El juego de la Eternidad y el tiempo

El juego de la Eternidad y el tiempo

 

El retorno de una soflama nos enciende una vez más haciéndonos pasar de un estado semi meditativo al sueño de la pulsión del amor y de la muerte.

Oír la llamada desde alguna instancia oculta es la forma que tenemos de sacar a la luz nuestros más escondidos sueños entreverados de vida y sentimientos.

El inconsciente llamamos a esto desde Freud. Pero, ¿lo inconsciente no es acaso un albur, una medida de lo que no sabemos? Sin duda, porque acabamos por no saber de qué hablamos cuando hablamos de inconsciente.

Sabemos que somos, en alguna medida, y que hacemos, y propendemos a ello. El ser humano es un estirar la cuerda hasta que se acaba por destensar en un pulso continuado y perenne.

La válvula de escape de las tensiones que nos conforman es la ensoñación. La vida humana es el lugar donde intersectan la Eternidad y el tiempo. De ahí que para rescatarla de esa doble tiranía, sólo podamos soñar.

El sueño nos conduce como auriga de la cuádriga de nuestra vida. El impulso puede variar pero la mano que nos lleva es casi siempre esta. La del sueño o fantasía, la de la vida que escapa de nuestra vida.

El ser humano es el único animal que puede concebir la Eternidad, o más bien, intenta atisbarla. Sólo se puede atisbar porque nuestro lugar es el tiempo, que se contrapone a la Eternidad.

De ahí que sea tan importante ese atisbo, esa intuición ilimitada, esa chispa divina. Somos, así, parcialmente seres eternos, puesto que no tenemos otros candidatos a poblarla desde nuestro mundo.

Y siempre estamos tironeados por el tiempo, que es nuestro locus, sin el cual no podríamos aspirar a ser. Pero el ser humano tiende a lo Eterno como una flecha sin rumbo.

El tiempo se encarga de ello, de hacernos perder el rumbo en esa singladura, porque sabe que si acertamos en el tiro todo estará perdido para nosotros, criaturas temporales ante todo.

Despistarnos es pues, la tarea principal del tiempo en relación a la Eternidad. No juega sucio con nosotros pues somos deudores de él. Y no sabríamos cómo dejar de serlo sin perder nuestra esencial identidad.

Así, el tiempo juega con una variable psicológica, juega en nuestro campo por así decirlo, y eso nos permite seguir dando boqueadas en dirección a la Eternidad, desde el mar del tiempo.

El tiempo lo sabe pero no le queda otro remedio que jugar sin romper la baraja pues no tiene, él mismo, otro medio para atisbar a la Eternidad.

Así, el ser humano es el campo de batalla psicológico donde se juega la partida de la Eternidad.

Esta partida es interminable, saltando sucesivamente de ser humano en ser humano, desde el inicio de los tiempos hasta el más remoto futuro.

No cabe duda de que somos un tablero de juego complejo pero la partida es ardua aunque se hagan trampas en el juego y los dados estén trucados.

La Eternidad sólo puede ser la morada de Dios, de algún dios, pues este es el único ente que no vive en el tiempo. Como sólo podemos atisbar la Eternidad, igualmente sólo podemos atisbar al dios.

Y no podemos tener ninguna idea del dios, eso sería tanto como concebirlo y nuestra cabeza no está preparada para realizar semejante hazaña.

Sólo somos capaces de intuir, de recibir una suerte de chispa divina y seguir adelante, como si nada, como si no estuviésemos atrapados en el tiempo.

Si bien la partida es interminable, define al ser humano como ente pues acabamos de ver que acompaña a cada uno de nosotros sucesivamente, saltando de cada uno y cada una a cada uno y una de los demás de nuestros hermanos.

Así en el pasado, como en el futuro. Así sea, Amén.

Y no se juega la vida humana en este juego. No, esta queda siempre salva y por decirlo así, gana siempre. Es la banca del casino. Pero la Eternidad tampoco puede perder. ¿Y el tiempo?

El tiempo juega…a dejar pasar el tiempo. Sabe que por siempre más estará la suerte de su lado y hace como quien mira para otro lado. Sabio es el tiempo pero no fiel, cuidado. En algún momento puede perder la paciencia y dar una patada al tablero.

Entonces, cuando tal cosa ocurra tendremos que agarrarnos con todas nuestras fuerzas a la Eternidad para intentar salvar algo de la quema.

Es algo que hacemos individualmente, a cada nuevo salto hacia el siguiente ser humano que nos reemplace como tablero de juego.

Sí, la muerte nos llama a las alturas, por decir algo.

Y no sólo el instante postrero nos llama. También, día a día, el inconsciente se encarga de encender las luces rojas de la fatalidad y el desengaño.

Mediante el sueño, la ensoñación, vamos tirando y siendo tironeados al tiempo. Porque este es un recurso de doble vía. Si nosotros huimos hacia adelante, de nosotros tiran también desde allá lejos.

El inconsciente permite ese doble envés porque es, por definición, lo que no tenemos a mano, pero que siempre está ahí, listo para echarnos una mano.

Sabemos lo que no sabemos, y no sabemos lo que sabemos, en un constante pulso que nos tiende y distiende, como hemos visto, para continuar siendo lo que no acabamos de ser nunca, seres humanos.

Porque el ser humano es el animal que siempre está en construcción. Que nunca acaba de ser y por eso siempre será.

La vida nos dice que tenemos siempre una oportunidad, ¿una última oportunidad? En cualquier caso, sabemos que la vida no nos va a dejar en la estacada. Ese optimismo vital es el que nos salva, en definitiva.

Llegar a buen puerto es importante. Pero el resguardo, en este caso, ¿no estará más bien en la mar alta? En plena navegación, sin brújula y sin rumbo reconocible. Pero siempre alados y dotados de esperanza para continuar la travesía.

Si somos tablero de juego, tenemos la potestad de sostener las piezas en juego, y de sentir la jugada, que alguna vez, quizá, será la jugada maestra que nos llevará a hacer pivotar el sentido del juego de algún lado.

Siempre seremos una buena baza para los dos jugadores. ¿Ilusión? Puede ser.

Autor

José Zurriaga
Soy José Zurriaga. Nací y pasé mi infancia en Bilbao, el bachillerato y la Universidad en Barcelona y he pasado la mayor parte de mi vida laboral en Madrid. Esta triangulación de las Españas seguramente me define. Durante mucho tiempo me consideré ciudadano barcelonés, ahora cada vez me voy haciendo más madrileño aunque con resabios coquetos de aroma catalán. Siempre he trabajado a sueldo del Estado y por ello me considero incurso en las contradicciones que transitan entre lo público y lo privado. Esta sensación no deja de acompañarme en mi vida estrictamente privada, personal, siendo adepto a una curiosa forma de transparencia mental, en mis ensoñaciones más vívidas. Me han publicado poco y mal, lo que no deja de ofrecerme algún consuelo al pensar que he sufrido algo menos de lo que quizá me correspondiese, en una vida ideal, de las sempiternas soberbia y orgullo. Resido muy gustosamente en este continente-isla virtual que es Tarántula, que me acoge y me transporta de aquí para allá, en Internet.

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