Jungla

Jungla

Aquella melodía silvestre con sabor a jungla le había asaltado un momento antes de quedarse dormido, como tantas otras veces, justo cuando los aluviones del subconsciente pulverizaban los diques de contención de la vigilia. Aunque se había apresurado a llegarse hasta el piano sin siquiera calzarse las zapatillas, la melodía se le había escurrido entre los dedos y las frases no habían terminado de cuajar, así que se volvió a la cama con un punto de frustración que le pintó unas vistosas ojeras en el espejo la mañana siguiente.

Desde entonces la melodía rebelde lo había aguijoneado durante días. Le había hecho guiños a la hora del café, le había lanzado requiebros en el trabajo cuando no podía ocuparse de ella, pero luego lo había burlado una y otra vez frente al piano. Por las noches había punteado sus sueños, ahora fantasías ruidosas de parloteo de monos, aunque siempre terminaba exasperándolo con su agilidad de insecto que trazaba ángulos insospechados para alejarse de él en el último momento.

La obsesión estaba comenzando a cobrarse su precio. Se levantaba agotado y se arrastraba por sus ocupaciones diarias escudriñando el aire, como si esperase encontrarla frente a su cara al doblar cualquier esquina. Para agravar las cosas, aquella mañana se había visto obligado a prescindir del coche, y la caminata hasta la parada del autobús le estaba sangrando la poca energía que le quedaba. En la Plaza Marquina su mirada cayó en un escaparate donde la imagen de sus pesadillas exhibía todo su esplendor lujuriante en un cartel, y llevado por un impulso entró a la agencia de viajes y solicitó “folletos para sitios de selva”. Ya en la parada, se hundió en las fotografías de los catálogos y allí, en el banco, bajo un sol de justicia, sin previo aviso los sonidos de la jungla le estallaron entre las sienes en una cacofonía que en cuestión de segundos se depuró en una secuencia limpia, redonda en su simplicidad, y supo que por fin se le había rendido. Aterrorizado ante la idea de perderla, la garrapateó frenéticamente en los márgenes de uno de los catálogos y, cuando subió al autobús, se dejó caer sobre el asiento con la cabeza ligera como si hubiera tomado un espumoso. No oyó las noticias en la radio, ni la cháchara de las abuelas que se sentaban tras él, ni siquiera los exabruptos del conductor cuando estuvo a punto de chocar contra un coche que se había saltado el stop. Sólo la escuchaba a ella, que le hablaba con tanta vehemencia como antes se le había negado, así que el trayecto se le fue en un suspiro.

Las horas que pasó concentrado en definirla y darle peso nada tuvieron ya de angustiosas. La realidad de la habitación pronto se diluyó entre los pulsos de la jungla, que ahora latían armónicamente con los suyos. Las notas se fueron engarzando con precisión, formaron troncos de los que brotaban ramas cargadas de hojas, se trenzaron en lianas que tendían puentes entre el rojo de la tierra y las copas frondosas. Los vuelos de los dedos sobre el teclado mimetizaron los de insectos imposibles y aves multicolores que huían de repente en una algarabía de disonancias, espantadas por rugidos felinos. La luz se rindió a los relojes y se extinguió poco a poco en aquel mundo verde piano que no la necesitaba para seguir bullendo de vida. Con la noche, un manto de nubes engulló el techo vegetal de la jungla, y pronto un aguacero se desplomó sobre el músico, formó regueros entre su pelo que descendieron por sus sienes y su nuca hasta encontrar el cauce de sus brazos y desaguar en sus manos. Las teclas se hicieron líquidas bajo sus dedos y lo arrastraron en un torrente veloz de acordes que desembocó en una única nota seca, redonda como un punto final.

Exhausto, abrió los ojos a la oscuridad de la habitación y se dio cuenta de que estaba empapado. El sudor le pegaba la camisa al cuerpo, le bajaba por la frente y, en la penumbra apenas rota por el resplandor que se colaba desde la calle, se veía que hasta había salpicado el piano en grandes goterones. Estaba envarado y tuvo que hacer un esfuerzo para levantarse de la banqueta. Aún en un lugar impreciso entre dos mundos, mientras se acercaba al interruptor le pareció que sus pies caminaban sobre un lecho húmedo y esponjoso. La crudeza de la luz eléctrica le hirió los ojos y le hizo cerrarlos unos instantes. Al volverlos a abrir, parpadeó atónito ante los charcos que, aquí y allá, iban menguando sobre las baldosas, sobre la alfombra. La visión del pequeño lagarto que se escabullía tras el atril le sobresaltó tanto que no supo reaccionar con la rapidez suficiente al gorjeo. Cuando miró, ya sólo alcanzó a ver una pluma de tucán que descendía con elegancia por el aire y fundía su negrura lustrosa con la superficie del piano.

Autor

Ana Fúster
Nací en Cartagena, donde trabajo como profesora de inglés en la enseñanza pública. La escritura me aporta aprendizaje, pulveriza la rutina, me permite asomarme a otros mundos y me ha traído amistades, así que no me imagino sin ella. Algunos de mis textos han sido ganadores o finalistas en certámenes de microrrelatos como Esta Noche Te Cuento, La Microbiblioteca, El Secreter o el Encuentro Literario de Autores en Cartagena, y han aparecido en varias antologías y revistas. También colaboro en la sección “Inglés para cinéfilos” de la Revista Salitre de Alicante, donde una vez al mes me dejan sumergirme en mi otra gran pasión, el cine.

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