La Librería, de Penelope Fitzgerald

La Librería, de Penelope Fitzgerald

Mi afición por las mujeres noveleras, especialmente las inglesas de principios del siglo pasado, discípulas y admiradoras -como yo- de Jane Austen, me llevó a descubrir a Penélope Fitzgerald hace años y al ver LA LIBRERÍA en el catálogo de IMPEDIMENTA. No dudé en leerla y escribir esta reseña, aunque se trata de la obra menos célebre de una autora poco conocida en nuestro país. La novela es una pequeña joya digna de una dama inglesa, elegante, refinada y nada ostentosa, algo así como un fila hilera de perlas como esta:

Por costumbre y desde tiempo inmemorial, la señora Gamart, rechazaba la idea de que su marido pudiera ser necesario para algo (p.166).

Además la obstinada aventura de la señora Green, protagonista del relato, no deja de tener su actualidad:

El municipio de Flintmarket estaba tan poco dispuesto a hablar de sus finanzas como cualquier otra institución pública (p. 176).

Pero vayamos por partes: la historia comienza cuando Florence Mary Green, una discreta viuda de 65 años, decide que debe hacer algo más en su vida que cobrar la pensión de su marido y se le ocurre la peregrina idea de abrir un negocio, nada menos que una librería. Lo insólito del caso es que pretende hacerlo en un pueblo perdido entre los pantanos de Suffolk, junto al río Leza, una localidad que con los años ha ido abandonándose a sí misma, perdiendo cualquier notoriedad, si es que alguna vez la tuvo, y a la que, en 1959, año en que Florence decide emprender su negocio, solo se puede acceder en bote de remos, utilizando un ferry que anuncia su horario en la otra orilla, o dando un gran rodeo por carretera. Ni tren, ni autobuses, ni ningún otro medio de transporte se ocupan de abastecer a los apenas doscientos habitantes de Hardborough que no pueden tomarse ni siquiera una ración de Fish and Chips, ni llevar sus prendas a la tintorería, ni ir al cine porque nadie se ha interesado en poner un negocio en ese lugar.

Si Florence ha pensado en una librería, no es por amor a la cultura, sino porque su única experiencia profesional consistió, cuando aún era una joven soltera, en trabajar para Muller´s, una importante firma del sector librero, como encargada de la revisión diaria de las compras de poesía. El señor Keble, director del único banco con sucursal en Hardborough, deseando que se anime algo el inexistente mundillo comercial del pueblo, ve favorablemente la aventura de Florence y le concederá un crédito para la compra del local, no sin advertirle de su obligación de llevar una contabilidad legal del negocio: el Libro Mayor, el de Compras, el de Pedidos, el de Devoluciones, el Registro de Caja…  Florence comprende al instante que debe contratar un contable y Jessie Welford, la sobrina de la dueña de la única tienda de modas del pueblo, Rhoda’s, servirá, superado el obstáculo de la financiación, también se da cuenta de que necesitará un ayudante pero la única persona disponible en el pueblo es una niña: Christine, que solo tiene 12 años pero es tan eficaz y dispuesta como todas las mujeres de su familia, las chicas Gipping.

Florence ya ha decidido el lugar donde vivirá e instalará su negocio; se trata de Old House, un antiguo edifico abandonado durante años, deteriorado por las humedades, con las tejas rotas y que huele a rata. Además, según es conocido por todos los habitantes del pueblo, la casa está embrujada e invadida por unas fuerzas paranormales que allí llaman rappers (literalmente golpeadores) algo que nadie se molesta en contar a la solitaria Florence y que, el agente inmobiliario, califica de una atmósfera de una época inusual; la presencia de Christine, una niña capaz de aceptar la magia, ayudará a Florence a sobrellevar la presencia de estos insólitos invitados.

Todo el pueblo está al tanto de los movimientos de la emprendora Florence y antes de inaugurar su librería, es invitada por la Sra. Gamart, máxima autoridad local, a una fiesta en la que escucha sorprendida los planes que su anfitriona tiene en mente para Old House: la creación de un Centro para las Artes. Violet considera que Florence no tendrá ninguna objeción a instalar su librería en otro local, como la pescadería del Sr. Deben, que más adelante la acosará para que compre su local, pero, en un ataque de orgullo o rebeldía, Florence decide seguir adelante sin sospechar aún los muchos obstáculos con los que se enfrentará su empresa que llegarán a extenuarla.


Resumiendo, se había engañado a sí misma al dejarse convencer, por un momento, que los seres humanos no se dividen en exterminadores y exterminados y que los exterminadores tienden a colocarse en la situación dominante en cuanto pueden. La fuerza de voluntad es inútil si no se va a algún lado. Y la suya estaba en unos niveles tan bajos que ya no era capaz de darle las instrucciones necesarias para poder sobrevivir (p. 49)


La descripción que la autora hace de la resistencia muda, pero fuerte y despiadada, con la que las fuerzas vivas del pueblo se oponen a su negocio está descrita con un lenguaje preciso, elegante y sutil, en la línea de Iris Murdoch, o A.S. Byatt y le valió ser finalista del Booker Prize en 1978; premio que consiguió al año siguiente con su novela
A la deriva. Escritora tardía, Penélope Fiztgerald, nacida en 1916, publicó su primera novela en 1975 y después de varias obras cuasi autobiográficas, se decantó hacia novelas sobre acontecimientos históricos como Innocence (1986) sobre la Italia de los años 50, o El comienzo de la primavera, ambientada en Rusia, que IMPEDIMENTA publicará próximamente.

LA LIBRERÍA, Penélope Fitzgerald, Impedimenta 2013

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Autor

Concepción Muñoz Llorca
Nací en Barcelona. Desde niña, leía todo lo que caía en mis manos hasta que crecí y fui volviéndome selectiva. A los 40, entré a trabajar en una productora de cine (Tesauro) y llegué a ser productora ejecutiva de programas para la televisión pública y privada, pero no estaba satisfecha; En 2004 me fui a Guadalajara para encargarme de la Dirección de un Centro de Acogimiento Residencial para menores extranjeros. Durante seis años el trabajo social colmó todas mis expectativas, pero siempre encontré tiempo para seguir leyendo. Ahora, en Madrid, prejubilada y con 64 años, me gusta compartir con vosotros mis lecturas e impresiones a través de mis reseñas.

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