apenas tenía raíces allí. Mi familia era la familia del maestro y cuando comenzaron a construir el embalse nos fuimos todos. No tenía abuelos, ni hubo generaciones viviendo allí, pero la sensación de volver al lugar donde nací y verlo lleno de lodo; entrar en tu casa, en las habitaciones que todavía están allí, llenas de barro y de truchas muertas… es una sensación muy difícil de describir. Yo creo que es de las experiencias que marcan a uno.

Encuentro en Internet el testimonio de un viajero pirenaico que advierte: los antiguos habitantes, quitando algún caso de romanticismo congénito, habían pasado página y no visitaban Ainelle. Las asociaciones montañeras de la provincia se ceñían a las altas cumbres del Pirineo y a la sierra de Guara, les había pasado desapercibido el Sobrepuerto. En resumidas cuentas, a pesar de la iglesia prerrománica de Otal, de la joya del molino de Ainielle, de los bancales aéreos y andinos, de los afortunados balcones abiertos de par en par a dos mil metros, de las profundas aguas abarrancadas, de los contrastes de vegetación, de las bordas y chimeneas deterioradas pero muchas en pie aún, nadie -salvo la gente del país- había oído hablar del Sobrepuerto y Ainielle.

Ya hemos dicho, lo dijo Justo en la tertulia, que Julio Llamazares dejó de publicar poesía para escribir La luvia amarilla y luego El cielo de Madrid y muchas otros relatos de viajes, ensayos y cuentos, pero él mismo declara y confiesa: sigo haciendo poesía en todo lo que escribo, porque mi visión de la realidad es poética. Mejor o peor, pero poética en el sentido de aplicar una cierta subjetividad límite a la contemplación. Creo que la literatura, si no tiene un substrato poético no es literatura. Son historias que se cuentan, sin más, pero lo que da un plus a un relato, a una historia, lo que hace que se convierta en literario, es el substrato poético y yo he procurado mantener ese substrato, que he heredado de cuando escribía poesía, incluso en el tratamiento del lenguaje. Otros trabajan manipulando hierro, manipulando la piedra…, el escritor trabaja manipulando el lenguaje y creo que la labor del escritor, en cierto modo, es como la labor de los ríos que van puliendo las piedras hasta que producen una música determinada en el agua. Los escritores hacemos eso, lo que yo entiendo por escritor: limamos, pulimos las palabras como si fueran piedras hasta que producen una música y una poesía determinada que es la que uno pretende.

Y aquí un fragmento poético de Memoria de la nieve leído mientras nieva sobre Madrid y escribo este apunte de la tertulia en Este Oeste: Amasar la memoria es bondad de alfareros, lentitud de veranos de fabulación.

Autor

Justo Sotelo
Novelista y catedrático de Política Económica, es profesor en los prestigiosos ICADE (Universidad Pontificia de Comillas) y CUNEF (Universidad Complutense de Madrid). Licenciado y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y máster en Estudios Literarios y en Literatura Española. Ha escrito varios libros de economía y decenas de artículos, así como cinco novelas (La muerte lenta”, 1995, “Vivir es ver pasar”, 1997, “La paz de febrero”, 2006, “Entrevías mon amour”, 2009 y “Las mentiras inexactas”, 2012), sendos ensayos sobre los escritores Manuel Rico, 2012, y Haruki Murakami, 2013, y un libro de microrrelatos, los "Cuentos de los viernes", 2015. En la actualidad está escribiendo un segundo libro de microrrelatos: "Cuentos de los otros" y una nueva novela.

3 comments

  • La lluvia amarilla me pareció una novela de disolución en el silencio infinito de la soledad. De construccion analeptica, termina intercambiando los términos de vejez y muerte, de aislamiento y alucinación. Es amarga poesía del tempo lento de la naturaleza en la que la insignificancia del ser humano es apenas un soplo en el tiempo y el espacio.

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