La carretera de los perros atropellados

La carretera de los perros atropellados

En estos tiempos en los que todos hablamos, o más bien nos hacen hablar, de la sociedad de la información, se suele olvidar algo decisivo. La información, al recuperarla, al volver a traerla al presente desde allí donde estuviera guardada, viene limpia de polvo y paja, sin ningún tipo de compañía. Esta forma de operar, a la que nos han acostumbrado los cacharros que pueblan nuestro día a día, nos despista de cómo trabaja el hombre con aquello que guarda en la memoria, ya que ella, lejos de traer la información de manera pura, la trae “contaminada” de emociones. Y será, precisamente, esa contaminación la que logre mantener vivo lo pasado; vivo en el sentido de intenso, de único y, por tanto, de imborrable.

Si hacemos esta pequeña introducción, es porque pensamos que la buena literatura debe operar de forma parecida a la memoria, es decir, traer algo al presente -haya ocurrido o no- y hacer que las emociones que lo impregnan calen en el lector. Pues bien, esto es lo que logra el libro que hoy tenemos en la sección de Pensamiento de Tarántula. Que, por cierto, no es un ensayo, sino un libro de cuentos. Pero es que los cuentos, cuando van más allá del mero entretenimiento, como es el caso, son pequeños “tratados del mundo”.

El buen escritor, es aquel que capaz de llevarnos al nervio mismo de la existencia a través de lo cotidiano. Este es el mérito de La carretera de los perros atropellados, y lo hace a través de cuentos que saben atrapar lo más cercano, lo más inmediato, haciendo explícito aquello que el día a día guarda: lo que somos y aquello que la realidad es.

Pero aún nos queda algo por decir, ya que los textos que nutren esta obra son una apuesta por dar voz a una parte de Madrid que normalmente permanece fuera de escena: la zona Sur. Y no sólo le dan voz, sino que hace que la podamos oír alto y claro, y, lo que es más importante, sentir.

El camino de nuevo nos ha llevado a la memoria, a ese recuerdo que revive a través de las emociones que guarda. Pero ahora daremos un paso más, porque si algo conforman las emociones, es un tejido vivo que nos une y comunica, que nos hace sentir cerca e iguales. Así, ellas son la mejor puerta para realizar la tarea infinita que es el encuentro con los otros. Esta es la gran credencial de La carretera de los perros atropellados.

Llegados a este punto, lo único que queda es que el lector lo compruebe por sí mismo, que se meta en la piel de los hombres y mujeres perrunas que pueblan estas páginas. Pero eso sí, para no dejarse nunca más atropellar.

La carretera de los perros atropellados, Pilar Gómez Rodríguez, Xorki, 2012.

Autor

Gonzalo Muñoz Barallobre
Soy filósofo y hago cosas con palabras: artículos, aforismos, reseñas y canciones. De Tarántula soy el cocapitán y también me dejan escribir en Filosofía Hoy. He estado en otros medios y he publicado algo en papel, pero eso lo sabe casi mejor Google que yo.

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